"Llegó el momento, tantos años de esfuerzo y sufrimiento, tantas privaciones han hecho de mi la máquina perfecta."
"Sólo hay un destino para mi: ¡La gloria!"
"Mis contrincantes no tienen ninguna opción, ¡soy el mejor!"
"Escucho el disparo, mi cuerpo es como el sonido que sale de la boca del cañón."
"Siento el poder, la potencia de mis músculos tensados hasta su máximo rendimiento."
"En pocos segundos todo terminará. No tengo que mirar a mi alrededor para saber que he ganado; es mi destino."
- ¡Señor Bolt, es muy tarde, tiene que acostarse!
- Una vez más, quiero verlo una vez más.
- ¡No, se acabó, a la cama!
La enfermera apagó el vídeo y llevó la silla de ruedas por los oscuros y destartalados pasillos de la residencia hasta la habitación del anciano.
Donde habitan "los migalas"
Donde habitan "los migalas" (De cuentos y arañas)
viernes, 26 de agosto de 2016
viernes, 19 de agosto de 2016
El hombre flotante
¡Cansado!, ¡estoy muy cansado! Cada vez me cuesta más esfuerzo permanecer en el suelo. En cuanto me distraigo, mis pies se separan de la tierra y floto.
Probé con los cinturones que llevan los buzos para permanecer en el fondo del mar, pero su peso me dejaba baldado. Incluso pegué unas ventosas a las suelas de mis zapatos, pero no funcionó.
Por la noche tengo que atarme a la cama para no acabar en el techo. Tuve que comprarme una cama de madera maciza y hierro forjado para no arrastrarla conmigo.
Fui al médico por si se trataba de algún problema de gases, pero no. Me hicieron todo tipo de pruebas sin encontrar nada raro.
La única forma de permanecer en el suelo es prestando toda mi atención en los pies, pero es agotador, y acabo cansado, ¡muy cansado!
Una vez soñé que todos flotábamos, que el mundo era liviano y lo traspasábamos impregnándonos de él, y a veces pienso que no he despertado, ¿o son los demás los que duermen?
viernes, 29 de julio de 2016
Disneyland
Los soldados patrullaban con las metralletas en la mano alrededor de las cintas transportadoras que llevaban hasta el parque de atracciones de Disneyland. Los últimos atentados habían provocado la movilización de las tropas en aquellos lugares susceptibles de perpetrarse uno de ellos.
Sus bisoños rostros disfrazados de aplomo ponían en entredicho la eficacia de la medida. Se trataba más que otra cosa, en un golpe de efecto para tranquilizar a los numerosos visitantes del parque.
Era extraño ver a los soldados armados desfilando entre las princesas de cartón y la ensoñadora música de películas. "Tranquilos, estamos aquí para proteger vuestro mundo", parecían decir; ¡pobres chiquillos ataviados de hombres!
Números, son números los que se deslizan sobre la cinta transportadora hacia la caja registradora, hacia listas y estadísticas, donde imprimen su rostro risueño regado en sangre.
Los cuerpos caen al vertedero después de arrancarles el corazón, cuerpos con fecha de caducidad.
La maquinaria funciona a pleno rendimiento, sólo los ángeles sobreviven al impacto; saben que sus alas son de verdad.
Entramos al parque por un gran portal cuya fachada simula a un elegante hotel de la Belle Epoque, y en ella nos sumergimos al pasear por la avenida entre jazz, restaurantes, boutiques y glamurosos fantasmas encorsetados que parpadean como hologramas defectuosos.
Subimos las escaleras del Palacio activando las fuentes con nuestros pies, y entramos allí donde el tiempo se detiene y todo lo que ha sido y será se hace real.
Los muñecos bailan y cantan a nuestro alrededor, todo está bien ; recibimos nuestra dosis de felicidad.
- ¡Porqué murió mi hija! - le pregunto a La Princesa.
- ¡Pero qué pillín! - me dice con su sonrisa perfecta.
- ¡porqué el cáncer invadió su frágil e inocente cuerpecito!
- ¡ Uy, que cosas dices! - me responde moviéndose con gráciles gestos.
La estrangulo con mis manos; no deja de sonreír, y se vuelve espuma, como todo lo que le rodea.
¡Sopla, sopla!, aleja la niebla y los fantasmas dejando al descubierto torsos desnudos, sudorosos, sangrantes.
El soldado dispara, siento las balas perforando mi pecho, mi cara, mis piernas. Esta noche no dormirá pensando en el cuerpo ensangrentado tirado en el suelo; lástima que no haya visto la sonrisa en mis labios.
Sus bisoños rostros disfrazados de aplomo ponían en entredicho la eficacia de la medida. Se trataba más que otra cosa, en un golpe de efecto para tranquilizar a los numerosos visitantes del parque.
Era extraño ver a los soldados armados desfilando entre las princesas de cartón y la ensoñadora música de películas. "Tranquilos, estamos aquí para proteger vuestro mundo", parecían decir; ¡pobres chiquillos ataviados de hombres!
Números, son números los que se deslizan sobre la cinta transportadora hacia la caja registradora, hacia listas y estadísticas, donde imprimen su rostro risueño regado en sangre.
Los cuerpos caen al vertedero después de arrancarles el corazón, cuerpos con fecha de caducidad.
La maquinaria funciona a pleno rendimiento, sólo los ángeles sobreviven al impacto; saben que sus alas son de verdad.
Entramos al parque por un gran portal cuya fachada simula a un elegante hotel de la Belle Epoque, y en ella nos sumergimos al pasear por la avenida entre jazz, restaurantes, boutiques y glamurosos fantasmas encorsetados que parpadean como hologramas defectuosos.
Subimos las escaleras del Palacio activando las fuentes con nuestros pies, y entramos allí donde el tiempo se detiene y todo lo que ha sido y será se hace real.
Los muñecos bailan y cantan a nuestro alrededor, todo está bien ; recibimos nuestra dosis de felicidad.
- ¡Porqué murió mi hija! - le pregunto a La Princesa.
- ¡Pero qué pillín! - me dice con su sonrisa perfecta.
- ¡porqué el cáncer invadió su frágil e inocente cuerpecito!
- ¡ Uy, que cosas dices! - me responde moviéndose con gráciles gestos.
La estrangulo con mis manos; no deja de sonreír, y se vuelve espuma, como todo lo que le rodea.
¡Sopla, sopla!, aleja la niebla y los fantasmas dejando al descubierto torsos desnudos, sudorosos, sangrantes.
El soldado dispara, siento las balas perforando mi pecho, mi cara, mis piernas. Esta noche no dormirá pensando en el cuerpo ensangrentado tirado en el suelo; lástima que no haya visto la sonrisa en mis labios.
viernes, 17 de junio de 2016
Fiesta del colegio
Era la fiesta del colegio. A los niños les habían dado un vale que imitaba un billete de 20 euros, y que cambiaban en una mesa para poder jugar a los diversos juegos que habían organizado en el patio. Dependiendo de su pericia, conseguirían puntos que después podían cambiar por regalos.
En cada juego se formaban largas colas en las que los niños esperaban impacientes mientras los padres charlábamos, no menos impacientes.
Estábamos en la cola del "Gargantúa", un paraguero al que había que meter unas pelotas por la abertura lateral, a modo de boca. Mi hija no parecía muy contenta.
- ¡Qué divertido!, haber cuantas pelotas metes - dije para animarla. Me miró con cara de circunstancias.
Cuando llegó su turno, tiró sin ganas las pelotas; no acertó a meter ninguna por el agujero. Le dieron 1 punto de consolación.
Así pasó la mañana, yo intentando ensalzar las divertidísimas actividades que ofrecían y que harían de este día algo inolvidable, y mi hija deambulando como un zombie entre ellas, con absoluta indiferencia. Lo único que le sacó de ella fue cuando le pintaron la cara de mariposa, le encantan esas cosas.
Al terminar los juegos, los niños fueron a cambiar los puntos obtenidos por regalos. Allí las colas si que se parecían a las de unos grandes almacenes en rebajas. Los chavales esperaban alardeando de la cantidad de puntos y especulando sobre los regalos que les iban a dar. Mi hija cogió una libreta de princesas con los pocos puntos que tenía; ah! y le dieron un chupa-chus.
- ¡Qué libreta mas chula! - le dije.
- ¡Papá, por favor!
- ¿No te lo has pasado bien?
- ¿Pasarlo bien?; nos han puesto un límite de 20 euros para conseguir nuestros sueños; nos ha hecho esperar consumidos por la ansiedad para evaluarnos según sus parámetros; y al final han dejado que nos humilláramos entre nosotros mientras esperábamos las migajas de felicidad que dejaban caer de sus manos. ¿Te parece divertido?
Bajé la cabeza avergonzado. No dije ni una palabra más hasta llegar a casa.
En cada juego se formaban largas colas en las que los niños esperaban impacientes mientras los padres charlábamos, no menos impacientes.
Estábamos en la cola del "Gargantúa", un paraguero al que había que meter unas pelotas por la abertura lateral, a modo de boca. Mi hija no parecía muy contenta.
- ¡Qué divertido!, haber cuantas pelotas metes - dije para animarla. Me miró con cara de circunstancias.
Cuando llegó su turno, tiró sin ganas las pelotas; no acertó a meter ninguna por el agujero. Le dieron 1 punto de consolación.
Así pasó la mañana, yo intentando ensalzar las divertidísimas actividades que ofrecían y que harían de este día algo inolvidable, y mi hija deambulando como un zombie entre ellas, con absoluta indiferencia. Lo único que le sacó de ella fue cuando le pintaron la cara de mariposa, le encantan esas cosas.
Al terminar los juegos, los niños fueron a cambiar los puntos obtenidos por regalos. Allí las colas si que se parecían a las de unos grandes almacenes en rebajas. Los chavales esperaban alardeando de la cantidad de puntos y especulando sobre los regalos que les iban a dar. Mi hija cogió una libreta de princesas con los pocos puntos que tenía; ah! y le dieron un chupa-chus.
- ¡Qué libreta mas chula! - le dije.
- ¡Papá, por favor!
- ¿No te lo has pasado bien?
- ¿Pasarlo bien?; nos han puesto un límite de 20 euros para conseguir nuestros sueños; nos ha hecho esperar consumidos por la ansiedad para evaluarnos según sus parámetros; y al final han dejado que nos humilláramos entre nosotros mientras esperábamos las migajas de felicidad que dejaban caer de sus manos. ¿Te parece divertido?
Bajé la cabeza avergonzado. No dije ni una palabra más hasta llegar a casa.
viernes, 6 de mayo de 2016
El Centro de Formación
Le gustaba las de Jhon Wayne. No tenía más que poner el nombre del actor en You Tube, y aparecían unas cuantas películas del mismo. Con los auriculares puestos, y recostado en la silla, se aislaba de los ruidos que conllevaba la mudanza del Centro. Después de dos años sin cursos por falta de subvención, el Gobierno Vasco lo había cedido a Educación, para trasladar allí La Escuela de la Construcción; dos años en los que los funcionarios, pasaban las 7 horas entre fichaje y fichaje, estudiando ingles, euskera, o de cháchara al lado de la máquina de café.
En el inmenso edificio, sólo quedaba Lucas, el celador, y Pili la de la limpieza. A Lucas le quedaba un año para jubilarse; le dejarían allí hasta terminar el traslado. Pili, con sus 59 años, y después de más de 20 en el Centro, prefería no pensar en su futuro.
Cuando Lucas llegaba, las puertas estaban abiertas, la alarma desconectada, y las luces sin encender. Se imaginaba al vigilante con una linterna en la mano recorriendo las estancias oscuras y silenciosas, aunque no lograba recordar su rostro.
Al rato llegaba Pili. Su voz rasposa retumbaba por los vacíos pasillos en forma de viejas canciones tradicionales. Empezaba la jornada preparando café en la cocina, y se lo tomaba parsimoniosamente con Lucas, mientras éste se quejaba de la humedad, que le producía dolor de huesos y no le dejaba respirar. Pili, con su sonrisa perpetua, le ignoraba, ya cansada de que no le hiciera caso a sus remedios caseros de cataplasmas y vahos.
Lucas se metió en uno de los baños para fumar, más que nada por si venía la responsable del traslado. Pensaba en su nieto, al que sólo veía en navidad, cuando su hijo iba a visitarle. Sacó el móvil y ojeó las fotos que tenía de él. De pronto escuchó como un llanto que venía de la ventana semiabierta del baño. Asomó la cabeza por la ventana, y vio debajo de ella a un gatito. Estaba esquelético y temblaba. Uno de sus ojos estaba rasgado por una cicatriz que le recorría el rostro hasta el cuello. Fue a la cocina, llenó un plato hondo con leche, y echó unas galletas rotas en él. Al acercarse al gatito, éste se escapó. Lucas dejó el plato en el suelo, y observó a cierta distancia como el animal se acercaba a él y lamía con desesperación su contenido. Luego fue al almacén, y con una caja y unas mantas, improvisó una cama para el gatito.
Pili ventilaba las aulas que ya llevaban más de dos años vacías. Escuchaba la radio por unos auriculares, cuando ésta se paró. Le extrañó, ya que las había cambiado las pilas hace poco. Agitó la radio como si fuera una maraca, y se quitó los auriculares al ver que seguía sin funcionar. Miró a su alrededor; se encontraba en el garaje, donde antes se impartían clases de manejo de carretillas. Escuchó un pitido intermitente; una de las carretillas se había puesto en marcha, y se dirigí hacia un grupo de palés con piedras, que se usaban para las clases prácticas. La carretilla chocó, quedándose encendidas las luces de emergencia. El sonido de su móvil le sacó de su estupor. Le llamaban de la fábrica donde trabajaba su marido; había tenido un accidente mientras manejaba una carretilla.
Deambulaba entre los pasillos, silbando, con las manos en los bolsillos, cuando dio una patada a algo que se encontraba en el suelo. Era una cartera, marrón y muy usada. La abrió; dentro había varias tarjetas, 5 euros arrugados, y una foto de su ex mujer. Se divorciaron hace 5 años. Ella estaba enferma, y Lucas le proporcionaba todos los cuidados que necesitaba cuando estaba en casa. Sin embargo, le dejó por un vigilante de seguridad, a pesar de sus 2 hijos. Al ver la foto pensó en el vigilante del Centro, la cartera debía de ser suya. La cerró con odio, y la arrojó el suelo.
Pili vació la taquilla, y metió su contenido en una bolsa grande que había traído. Salió del Centro tarareando una canción, se metió en el coche y se fue. Su marido se había quedado parapléjico en el accidente que había sufrido en la fábrica, y ella tendría que cuidarle de por vida, con las escasas ayudas que recibiría de la seguridad social.
El viejo Freud había muerto hace poco. El enorme y patoso San Bernardo de Lucas murió de viejo. Lucas fumaba asomado a la ventana de la recepción, cuando escuchó un chillido. Aguzó la vista, eran las 6 de la tarde, y ya estaba oscureciendo. Distinguió de pronto una silueta grande y desgarbada que se alejaba; se trataba de un perro enorme, que llevaba entre los dientes, muerto, a un gatito bizco.
Hacía días que no encendía el ordenador. Era el único que quedaba en todo el edificio, junto a una silla, una mesa, un teléfono, y un ordenador apagado. Lucas fumaba pitillo tras pitillo, sin importarle que pudiera aparecer nadie. Fue al servicio; escuchó música en el piso de arriba, y subió. Provenía de la sala de audiovisuales. En ella, las pantallas alineadas encima de la mesa de control, proyectaban la misma película de vídeo VHS. Se trataba de centaturos del desierto, con Jhon Wayne como protagonista. Se sentó en la oscuridad con el pitillo en la boca, y vio la película, que se proyectaba una y otra vez..........................................
En el inmenso edificio, sólo quedaba Lucas, el celador, y Pili la de la limpieza. A Lucas le quedaba un año para jubilarse; le dejarían allí hasta terminar el traslado. Pili, con sus 59 años, y después de más de 20 en el Centro, prefería no pensar en su futuro.
Cuando Lucas llegaba, las puertas estaban abiertas, la alarma desconectada, y las luces sin encender. Se imaginaba al vigilante con una linterna en la mano recorriendo las estancias oscuras y silenciosas, aunque no lograba recordar su rostro.
Al rato llegaba Pili. Su voz rasposa retumbaba por los vacíos pasillos en forma de viejas canciones tradicionales. Empezaba la jornada preparando café en la cocina, y se lo tomaba parsimoniosamente con Lucas, mientras éste se quejaba de la humedad, que le producía dolor de huesos y no le dejaba respirar. Pili, con su sonrisa perpetua, le ignoraba, ya cansada de que no le hiciera caso a sus remedios caseros de cataplasmas y vahos.
Lucas se metió en uno de los baños para fumar, más que nada por si venía la responsable del traslado. Pensaba en su nieto, al que sólo veía en navidad, cuando su hijo iba a visitarle. Sacó el móvil y ojeó las fotos que tenía de él. De pronto escuchó como un llanto que venía de la ventana semiabierta del baño. Asomó la cabeza por la ventana, y vio debajo de ella a un gatito. Estaba esquelético y temblaba. Uno de sus ojos estaba rasgado por una cicatriz que le recorría el rostro hasta el cuello. Fue a la cocina, llenó un plato hondo con leche, y echó unas galletas rotas en él. Al acercarse al gatito, éste se escapó. Lucas dejó el plato en el suelo, y observó a cierta distancia como el animal se acercaba a él y lamía con desesperación su contenido. Luego fue al almacén, y con una caja y unas mantas, improvisó una cama para el gatito.
Pili ventilaba las aulas que ya llevaban más de dos años vacías. Escuchaba la radio por unos auriculares, cuando ésta se paró. Le extrañó, ya que las había cambiado las pilas hace poco. Agitó la radio como si fuera una maraca, y se quitó los auriculares al ver que seguía sin funcionar. Miró a su alrededor; se encontraba en el garaje, donde antes se impartían clases de manejo de carretillas. Escuchó un pitido intermitente; una de las carretillas se había puesto en marcha, y se dirigí hacia un grupo de palés con piedras, que se usaban para las clases prácticas. La carretilla chocó, quedándose encendidas las luces de emergencia. El sonido de su móvil le sacó de su estupor. Le llamaban de la fábrica donde trabajaba su marido; había tenido un accidente mientras manejaba una carretilla.
Deambulaba entre los pasillos, silbando, con las manos en los bolsillos, cuando dio una patada a algo que se encontraba en el suelo. Era una cartera, marrón y muy usada. La abrió; dentro había varias tarjetas, 5 euros arrugados, y una foto de su ex mujer. Se divorciaron hace 5 años. Ella estaba enferma, y Lucas le proporcionaba todos los cuidados que necesitaba cuando estaba en casa. Sin embargo, le dejó por un vigilante de seguridad, a pesar de sus 2 hijos. Al ver la foto pensó en el vigilante del Centro, la cartera debía de ser suya. La cerró con odio, y la arrojó el suelo.
Pili vació la taquilla, y metió su contenido en una bolsa grande que había traído. Salió del Centro tarareando una canción, se metió en el coche y se fue. Su marido se había quedado parapléjico en el accidente que había sufrido en la fábrica, y ella tendría que cuidarle de por vida, con las escasas ayudas que recibiría de la seguridad social.
El viejo Freud había muerto hace poco. El enorme y patoso San Bernardo de Lucas murió de viejo. Lucas fumaba asomado a la ventana de la recepción, cuando escuchó un chillido. Aguzó la vista, eran las 6 de la tarde, y ya estaba oscureciendo. Distinguió de pronto una silueta grande y desgarbada que se alejaba; se trataba de un perro enorme, que llevaba entre los dientes, muerto, a un gatito bizco.
Hacía días que no encendía el ordenador. Era el único que quedaba en todo el edificio, junto a una silla, una mesa, un teléfono, y un ordenador apagado. Lucas fumaba pitillo tras pitillo, sin importarle que pudiera aparecer nadie. Fue al servicio; escuchó música en el piso de arriba, y subió. Provenía de la sala de audiovisuales. En ella, las pantallas alineadas encima de la mesa de control, proyectaban la misma película de vídeo VHS. Se trataba de centaturos del desierto, con Jhon Wayne como protagonista. Se sentó en la oscuridad con el pitillo en la boca, y vio la película, que se proyectaba una y otra vez..........................................
martes, 12 de abril de 2016
El P.I.N. (Parque Infantil de Navidad)
Llovía a mares, los peces golpeaban el parabrisas del coche, la gran ballena blanca se encontraba delante dejando un reguero de sangre a su paso.
En el parking había bastante sitio, fuimos pronto para aprovechar la tarde. Mi hija estaba emocionadísima: Las luces, la música, la inalcanzable paz de la estrellas.
Veo formas en ellas, mensajes, signos, caminos, no el fulgurante fuego se sus entrañas, perdido, perdidos entre tanta gente, buscando como todos ellos un destino.
Ella lo tiene claro, mira a su alrededor y elige, eso es todo, no siente las patas de la araña en su cuello.
Se divierte con un papel y unas tijeras, dando forma al mundo; es más bello en sus toscas manos.
Luego se levanta, quiere cantar y canta, no le importa si le escuchan, no es una canción, es la única posible en este instante, en este lugar, aunque sólo yo la escuche; "canto par ti" me dice, para quien sino, no hay nadie más.
Ella salta en el hinchable, espera su turno, baja por la chirristra de plástico, los códigos secretos se desvelan en el juego, todo está bien.
Hacemos colas interminables en el tío vivo, nos enseñan a esperar para dar vueltas y vueltas enredados en nuestras cadenas.
Entonces nos miramos a los ojos; agarrados de la mano salimos corriendo entre toneladas de espanto, para salir al mar que cae sobre nuestras cabezas, y gritar, y saltar entre los peces.
En el parking había bastante sitio, fuimos pronto para aprovechar la tarde. Mi hija estaba emocionadísima: Las luces, la música, la inalcanzable paz de la estrellas.
Veo formas en ellas, mensajes, signos, caminos, no el fulgurante fuego se sus entrañas, perdido, perdidos entre tanta gente, buscando como todos ellos un destino.
Ella lo tiene claro, mira a su alrededor y elige, eso es todo, no siente las patas de la araña en su cuello.
Se divierte con un papel y unas tijeras, dando forma al mundo; es más bello en sus toscas manos.
Luego se levanta, quiere cantar y canta, no le importa si le escuchan, no es una canción, es la única posible en este instante, en este lugar, aunque sólo yo la escuche; "canto par ti" me dice, para quien sino, no hay nadie más.
Ella salta en el hinchable, espera su turno, baja por la chirristra de plástico, los códigos secretos se desvelan en el juego, todo está bien.
Hacemos colas interminables en el tío vivo, nos enseñan a esperar para dar vueltas y vueltas enredados en nuestras cadenas.
Entonces nos miramos a los ojos; agarrados de la mano salimos corriendo entre toneladas de espanto, para salir al mar que cae sobre nuestras cabezas, y gritar, y saltar entre los peces.
domingo, 3 de abril de 2016
El patio
Hacía bueno, los niños jugaban en el patio del colegio al salir de clase. Sentados en el suelo, alineaban sus ejércitos de gogos (1).Las bajas eran numerosas, lo que no parecía importar a los contendientes. Se tomaban su tiempo para reconstruir el campo de batalla, haciendo de él un lugar de encuentro y exhibición. En el columpio cesta (2) un niño de mayor edad mostraba sus facultades subido al borde de la cesta e impulsándola con todas sus fuerzas. Dos más pequeños se encontraban dentro, y un cuarto se colgaba de ellas cuando alcanzaba su máxima altura, para lanzarla hacia abajo. Todos disfrutaban. En el puente que une el tobogán con la casa de madera, varios niños saltaban sobre él, ante el regocijo de los que rodaban a sus pies. Otros trepaban por las barras, y se colgaban haciendo piruetas.En el campo de fútbol colindante, el balón se convertía en el fin codiciado por todos, y cuya pertenencia demostraría la superioridad de su poseedor. Otros se entretenían en juegos organizados por monitores, siguiendo ordenadamente sus instrucciones.
Yo, sentado en un banco, con el bocadillo mordido de mi hija en la mano, vi el futuro:
"Ejércitos de gogos desfilando entre ciudades destruidas; naciones convertidas en parques temáticos; zombies deambulando en inmensos centros comerciales; una pléyade de almas persiguiendo luces proyectadas en el cielo;...........................
-¡Aita, aita!, ¡mira lo que hago!
Era mi hija, reclamando mi atención.
(1) Pequeños muñecos de plástico, cuyo juego consiste en quedarse con los del contrincante. Para ello, los 2 jugadores disponen los gogos de pie, y tumbando uno de ellos, lo lanzan hacia el contrario intentando derive el máximo número de ellos y quedándose con los que derive.
(2) Columpio formado por cuerdas anudadas, con forma de cesta circular, donde se meten los niños.
Yo, sentado en un banco, con el bocadillo mordido de mi hija en la mano, vi el futuro:
"Ejércitos de gogos desfilando entre ciudades destruidas; naciones convertidas en parques temáticos; zombies deambulando en inmensos centros comerciales; una pléyade de almas persiguiendo luces proyectadas en el cielo;...........................
-¡Aita, aita!, ¡mira lo que hago!
Era mi hija, reclamando mi atención.
(1) Pequeños muñecos de plástico, cuyo juego consiste en quedarse con los del contrincante. Para ello, los 2 jugadores disponen los gogos de pie, y tumbando uno de ellos, lo lanzan hacia el contrario intentando derive el máximo número de ellos y quedándose con los que derive.
(2) Columpio formado por cuerdas anudadas, con forma de cesta circular, donde se meten los niños.
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