Capítulo 4
Eran las 9 de la noche, Juan fue el primero en bajar al comedor del aparta-hotel. Cogió unas "papas arrugadas" con "mojo verde" y ensalada, en el buffet preparado para la cena.Se quedó pensativo, mirando un pescado bañado en una salsa rojiza donde nadaban varios guisantes.
- Es "sama", un pescado típico de aquí - escuchó mientras intentaba dirimir sus dudas acerca de la frescura del pescado. Levantó la vista; la camarera le sonreía con esa sonrisa propia de los isleños, llena de humildad y nobleza. Su largo pelo negro daba a su rostro un aspecto salvaje, suavizado por la pequeña nariz, y sus prominentes pómulos. Se le quedó mirando como a una aparición.
- Está muy bueno, pruébalo.
- Si.........me serviré un poco.
- ¿Y la familia?
- Bajarán ahora, les he dejado cambiándose de ropa.
- Tienes una familia adorable.
- Si claro, bueno, hasta luego.
- Que aproveche.
Juan le sonrió nervioso, y se fue con la bandeja a una mesa vacía.
Mientras comía observaba a la muchacha.Esta, con movimientos fluidos reponía la comida, y saludaba a los comensales con sincera amabilidad.Un par de veces, vio como ella también le miraba, y se excitó. Intentó centrarse en lo que comida, intentando encontrar el sabor del insípido pescado.
La camarera se le acercó.
- Toma te he guardado un trozo de tarta de queso, es el último que quedaba.
- Gracias, me encanta la tarta de queso - mintió.
- Me llamo Sonia - le dijo la chica dándole la mano.
- Yo Juan
- Lo se - le dijo sonriente mientras se alejaba con los platos vacíos.
Raquel irrumpió ruidosamente en el comedor vociferando y haciendo espavientos, como era habitual en ella, seguida de María y los niños. Hicieron acopio de comida en la barra del buffet, y se sentaron en la mesa de Juan, sin hacerle caso.
- Mañana no pienso moverme de la piscina, estoy rendida - comentaba María delante de su ensalada.
- Podemos descansar e ir de compras por el paseo marítimo - contestó Raquel
- ¿No habíamos quedado en ir a las pirámides? - replicó el hasta entonces olvidado Juan.
- Yo he quedado con unos alemanes para ver las semifinales - Dijo Nacho.
En aquel momento se celebraba el mundial de fútbol, y en las terrazas de los chiringuitos se levantaban enormes pantallas de televisión, que reunía a sus fieles alrededor, para la inmolación de sus mentes.
- ¡Pues me iré solo!, para algo interesante que íbamos a hacer...........
Al día siguiente, Juan cogió la autopista sur hacia Güímar, donde se encontraban las famosas pirámides, que cruzaba la isla por la costa, rodeando El Teide, imponente volcán cuya ira le dio vida. Sin embargo, pese a no tener pérdida, acabó en Los Cristianos, prefabricado centro turístico donde acababan de construir un super-mega-agua-park. Con resignación, dio la vuelta y volvió entre los molinos del parque eólico que atravesaba la carretera hacia el parque temático de ¨Güímar.
"Parques, parques, parques,................................."
Donde habitan "los migalas"
Donde habitan "los migalas" (De cuentos y arañas)
sábado, 28 de febrero de 2015
domingo, 22 de febrero de 2015
Historias de la isla (1)
Capítulo 1
Nuestra vida transcurre como en un aeropuerto, con la sensación de que en nuestro destino cambiarán las cosas; y cuando subimos al avión, llenos de dudas, nos damos cuenta de que ya es tarde para elegir otro rumbo.
Juan empujaba el pesado carro de las maletas, llenas de "por sis"; María, la suegra, llevaba su propia maleta, y charlaba animadamente con su mujer; Nacho, escuchaba música en el i-pod, escapando del complejo mundo que le rodeaba, con su altanería adolescente; Lucas, subido al carro, hacía peligrar el delicado equilibrio de las maletas.
- ¡Lucas, bájate de ahí! - le grito Juan. EL niño, saltó del carro y salió corriendo.
Era la primera vez que Juan viajaba en avión, ¡Y encima con la familia!
- Tranquilízate - le dijo María, su suegra, al verle tan tenso - Ahora tenemos que facturar el equipaje, y esperar a que nos indiquen la puerta de embarque; ¡es sencillísimo!
Juan odiaba su prepotencia, sobretodo cuando ponía en evidencia su inseguridad delante de Raquel, su mujer, y los niños.
Compró una revista y se puso a ojearla. Era de misterio. Le llamó la atención un artículo sobre el azar y el determinismo. La foto del autor, una tal Yon Pellizar, le resultaba familiar.
Una vez subido al avión se tranquilizó, y dejó vagar sus pensamientos entre las nubes que discurrían bajo sus ojos.
Capítulo 2
Sólo quien tiene el corazón roto puede cantar boleros; y Lorenzo lo tenía. Aunque su dolor no traspasaba los corazones embotados de los turistas, que bebían cerveza y comían paella en las terrazas del chiringuito.
Cuando terminó la canción, vio su tristeza hecha añicos entre indiferentes sorbos de alcohol, y la impresionante pantalla de televisión donde se retransmitía fútbol. Guardó la guitarra en la funda, y se retiró discretamente, entre algún indiferente aplauso. Era tarde, y estaba cansado, más por el pesado fardo de la resignación que arrastraba, que por el trabajó en sí.
Capítulo 3
La carretera parecía derretirse bajo el pleno sol que parecía estar permanentemente colgado del cielo en aquella parte de la isla.
"Ya debía haber llegado" - pensaba Yon mientras conducía "el polo" que había alquilado por la autopista sur de la isla, hacia Guilmar. En el reproductor del coche sonaban los boleros de un disco que había comprado por 10 euros en la terraza de un chiringuito de Puerto la Cruz. Vio el cartel anunciador del aeropuerto. Con una mano, desdobló el mapa de carreteras.
-¡Mierda, si estoy al otro extremo le la isla!
Cabreado, cogió el siguiente cambio de sentido, y volvió a cruzar los áridos paisajes volcánicos. Después de dar vueltas y vueltas por las tortuosas calles de Guilmar, siguiendo las enrevesadas indicaciones de las señales, llegó hasta las pirámides.
Las pirámides, constituían un complejo cultural creado por Thor Heyerdahl, antropólogo y escritor noruego que dedicó su vida a la investigación, y pasó el final de ella en la isla, dedicado plenamente a sus estudios. Yon, que escribía en una revista de misterio, había concertado una entrevista con Anne Nystron, la que había sido la secretaria personal del antropólogo. Estaba fascinado por la figura del investigador.
Llegó con retraso, por lo que tuvo que esperar a que le atendieran. Mientras, paseó entre las pirámides, respirando hondo, intentando impregnarse de la energías telúricas, que suponía, los guanches, habían experimentado en aquel lugar; pero la edulcorada música de fondo, y los numerosos carteles informativos, lo convertían en un parque temático de cartón-piedra.
"- Piedra, piedra,piedra........." - las piedras estaban allí, y las estrellas que las alineaban, y los lagartos, que rasgaban la atención con su huida, creando abismos.
Nuestra vida transcurre como en un aeropuerto, con la sensación de que en nuestro destino cambiarán las cosas; y cuando subimos al avión, llenos de dudas, nos damos cuenta de que ya es tarde para elegir otro rumbo.
Juan empujaba el pesado carro de las maletas, llenas de "por sis"; María, la suegra, llevaba su propia maleta, y charlaba animadamente con su mujer; Nacho, escuchaba música en el i-pod, escapando del complejo mundo que le rodeaba, con su altanería adolescente; Lucas, subido al carro, hacía peligrar el delicado equilibrio de las maletas.
- ¡Lucas, bájate de ahí! - le grito Juan. EL niño, saltó del carro y salió corriendo.
Era la primera vez que Juan viajaba en avión, ¡Y encima con la familia!
- Tranquilízate - le dijo María, su suegra, al verle tan tenso - Ahora tenemos que facturar el equipaje, y esperar a que nos indiquen la puerta de embarque; ¡es sencillísimo!
Juan odiaba su prepotencia, sobretodo cuando ponía en evidencia su inseguridad delante de Raquel, su mujer, y los niños.
Compró una revista y se puso a ojearla. Era de misterio. Le llamó la atención un artículo sobre el azar y el determinismo. La foto del autor, una tal Yon Pellizar, le resultaba familiar.
Una vez subido al avión se tranquilizó, y dejó vagar sus pensamientos entre las nubes que discurrían bajo sus ojos.
Capítulo 2
Sólo quien tiene el corazón roto puede cantar boleros; y Lorenzo lo tenía. Aunque su dolor no traspasaba los corazones embotados de los turistas, que bebían cerveza y comían paella en las terrazas del chiringuito.
Cuando terminó la canción, vio su tristeza hecha añicos entre indiferentes sorbos de alcohol, y la impresionante pantalla de televisión donde se retransmitía fútbol. Guardó la guitarra en la funda, y se retiró discretamente, entre algún indiferente aplauso. Era tarde, y estaba cansado, más por el pesado fardo de la resignación que arrastraba, que por el trabajó en sí.
Capítulo 3
La carretera parecía derretirse bajo el pleno sol que parecía estar permanentemente colgado del cielo en aquella parte de la isla.
"Ya debía haber llegado" - pensaba Yon mientras conducía "el polo" que había alquilado por la autopista sur de la isla, hacia Guilmar. En el reproductor del coche sonaban los boleros de un disco que había comprado por 10 euros en la terraza de un chiringuito de Puerto la Cruz. Vio el cartel anunciador del aeropuerto. Con una mano, desdobló el mapa de carreteras.
-¡Mierda, si estoy al otro extremo le la isla!
Cabreado, cogió el siguiente cambio de sentido, y volvió a cruzar los áridos paisajes volcánicos. Después de dar vueltas y vueltas por las tortuosas calles de Guilmar, siguiendo las enrevesadas indicaciones de las señales, llegó hasta las pirámides.
Las pirámides, constituían un complejo cultural creado por Thor Heyerdahl, antropólogo y escritor noruego que dedicó su vida a la investigación, y pasó el final de ella en la isla, dedicado plenamente a sus estudios. Yon, que escribía en una revista de misterio, había concertado una entrevista con Anne Nystron, la que había sido la secretaria personal del antropólogo. Estaba fascinado por la figura del investigador.
Llegó con retraso, por lo que tuvo que esperar a que le atendieran. Mientras, paseó entre las pirámides, respirando hondo, intentando impregnarse de la energías telúricas, que suponía, los guanches, habían experimentado en aquel lugar; pero la edulcorada música de fondo, y los numerosos carteles informativos, lo convertían en un parque temático de cartón-piedra.
"- Piedra, piedra,piedra........." - las piedras estaban allí, y las estrellas que las alineaban, y los lagartos, que rasgaban la atención con su huida, creando abismos.
viernes, 2 de enero de 2015
Plácido (3ª parte)
Plácido paseaba por la avenida con las manos en los bolsillos, mirando las ramas de los perales colmadas de frutos. Escogió uno que se encontraba al dado de un banco, se subió a él y empezó a llenar de peras una bolsa que sacó del bolsillo trasero del pantalón; un grupo de chicos sentados en el respaldo de un banco próximo le señalaban y reían, la señora del perrito cuchicheaba al oído de su amiga mientras le miraba, el barrendero maldecía intentando arrancar con la escoba los restos podridos de los frutos caídos, Plácido pensaba en la rica compota que se iba a preparar para cenar.
Despreocupadamente, se dirigió a su casa. No tenía mucho que hacer desde que se quedó sin trabajo. De pronto, se encontró a la puerta del instituto donde trabajaba; sus pies habían recorrido el camino que durante 34 años habían realizado casi diariamente. Le invadió una ola de añoranza. En el patio del instituto vio a Dolores, la señora de la limpieza, arrastrando una pesada bolsa. Se acercó para ayudarle.
- ¡Hombre Plácido! - le dijo al verle.
- No deberías llevar esos pesos Dolores.
- Tan paternalista como siempre - le respondió Dolores agarrándole del brazo - ya me queda poco, en julio me jubilo.
- Pues razón de más para que te cuides.
Plácido cogió la pesada bolsa, y se la echó al hombro.
- ¿Cómo te va? - le preguntó Dolores mientras se dirigían al contenedor de basuras.
- Haciendo cursos y cosas de esas, para reciclarme dicen, ya sabes.
- ¡Va!, hacerte perder el tiempo, nada más.
- Así estoy entretenido.
Llegaron hasta el contenedor, abrió la tapa con una mano, y de un rápido movimiento con la otra, echó la bolsa dentro.
- Por aquí han cambiado mucho las cosas desde que te fuiste.....bueno, te echaron - dijo Dolores - la empresa que se encarga ahora del mantenimiento, aparece una vez al mes, hacen cuatro chapuzas, y hasta la próxima.
- Ya sabes, les saldrá más rentable.
- A consta de dejar sin trabajo a gente decente como tú.
- Que le vamos a hacer, los tiempos cambian.
- Pero la gentuza permanece.
Mientras hablaban, volvían de nuevo al instituto.
- ¿Te acuerdas de Rubén? - dijo Dolores - Aquel chico tan problemático al que echaron una semana por llevar una navaja automática.
- Si, tenía problemas en casa.
- Pues murió hace una semana, ¡de cáncer!, ¡tan joven!, fíjate, da miedo ¿qué no?, le puede pasar a cualquiera, cada vez se oye más.
Plácido quedó conmovido, pero más por la trivialidad con la que hablaba, que por la noticia en sí.
- Bueno Plácido, te dejo, que ahora nos controlan hasta el tiempo que estamos en el baño.
Dolores se alejó con paso resuelto, no sin antes darle a Plácido un sonoro beso en la mejilla.
Plácido miró a su alrededor; en un primer vistazo, no parecía haber cambiado mucho el aspecto del instituto, pero a sus expertos ojos, parecía más descuidado: Ese desconche en la fachada, las hojas caídas de los árboles atascando la alcantarilla, la bombilla fundida del foco,.................
Entró en el edificio; una nueva ola, ahora de melancolía, le cubrió, al ver las taquillas alineadas a los lados del pasillo. Se paró ante una de ellas: la de Rubén. Del bolsillo del pantalón sacó un enorme manojo de llaves, y eligió una; era la maestra. Abrió la taquilla; en la estantería superior, había un peine y un paquete de chicles empezado, junto a un Play-boy enrollado. Abajo, en el suelo, una sudadera Adidas echa un ovillo. Cogió la sudadera; el polvo levantado le hizo estornudar. De pronto escuchó un sonido metálico; era un objeto que se encontraba entre los pliegues de la sudadera. Se agachó para recogerlo, y reconoció el canario de juguete que le había regalado hace 2 años a Rubén. Le faltaba el pico y un ala; una infinita ternura le embargó;le dio cuerda,lo puso en la palma de la mano,................¡y el pajarito echó a volar, con su única ala, piando, saliendo por una ventana, hacia el sol!
Despreocupadamente, se dirigió a su casa. No tenía mucho que hacer desde que se quedó sin trabajo. De pronto, se encontró a la puerta del instituto donde trabajaba; sus pies habían recorrido el camino que durante 34 años habían realizado casi diariamente. Le invadió una ola de añoranza. En el patio del instituto vio a Dolores, la señora de la limpieza, arrastrando una pesada bolsa. Se acercó para ayudarle.
- ¡Hombre Plácido! - le dijo al verle.
- No deberías llevar esos pesos Dolores.
- Tan paternalista como siempre - le respondió Dolores agarrándole del brazo - ya me queda poco, en julio me jubilo.
- Pues razón de más para que te cuides.
Plácido cogió la pesada bolsa, y se la echó al hombro.
- ¿Cómo te va? - le preguntó Dolores mientras se dirigían al contenedor de basuras.
- Haciendo cursos y cosas de esas, para reciclarme dicen, ya sabes.
- ¡Va!, hacerte perder el tiempo, nada más.
- Así estoy entretenido.
Llegaron hasta el contenedor, abrió la tapa con una mano, y de un rápido movimiento con la otra, echó la bolsa dentro.
- Por aquí han cambiado mucho las cosas desde que te fuiste.....bueno, te echaron - dijo Dolores - la empresa que se encarga ahora del mantenimiento, aparece una vez al mes, hacen cuatro chapuzas, y hasta la próxima.
- Ya sabes, les saldrá más rentable.
- A consta de dejar sin trabajo a gente decente como tú.
- Que le vamos a hacer, los tiempos cambian.
- Pero la gentuza permanece.
Mientras hablaban, volvían de nuevo al instituto.
- ¿Te acuerdas de Rubén? - dijo Dolores - Aquel chico tan problemático al que echaron una semana por llevar una navaja automática.
- Si, tenía problemas en casa.
- Pues murió hace una semana, ¡de cáncer!, ¡tan joven!, fíjate, da miedo ¿qué no?, le puede pasar a cualquiera, cada vez se oye más.
Plácido quedó conmovido, pero más por la trivialidad con la que hablaba, que por la noticia en sí.
- Bueno Plácido, te dejo, que ahora nos controlan hasta el tiempo que estamos en el baño.
Dolores se alejó con paso resuelto, no sin antes darle a Plácido un sonoro beso en la mejilla.
Plácido miró a su alrededor; en un primer vistazo, no parecía haber cambiado mucho el aspecto del instituto, pero a sus expertos ojos, parecía más descuidado: Ese desconche en la fachada, las hojas caídas de los árboles atascando la alcantarilla, la bombilla fundida del foco,.................
Entró en el edificio; una nueva ola, ahora de melancolía, le cubrió, al ver las taquillas alineadas a los lados del pasillo. Se paró ante una de ellas: la de Rubén. Del bolsillo del pantalón sacó un enorme manojo de llaves, y eligió una; era la maestra. Abrió la taquilla; en la estantería superior, había un peine y un paquete de chicles empezado, junto a un Play-boy enrollado. Abajo, en el suelo, una sudadera Adidas echa un ovillo. Cogió la sudadera; el polvo levantado le hizo estornudar. De pronto escuchó un sonido metálico; era un objeto que se encontraba entre los pliegues de la sudadera. Se agachó para recogerlo, y reconoció el canario de juguete que le había regalado hace 2 años a Rubén. Le faltaba el pico y un ala; una infinita ternura le embargó;le dio cuerda,lo puso en la palma de la mano,................¡y el pajarito echó a volar, con su única ala, piando, saliendo por una ventana, hacia el sol!
viernes, 26 de diciembre de 2014
Plácido (parte 2ª)
Hace 2 años.
La corpulenta figura de Plácido subía con seguridad la escalera de mano, ante la atenta mirada de los niños. Al llegar al tejado, sacó con una mano la escoba que llevaba en la parte posterior del cinturón, a modo de cimitarra, mientras agarraba con la otra la escalera. Con un diestro movimiento de escoba, empujó el balón que se había quedado en el canalón hacia el patio, entre los gritos de júbilo de los niños. Cuando bajó de la escalera, los niños ya estaban jugando de nuevo con el balón. Estuvo un rato observándolos.
Las clases ya habían terminado, y Plácido recorría los vacíos pasillos que separaban las aulas hasta el cuarto de mantenimiento. En una de las aulas, un chico, tumbado prácticamente sobre la silla del pupitre, sostenía aburrido un libro delante de él.
- ¿Otra vez castigado? - le preguntó Plácido desde la puerta. Rubén, que así se llamaba el chico, se incorporó sorprendido.
- ¡Eres tú! - le respondió con desdén.
- ¿Qué has hecho esta vez?
- Me he peleado.
- ¿Les has avisado a tus padres?
- Para que...........
- Llegarás tarde a casa.
Rubén se volvió a recostar sobre la silla, sin responderle.
Plácido se cambió de ropa en el cuarto de mantenimiento, guardó el buzo en la taquilla, cogió el macuto, y salió del edificio. En el patio, sólo quedaban los chicos del equipo de baloncesto, corriendo alrededor del campo de basquet. En las gradas, con un pitillo en la boca, Rubén escuchaba músico por unos auriculares.
- ¿Todavía sigues aquí? - le dijo Plácido sentándose a su lado.
- No tengo nada mejor que hacer.
Se quedaron en silencio. En el patio, el entrenador azuzaba a sus jugadores:
- ¡Menos charla y más correr, parecéis niñas!
Estaba oscureciendo, la fría noche empezaba a asomarse.
Plácido, hurgó en su macuto y sacó algo.
- Toma - le dijo ofreciéndoselo.
Era un pajarito de aluminio. El chico lo miró sorprendido. Estaba hecho al detalle: Con su pico, sus ojillos negros, las alas amarillas, las patitas,.............
- ¿Lo has hecho tú?
- Si, y mira - lo volvió a coger, y dio vueltas a una pequeña cuerda que tenía la lado de la cola. Luego lo puso en el suelo, y el pajarito empezó a andar y a mover las alas mientras piaba.
- ¡Ala.....! - gritó Rubén. Se quedaron mirándolo hasta que paró.
- Es un canario - le dijo Plácido - te lo regalo.
- ¡Gracias tío!, ¿cómo lo has hecho?
- Nada,............, con latas y aparatos que encuentro en la basura. Aunque cada vez es más complicado con esto del reciclaje................
-¡Es genial!
- Tengo que irme.
Plácido se fue a su casa, mientras Rubén se quedaba ensimismado en la grada mirando como el pajarito movía sus alas y piaba intentando volar.
La corpulenta figura de Plácido subía con seguridad la escalera de mano, ante la atenta mirada de los niños. Al llegar al tejado, sacó con una mano la escoba que llevaba en la parte posterior del cinturón, a modo de cimitarra, mientras agarraba con la otra la escalera. Con un diestro movimiento de escoba, empujó el balón que se había quedado en el canalón hacia el patio, entre los gritos de júbilo de los niños. Cuando bajó de la escalera, los niños ya estaban jugando de nuevo con el balón. Estuvo un rato observándolos.
Las clases ya habían terminado, y Plácido recorría los vacíos pasillos que separaban las aulas hasta el cuarto de mantenimiento. En una de las aulas, un chico, tumbado prácticamente sobre la silla del pupitre, sostenía aburrido un libro delante de él.
- ¿Otra vez castigado? - le preguntó Plácido desde la puerta. Rubén, que así se llamaba el chico, se incorporó sorprendido.
- ¡Eres tú! - le respondió con desdén.
- ¿Qué has hecho esta vez?
- Me he peleado.
- ¿Les has avisado a tus padres?
- Para que...........
- Llegarás tarde a casa.
Rubén se volvió a recostar sobre la silla, sin responderle.
Plácido se cambió de ropa en el cuarto de mantenimiento, guardó el buzo en la taquilla, cogió el macuto, y salió del edificio. En el patio, sólo quedaban los chicos del equipo de baloncesto, corriendo alrededor del campo de basquet. En las gradas, con un pitillo en la boca, Rubén escuchaba músico por unos auriculares.
- ¿Todavía sigues aquí? - le dijo Plácido sentándose a su lado.
- No tengo nada mejor que hacer.
Se quedaron en silencio. En el patio, el entrenador azuzaba a sus jugadores:
- ¡Menos charla y más correr, parecéis niñas!
Estaba oscureciendo, la fría noche empezaba a asomarse.
Plácido, hurgó en su macuto y sacó algo.
- Toma - le dijo ofreciéndoselo.
Era un pajarito de aluminio. El chico lo miró sorprendido. Estaba hecho al detalle: Con su pico, sus ojillos negros, las alas amarillas, las patitas,.............
- ¿Lo has hecho tú?
- Si, y mira - lo volvió a coger, y dio vueltas a una pequeña cuerda que tenía la lado de la cola. Luego lo puso en el suelo, y el pajarito empezó a andar y a mover las alas mientras piaba.
- ¡Ala.....! - gritó Rubén. Se quedaron mirándolo hasta que paró.
- Es un canario - le dijo Plácido - te lo regalo.
- ¡Gracias tío!, ¿cómo lo has hecho?
- Nada,............, con latas y aparatos que encuentro en la basura. Aunque cada vez es más complicado con esto del reciclaje................
-¡Es genial!
- Tengo que irme.
Plácido se fue a su casa, mientras Rubén se quedaba ensimismado en la grada mirando como el pajarito movía sus alas y piaba intentando volar.
viernes, 19 de diciembre de 2014
Plácido (parte 1ª)
Plácido esperaba en la parada del bus a que llegara el B7. Sentada a su lado, la adolescente de mallas rojas y deportivas entretejía su propio mundo con los dedos, a través del móvil. Plácido miraba sus tersos muslos, montado uno sobre otro, y el pie balanceándose de la muchacha. No pudo evitar fijarse en sus diminutos pechos, ni en la protegida capilla de su entrepierna. El autobús llegó bufando, pariendo y tragando, como en cada parada. Se sentó en el asiento especial, destinado a los "no normales" (gordos), "no útiles"(viejos), e "intocables"(embarazadas). Le parecía que en cualquier momento, se abriría una trampilla bajo sus pies, para librar de su carga a la sociedad.
Llegó pronto a la oficina de empleo. A través de las puertas acristaladas, podía ver los rostros soñolientos y resignados de los funcionarios alrededor de la máquina de café, los mismos que veía en la cola en la que esperaba; la puerta no era más que una frontera imaginaria entre dos prisiones diferentes. Se le acercó un hombre alto y fuerte, que le agarró por los hombros con sus grandes manos.
- ¡Hombre plácido!, ¡Qué andas!
- Toca fichar.
- Tienes buen aspecto.
- Tú también.
- ¡Va!, harto de que te mangoneen con contratos basura de un día. Ya nadie se arriesga, ¡con la que está cayendo!, o eso dicen. Yo no me creo nada. Para mi que es todo un invento para tenernos a todos bien cogidos de los huevos. ¡Pero para huevos los míos!
Plácido asentía sonriente ante la avalancha de palabras que caían en sus oídos, una tras otra, como fichas de dominó.
- ¿Y tu que te cuentas? - dijo para tomar aire.
- Pues nada nuevo,..........
- ¡Joder!, ¡mírales, tomando su cafecito, con sus culos bien calientes en la poltrona!, - dijo señalando con la cabeza a los funcionarios -¡ y encima te tratan como a una mierda!
- No todos..............
- ¡Quien coño se creen que son!, ¡les daba por culo a todos!
Eran las 9; el vigilante abrió las puertas, y dio los buenos días cortésmente, evitando que el caos se desatara.
Cándido se sentó en la silla, enfrente de la mesa de la orientadora.
-¿Qué tal Plácido? - le preguntó mientras consultaba los datos en el ordenador: Nombre, edad, DNI,.....- ¿Empezaste a ir al curso de informática?
- Si.
- ¿Y que me cuentas?
- Bueno, no me entiendo bien con la tecnología, la verdad, pero bueno, ha sido interesante.
- Hoy en día es necesario saber manejarse con los ordenadores para cualquier empleo.
- Es que lo que no se puede tocar con las manos es difícil de entender.
- Quedamos en que tenías que ampliar tu formación si queríamos acceder a otro tipo de trabajos distintos a los que podías optar hasta ahora.
Plácido se quedó callado mirando al suelo.
- Yo sólo quiero trabajar en mantenimiento, con las cosas si que me llevo bien.
- Ya, ya, pero mientras no lo consigas, tendrás que seguir formándote. Mira, hay un curso de diseño por ordenador que podría ser interesante.
Cada palabra hacía más evidente la brecha entre dos continentes a la deriva.
Estaba nublado, pero de vez en cuando, el viento abría claros en el cielo por donde se colaba algún rayo de sol. Plácido se sentó en el banco de costumbre, el que daba al lago del parque. Era como asomarse a una ventana. Sacó media barra de pan duro, una botella de leche de la que quedaba un cuarto de litro, y un cuenco vacío. Echó la leche en el cuenco, y desmigó el pan en él. Después metió sus dedos (demasiado estrechos para unas manos tan grandes) en el cuenco y formó una masa con el pan desmigado y leche, que extendió sobre el verde cesped que tapizaba el suelo desde el banco hasta el lago. Los gorriones fueron los primeros en acudir, seguidos por los tarines y algún jilguero. Los petirrojos observaban curiosos, como siempre. Al rato llegaron las palomas, espantando a los demás pájaros, pero éstos, les quitaban las migas antes de que sus picos llegaran al suelo. Plácido disfrutaba viéndoles competir, y sobre todo con sus cantos, que tan bien conocía.
Llegó pronto a la oficina de empleo. A través de las puertas acristaladas, podía ver los rostros soñolientos y resignados de los funcionarios alrededor de la máquina de café, los mismos que veía en la cola en la que esperaba; la puerta no era más que una frontera imaginaria entre dos prisiones diferentes. Se le acercó un hombre alto y fuerte, que le agarró por los hombros con sus grandes manos.
- ¡Hombre plácido!, ¡Qué andas!
- Toca fichar.
- Tienes buen aspecto.
- Tú también.
- ¡Va!, harto de que te mangoneen con contratos basura de un día. Ya nadie se arriesga, ¡con la que está cayendo!, o eso dicen. Yo no me creo nada. Para mi que es todo un invento para tenernos a todos bien cogidos de los huevos. ¡Pero para huevos los míos!
Plácido asentía sonriente ante la avalancha de palabras que caían en sus oídos, una tras otra, como fichas de dominó.
- ¿Y tu que te cuentas? - dijo para tomar aire.
- Pues nada nuevo,..........
- ¡Joder!, ¡mírales, tomando su cafecito, con sus culos bien calientes en la poltrona!, - dijo señalando con la cabeza a los funcionarios -¡ y encima te tratan como a una mierda!
- No todos..............
- ¡Quien coño se creen que son!, ¡les daba por culo a todos!
Eran las 9; el vigilante abrió las puertas, y dio los buenos días cortésmente, evitando que el caos se desatara.
Cándido se sentó en la silla, enfrente de la mesa de la orientadora.
-¿Qué tal Plácido? - le preguntó mientras consultaba los datos en el ordenador: Nombre, edad, DNI,.....- ¿Empezaste a ir al curso de informática?
- Si.
- ¿Y que me cuentas?
- Bueno, no me entiendo bien con la tecnología, la verdad, pero bueno, ha sido interesante.
- Hoy en día es necesario saber manejarse con los ordenadores para cualquier empleo.
- Es que lo que no se puede tocar con las manos es difícil de entender.
- Quedamos en que tenías que ampliar tu formación si queríamos acceder a otro tipo de trabajos distintos a los que podías optar hasta ahora.
Plácido se quedó callado mirando al suelo.
- Yo sólo quiero trabajar en mantenimiento, con las cosas si que me llevo bien.
- Ya, ya, pero mientras no lo consigas, tendrás que seguir formándote. Mira, hay un curso de diseño por ordenador que podría ser interesante.
Cada palabra hacía más evidente la brecha entre dos continentes a la deriva.
Estaba nublado, pero de vez en cuando, el viento abría claros en el cielo por donde se colaba algún rayo de sol. Plácido se sentó en el banco de costumbre, el que daba al lago del parque. Era como asomarse a una ventana. Sacó media barra de pan duro, una botella de leche de la que quedaba un cuarto de litro, y un cuenco vacío. Echó la leche en el cuenco, y desmigó el pan en él. Después metió sus dedos (demasiado estrechos para unas manos tan grandes) en el cuenco y formó una masa con el pan desmigado y leche, que extendió sobre el verde cesped que tapizaba el suelo desde el banco hasta el lago. Los gorriones fueron los primeros en acudir, seguidos por los tarines y algún jilguero. Los petirrojos observaban curiosos, como siempre. Al rato llegaron las palomas, espantando a los demás pájaros, pero éstos, les quitaban las migas antes de que sus picos llegaran al suelo. Plácido disfrutaba viéndoles competir, y sobre todo con sus cantos, que tan bien conocía.
viernes, 28 de noviembre de 2014
El día en el que se fueron los árboles
Recuerdo perfectamente el momento; era el 29 de febrero, a las 13 horas. Yo estaba en el parque dando un paseo, cuando escuché un zumbido envolvente que aumentaba de intensidad; entonces, las hojas de los árboles salieron volando, como una desbandada de pájaros, pero no arrastradas por alguna poderos fuerza, no, sino aleteando en el cielo con gráciles movimientos. La penumbra cubrió la tierra por unos momentos, al quedar oculto el sol por las hojas.
Después sentí un temblor, y vi como los troncos de los árboles eran tragados por la tierra entre un terrible estruendo; ¿o eran ellos los que perforaban el suelo como gigantescos y poderosos gusanos?
¿A donde fueron las hojas?, ¿Y los troncos?; no lo se, pero al día siguiente desperté sediento de sol y de agua.
Después sentí un temblor, y vi como los troncos de los árboles eran tragados por la tierra entre un terrible estruendo; ¿o eran ellos los que perforaban el suelo como gigantescos y poderosos gusanos?
¿A donde fueron las hojas?, ¿Y los troncos?; no lo se, pero al día siguiente desperté sediento de sol y de agua.
viernes, 14 de noviembre de 2014
El paso del tiempo
Hacía calor, mucho calor, el sol derretía el asfalto, el aire caliente convertía el paseo en un cocedero. Por eso, decidió quedarse en el pequeño túnel que unía el paseo entre las dos playas. Se sentó en el suelo junto a su mochila, y apoyó la espalda en la pared. El sopor le hizo caer en ese espacio bastardo que separa la vigilia del sueño. Una voz le trajo de nuevo a la penumbra del túnel: ".....es un día cualquiera, hoy empieza todo.............". A pocos metros, un muchacho cantaba una canción, acompañado por su guitarra. Intentó atrapar las imágenes resquebrajadas que emergían del abismo de sus sueños, hechos trizas al chocar con sus pupilas; sólo el estruendo de cristales rotos quedó tras ellas. Maldijo entre dientes al muchacho, aunque la verdad, lo hacía bien, y las canciones eran agradables. abrió los ojos, y apoyó la cabeza en la pared.
Pasó el tiempo, porque el tiempo sólo pasa cuando se busca algo, aunque no se sepa qué. El chico, cogió las monedas que le habían echado en la funda abierta de su guitarra, y se las dio.
- Que te vaya bien - le dijo.
Le miró, y sonrió asentando con la cabeza. Vio como se alejaba, como si de una aparición se tratase, con el estuche de la guitarra a su espalda, como si fuese una mochila.
Se levantó y salió del túnel; hacía frío, mucho frío, la nieve cubría las calles, la ventisca helada azotaba los árboles. Cruzó los brazos sobre el pecho, y se acercó a una cabina de teléfono. Sacó del bolsillo las monedas que le había dado el muchacho, y metiéndolas en la ranura, marcó un número.
- Luisa,...................fui yo quien lo hizo, ....................lo siento.
Y el tiempo dejó de pasar.
Pasó el tiempo, porque el tiempo sólo pasa cuando se busca algo, aunque no se sepa qué. El chico, cogió las monedas que le habían echado en la funda abierta de su guitarra, y se las dio.
- Que te vaya bien - le dijo.
Le miró, y sonrió asentando con la cabeza. Vio como se alejaba, como si de una aparición se tratase, con el estuche de la guitarra a su espalda, como si fuese una mochila.
Se levantó y salió del túnel; hacía frío, mucho frío, la nieve cubría las calles, la ventisca helada azotaba los árboles. Cruzó los brazos sobre el pecho, y se acercó a una cabina de teléfono. Sacó del bolsillo las monedas que le había dado el muchacho, y metiéndolas en la ranura, marcó un número.
- Luisa,...................fui yo quien lo hizo, ....................lo siento.
Y el tiempo dejó de pasar.
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