Plácido paseaba por la avenida con las manos en los bolsillos, mirando las ramas de los perales colmadas de frutos. Escogió uno que se encontraba al dado de un banco, se subió a él y empezó a llenar de peras una bolsa que sacó del bolsillo trasero del pantalón; un grupo de chicos sentados en el respaldo de un banco próximo le señalaban y reían, la señora del perrito cuchicheaba al oído de su amiga mientras le miraba, el barrendero maldecía intentando arrancar con la escoba los restos podridos de los frutos caídos, Plácido pensaba en la rica compota que se iba a preparar para cenar.
Despreocupadamente, se dirigió a su casa. No tenía mucho que hacer desde que se quedó sin trabajo. De pronto, se encontró a la puerta del instituto donde trabajaba; sus pies habían recorrido el camino que durante 34 años habían realizado casi diariamente. Le invadió una ola de añoranza. En el patio del instituto vio a Dolores, la señora de la limpieza, arrastrando una pesada bolsa. Se acercó para ayudarle.
- ¡Hombre Plácido! - le dijo al verle.
- No deberías llevar esos pesos Dolores.
- Tan paternalista como siempre - le respondió Dolores agarrándole del brazo - ya me queda poco, en julio me jubilo.
- Pues razón de más para que te cuides.
Plácido cogió la pesada bolsa, y se la echó al hombro.
- ¿Cómo te va? - le preguntó Dolores mientras se dirigían al contenedor de basuras.
- Haciendo cursos y cosas de esas, para reciclarme dicen, ya sabes.
- ¡Va!, hacerte perder el tiempo, nada más.
- Así estoy entretenido.
Llegaron hasta el contenedor, abrió la tapa con una mano, y de un rápido movimiento con la otra, echó la bolsa dentro.
- Por aquí han cambiado mucho las cosas desde que te fuiste.....bueno, te echaron - dijo Dolores - la empresa que se encarga ahora del mantenimiento, aparece una vez al mes, hacen cuatro chapuzas, y hasta la próxima.
- Ya sabes, les saldrá más rentable.
- A consta de dejar sin trabajo a gente decente como tú.
- Que le vamos a hacer, los tiempos cambian.
- Pero la gentuza permanece.
Mientras hablaban, volvían de nuevo al instituto.
- ¿Te acuerdas de Rubén? - dijo Dolores - Aquel chico tan problemático al que echaron una semana por llevar una navaja automática.
- Si, tenía problemas en casa.
- Pues murió hace una semana, ¡de cáncer!, ¡tan joven!, fíjate, da miedo ¿qué no?, le puede pasar a cualquiera, cada vez se oye más.
Plácido quedó conmovido, pero más por la trivialidad con la que hablaba, que por la noticia en sí.
- Bueno Plácido, te dejo, que ahora nos controlan hasta el tiempo que estamos en el baño.
Dolores se alejó con paso resuelto, no sin antes darle a Plácido un sonoro beso en la mejilla.
Plácido miró a su alrededor; en un primer vistazo, no parecía haber cambiado mucho el aspecto del instituto, pero a sus expertos ojos, parecía más descuidado: Ese desconche en la fachada, las hojas caídas de los árboles atascando la alcantarilla, la bombilla fundida del foco,.................
Entró en el edificio; una nueva ola, ahora de melancolía, le cubrió, al ver las taquillas alineadas a los lados del pasillo. Se paró ante una de ellas: la de Rubén. Del bolsillo del pantalón sacó un enorme manojo de llaves, y eligió una; era la maestra. Abrió la taquilla; en la estantería superior, había un peine y un paquete de chicles empezado, junto a un Play-boy enrollado. Abajo, en el suelo, una sudadera Adidas echa un ovillo. Cogió la sudadera; el polvo levantado le hizo estornudar. De pronto escuchó un sonido metálico; era un objeto que se encontraba entre los pliegues de la sudadera. Se agachó para recogerlo, y reconoció el canario de juguete que le había regalado hace 2 años a Rubén. Le faltaba el pico y un ala; una infinita ternura le embargó;le dio cuerda,lo puso en la palma de la mano,................¡y el pajarito echó a volar, con su única ala, piando, saliendo por una ventana, hacia el sol!
Donde habitan "los migalas"
Donde habitan "los migalas" (De cuentos y arañas)
viernes, 2 de enero de 2015
viernes, 26 de diciembre de 2014
Plácido (parte 2ª)
Hace 2 años.
La corpulenta figura de Plácido subía con seguridad la escalera de mano, ante la atenta mirada de los niños. Al llegar al tejado, sacó con una mano la escoba que llevaba en la parte posterior del cinturón, a modo de cimitarra, mientras agarraba con la otra la escalera. Con un diestro movimiento de escoba, empujó el balón que se había quedado en el canalón hacia el patio, entre los gritos de júbilo de los niños. Cuando bajó de la escalera, los niños ya estaban jugando de nuevo con el balón. Estuvo un rato observándolos.
Las clases ya habían terminado, y Plácido recorría los vacíos pasillos que separaban las aulas hasta el cuarto de mantenimiento. En una de las aulas, un chico, tumbado prácticamente sobre la silla del pupitre, sostenía aburrido un libro delante de él.
- ¿Otra vez castigado? - le preguntó Plácido desde la puerta. Rubén, que así se llamaba el chico, se incorporó sorprendido.
- ¡Eres tú! - le respondió con desdén.
- ¿Qué has hecho esta vez?
- Me he peleado.
- ¿Les has avisado a tus padres?
- Para que...........
- Llegarás tarde a casa.
Rubén se volvió a recostar sobre la silla, sin responderle.
Plácido se cambió de ropa en el cuarto de mantenimiento, guardó el buzo en la taquilla, cogió el macuto, y salió del edificio. En el patio, sólo quedaban los chicos del equipo de baloncesto, corriendo alrededor del campo de basquet. En las gradas, con un pitillo en la boca, Rubén escuchaba músico por unos auriculares.
- ¿Todavía sigues aquí? - le dijo Plácido sentándose a su lado.
- No tengo nada mejor que hacer.
Se quedaron en silencio. En el patio, el entrenador azuzaba a sus jugadores:
- ¡Menos charla y más correr, parecéis niñas!
Estaba oscureciendo, la fría noche empezaba a asomarse.
Plácido, hurgó en su macuto y sacó algo.
- Toma - le dijo ofreciéndoselo.
Era un pajarito de aluminio. El chico lo miró sorprendido. Estaba hecho al detalle: Con su pico, sus ojillos negros, las alas amarillas, las patitas,.............
- ¿Lo has hecho tú?
- Si, y mira - lo volvió a coger, y dio vueltas a una pequeña cuerda que tenía la lado de la cola. Luego lo puso en el suelo, y el pajarito empezó a andar y a mover las alas mientras piaba.
- ¡Ala.....! - gritó Rubén. Se quedaron mirándolo hasta que paró.
- Es un canario - le dijo Plácido - te lo regalo.
- ¡Gracias tío!, ¿cómo lo has hecho?
- Nada,............, con latas y aparatos que encuentro en la basura. Aunque cada vez es más complicado con esto del reciclaje................
-¡Es genial!
- Tengo que irme.
Plácido se fue a su casa, mientras Rubén se quedaba ensimismado en la grada mirando como el pajarito movía sus alas y piaba intentando volar.
La corpulenta figura de Plácido subía con seguridad la escalera de mano, ante la atenta mirada de los niños. Al llegar al tejado, sacó con una mano la escoba que llevaba en la parte posterior del cinturón, a modo de cimitarra, mientras agarraba con la otra la escalera. Con un diestro movimiento de escoba, empujó el balón que se había quedado en el canalón hacia el patio, entre los gritos de júbilo de los niños. Cuando bajó de la escalera, los niños ya estaban jugando de nuevo con el balón. Estuvo un rato observándolos.
Las clases ya habían terminado, y Plácido recorría los vacíos pasillos que separaban las aulas hasta el cuarto de mantenimiento. En una de las aulas, un chico, tumbado prácticamente sobre la silla del pupitre, sostenía aburrido un libro delante de él.
- ¿Otra vez castigado? - le preguntó Plácido desde la puerta. Rubén, que así se llamaba el chico, se incorporó sorprendido.
- ¡Eres tú! - le respondió con desdén.
- ¿Qué has hecho esta vez?
- Me he peleado.
- ¿Les has avisado a tus padres?
- Para que...........
- Llegarás tarde a casa.
Rubén se volvió a recostar sobre la silla, sin responderle.
Plácido se cambió de ropa en el cuarto de mantenimiento, guardó el buzo en la taquilla, cogió el macuto, y salió del edificio. En el patio, sólo quedaban los chicos del equipo de baloncesto, corriendo alrededor del campo de basquet. En las gradas, con un pitillo en la boca, Rubén escuchaba músico por unos auriculares.
- ¿Todavía sigues aquí? - le dijo Plácido sentándose a su lado.
- No tengo nada mejor que hacer.
Se quedaron en silencio. En el patio, el entrenador azuzaba a sus jugadores:
- ¡Menos charla y más correr, parecéis niñas!
Estaba oscureciendo, la fría noche empezaba a asomarse.
Plácido, hurgó en su macuto y sacó algo.
- Toma - le dijo ofreciéndoselo.
Era un pajarito de aluminio. El chico lo miró sorprendido. Estaba hecho al detalle: Con su pico, sus ojillos negros, las alas amarillas, las patitas,.............
- ¿Lo has hecho tú?
- Si, y mira - lo volvió a coger, y dio vueltas a una pequeña cuerda que tenía la lado de la cola. Luego lo puso en el suelo, y el pajarito empezó a andar y a mover las alas mientras piaba.
- ¡Ala.....! - gritó Rubén. Se quedaron mirándolo hasta que paró.
- Es un canario - le dijo Plácido - te lo regalo.
- ¡Gracias tío!, ¿cómo lo has hecho?
- Nada,............, con latas y aparatos que encuentro en la basura. Aunque cada vez es más complicado con esto del reciclaje................
-¡Es genial!
- Tengo que irme.
Plácido se fue a su casa, mientras Rubén se quedaba ensimismado en la grada mirando como el pajarito movía sus alas y piaba intentando volar.
viernes, 19 de diciembre de 2014
Plácido (parte 1ª)
Plácido esperaba en la parada del bus a que llegara el B7. Sentada a su lado, la adolescente de mallas rojas y deportivas entretejía su propio mundo con los dedos, a través del móvil. Plácido miraba sus tersos muslos, montado uno sobre otro, y el pie balanceándose de la muchacha. No pudo evitar fijarse en sus diminutos pechos, ni en la protegida capilla de su entrepierna. El autobús llegó bufando, pariendo y tragando, como en cada parada. Se sentó en el asiento especial, destinado a los "no normales" (gordos), "no útiles"(viejos), e "intocables"(embarazadas). Le parecía que en cualquier momento, se abriría una trampilla bajo sus pies, para librar de su carga a la sociedad.
Llegó pronto a la oficina de empleo. A través de las puertas acristaladas, podía ver los rostros soñolientos y resignados de los funcionarios alrededor de la máquina de café, los mismos que veía en la cola en la que esperaba; la puerta no era más que una frontera imaginaria entre dos prisiones diferentes. Se le acercó un hombre alto y fuerte, que le agarró por los hombros con sus grandes manos.
- ¡Hombre plácido!, ¡Qué andas!
- Toca fichar.
- Tienes buen aspecto.
- Tú también.
- ¡Va!, harto de que te mangoneen con contratos basura de un día. Ya nadie se arriesga, ¡con la que está cayendo!, o eso dicen. Yo no me creo nada. Para mi que es todo un invento para tenernos a todos bien cogidos de los huevos. ¡Pero para huevos los míos!
Plácido asentía sonriente ante la avalancha de palabras que caían en sus oídos, una tras otra, como fichas de dominó.
- ¿Y tu que te cuentas? - dijo para tomar aire.
- Pues nada nuevo,..........
- ¡Joder!, ¡mírales, tomando su cafecito, con sus culos bien calientes en la poltrona!, - dijo señalando con la cabeza a los funcionarios -¡ y encima te tratan como a una mierda!
- No todos..............
- ¡Quien coño se creen que son!, ¡les daba por culo a todos!
Eran las 9; el vigilante abrió las puertas, y dio los buenos días cortésmente, evitando que el caos se desatara.
Cándido se sentó en la silla, enfrente de la mesa de la orientadora.
-¿Qué tal Plácido? - le preguntó mientras consultaba los datos en el ordenador: Nombre, edad, DNI,.....- ¿Empezaste a ir al curso de informática?
- Si.
- ¿Y que me cuentas?
- Bueno, no me entiendo bien con la tecnología, la verdad, pero bueno, ha sido interesante.
- Hoy en día es necesario saber manejarse con los ordenadores para cualquier empleo.
- Es que lo que no se puede tocar con las manos es difícil de entender.
- Quedamos en que tenías que ampliar tu formación si queríamos acceder a otro tipo de trabajos distintos a los que podías optar hasta ahora.
Plácido se quedó callado mirando al suelo.
- Yo sólo quiero trabajar en mantenimiento, con las cosas si que me llevo bien.
- Ya, ya, pero mientras no lo consigas, tendrás que seguir formándote. Mira, hay un curso de diseño por ordenador que podría ser interesante.
Cada palabra hacía más evidente la brecha entre dos continentes a la deriva.
Estaba nublado, pero de vez en cuando, el viento abría claros en el cielo por donde se colaba algún rayo de sol. Plácido se sentó en el banco de costumbre, el que daba al lago del parque. Era como asomarse a una ventana. Sacó media barra de pan duro, una botella de leche de la que quedaba un cuarto de litro, y un cuenco vacío. Echó la leche en el cuenco, y desmigó el pan en él. Después metió sus dedos (demasiado estrechos para unas manos tan grandes) en el cuenco y formó una masa con el pan desmigado y leche, que extendió sobre el verde cesped que tapizaba el suelo desde el banco hasta el lago. Los gorriones fueron los primeros en acudir, seguidos por los tarines y algún jilguero. Los petirrojos observaban curiosos, como siempre. Al rato llegaron las palomas, espantando a los demás pájaros, pero éstos, les quitaban las migas antes de que sus picos llegaran al suelo. Plácido disfrutaba viéndoles competir, y sobre todo con sus cantos, que tan bien conocía.
Llegó pronto a la oficina de empleo. A través de las puertas acristaladas, podía ver los rostros soñolientos y resignados de los funcionarios alrededor de la máquina de café, los mismos que veía en la cola en la que esperaba; la puerta no era más que una frontera imaginaria entre dos prisiones diferentes. Se le acercó un hombre alto y fuerte, que le agarró por los hombros con sus grandes manos.
- ¡Hombre plácido!, ¡Qué andas!
- Toca fichar.
- Tienes buen aspecto.
- Tú también.
- ¡Va!, harto de que te mangoneen con contratos basura de un día. Ya nadie se arriesga, ¡con la que está cayendo!, o eso dicen. Yo no me creo nada. Para mi que es todo un invento para tenernos a todos bien cogidos de los huevos. ¡Pero para huevos los míos!
Plácido asentía sonriente ante la avalancha de palabras que caían en sus oídos, una tras otra, como fichas de dominó.
- ¿Y tu que te cuentas? - dijo para tomar aire.
- Pues nada nuevo,..........
- ¡Joder!, ¡mírales, tomando su cafecito, con sus culos bien calientes en la poltrona!, - dijo señalando con la cabeza a los funcionarios -¡ y encima te tratan como a una mierda!
- No todos..............
- ¡Quien coño se creen que son!, ¡les daba por culo a todos!
Eran las 9; el vigilante abrió las puertas, y dio los buenos días cortésmente, evitando que el caos se desatara.
Cándido se sentó en la silla, enfrente de la mesa de la orientadora.
-¿Qué tal Plácido? - le preguntó mientras consultaba los datos en el ordenador: Nombre, edad, DNI,.....- ¿Empezaste a ir al curso de informática?
- Si.
- ¿Y que me cuentas?
- Bueno, no me entiendo bien con la tecnología, la verdad, pero bueno, ha sido interesante.
- Hoy en día es necesario saber manejarse con los ordenadores para cualquier empleo.
- Es que lo que no se puede tocar con las manos es difícil de entender.
- Quedamos en que tenías que ampliar tu formación si queríamos acceder a otro tipo de trabajos distintos a los que podías optar hasta ahora.
Plácido se quedó callado mirando al suelo.
- Yo sólo quiero trabajar en mantenimiento, con las cosas si que me llevo bien.
- Ya, ya, pero mientras no lo consigas, tendrás que seguir formándote. Mira, hay un curso de diseño por ordenador que podría ser interesante.
Cada palabra hacía más evidente la brecha entre dos continentes a la deriva.
Estaba nublado, pero de vez en cuando, el viento abría claros en el cielo por donde se colaba algún rayo de sol. Plácido se sentó en el banco de costumbre, el que daba al lago del parque. Era como asomarse a una ventana. Sacó media barra de pan duro, una botella de leche de la que quedaba un cuarto de litro, y un cuenco vacío. Echó la leche en el cuenco, y desmigó el pan en él. Después metió sus dedos (demasiado estrechos para unas manos tan grandes) en el cuenco y formó una masa con el pan desmigado y leche, que extendió sobre el verde cesped que tapizaba el suelo desde el banco hasta el lago. Los gorriones fueron los primeros en acudir, seguidos por los tarines y algún jilguero. Los petirrojos observaban curiosos, como siempre. Al rato llegaron las palomas, espantando a los demás pájaros, pero éstos, les quitaban las migas antes de que sus picos llegaran al suelo. Plácido disfrutaba viéndoles competir, y sobre todo con sus cantos, que tan bien conocía.
viernes, 28 de noviembre de 2014
El día en el que se fueron los árboles
Recuerdo perfectamente el momento; era el 29 de febrero, a las 13 horas. Yo estaba en el parque dando un paseo, cuando escuché un zumbido envolvente que aumentaba de intensidad; entonces, las hojas de los árboles salieron volando, como una desbandada de pájaros, pero no arrastradas por alguna poderos fuerza, no, sino aleteando en el cielo con gráciles movimientos. La penumbra cubrió la tierra por unos momentos, al quedar oculto el sol por las hojas.
Después sentí un temblor, y vi como los troncos de los árboles eran tragados por la tierra entre un terrible estruendo; ¿o eran ellos los que perforaban el suelo como gigantescos y poderosos gusanos?
¿A donde fueron las hojas?, ¿Y los troncos?; no lo se, pero al día siguiente desperté sediento de sol y de agua.
Después sentí un temblor, y vi como los troncos de los árboles eran tragados por la tierra entre un terrible estruendo; ¿o eran ellos los que perforaban el suelo como gigantescos y poderosos gusanos?
¿A donde fueron las hojas?, ¿Y los troncos?; no lo se, pero al día siguiente desperté sediento de sol y de agua.
viernes, 14 de noviembre de 2014
El paso del tiempo
Hacía calor, mucho calor, el sol derretía el asfalto, el aire caliente convertía el paseo en un cocedero. Por eso, decidió quedarse en el pequeño túnel que unía el paseo entre las dos playas. Se sentó en el suelo junto a su mochila, y apoyó la espalda en la pared. El sopor le hizo caer en ese espacio bastardo que separa la vigilia del sueño. Una voz le trajo de nuevo a la penumbra del túnel: ".....es un día cualquiera, hoy empieza todo.............". A pocos metros, un muchacho cantaba una canción, acompañado por su guitarra. Intentó atrapar las imágenes resquebrajadas que emergían del abismo de sus sueños, hechos trizas al chocar con sus pupilas; sólo el estruendo de cristales rotos quedó tras ellas. Maldijo entre dientes al muchacho, aunque la verdad, lo hacía bien, y las canciones eran agradables. abrió los ojos, y apoyó la cabeza en la pared.
Pasó el tiempo, porque el tiempo sólo pasa cuando se busca algo, aunque no se sepa qué. El chico, cogió las monedas que le habían echado en la funda abierta de su guitarra, y se las dio.
- Que te vaya bien - le dijo.
Le miró, y sonrió asentando con la cabeza. Vio como se alejaba, como si de una aparición se tratase, con el estuche de la guitarra a su espalda, como si fuese una mochila.
Se levantó y salió del túnel; hacía frío, mucho frío, la nieve cubría las calles, la ventisca helada azotaba los árboles. Cruzó los brazos sobre el pecho, y se acercó a una cabina de teléfono. Sacó del bolsillo las monedas que le había dado el muchacho, y metiéndolas en la ranura, marcó un número.
- Luisa,...................fui yo quien lo hizo, ....................lo siento.
Y el tiempo dejó de pasar.
Pasó el tiempo, porque el tiempo sólo pasa cuando se busca algo, aunque no se sepa qué. El chico, cogió las monedas que le habían echado en la funda abierta de su guitarra, y se las dio.
- Que te vaya bien - le dijo.
Le miró, y sonrió asentando con la cabeza. Vio como se alejaba, como si de una aparición se tratase, con el estuche de la guitarra a su espalda, como si fuese una mochila.
Se levantó y salió del túnel; hacía frío, mucho frío, la nieve cubría las calles, la ventisca helada azotaba los árboles. Cruzó los brazos sobre el pecho, y se acercó a una cabina de teléfono. Sacó del bolsillo las monedas que le había dado el muchacho, y metiéndolas en la ranura, marcó un número.
- Luisa,...................fui yo quien lo hizo, ....................lo siento.
Y el tiempo dejó de pasar.
viernes, 31 de octubre de 2014
Open-Space
"Open-space: La cultura alternativa en Euskalerria". Así rezaba el anuncio que se coló en mi facebook. Soy músico aficionado, y me interesa el tema, por lo que de di a "me gusta", y lo compartí para que la reseña quedara colgada en mi muro. Luego, guardé la página en una pestaña, y abrí el "google"; escribí en el buscador Open-space, y aparecieron 34.767456 resultados. Cliqueé en uno de ellos (1), y lo que leí me pareció interesante, pero ya me pensaría si ir o no, ya que soy un poco tímido, y me cohibe hablar con desconocidos, sobre todo en grupo.
Llegó el día en el que se celebraba el Open-space; ya ni me acordaba del tema, pero se coló de nuevo el anuncio en mi ordenador. Era sábado, y no tenía nada mejor que hacer, por lo que me acerqué al lugar. Me sorprendió el sitio elegido; era un emblemático teatro, cerrado ya hace tiempo. No sabía que seguía funcionando, aunque fuera para otro tipo de actividades que no fueran escénicas. La fachada del teatro conservaba la recia presencia de los edificios construidos sobre las cenizas del tiempo, hechos para perdurar, aunque éste, hacía notar su paso sobre él, mostrando las heridas que provoca cuando se le deja hacer sin intromisión alguna. Las puertas principales, daban a un deslustrado hall de mármol, del que ascendían unas inmensas escaleras, enmoquetadas con una raída y descolorida alfombra roja que daba al patio de butacas. El ambiente en el hall era extraño; allí una veintena de personas, paseaban sus miradas nerviosas por las desconchadas paredes, por los panfletos colocados sobare una mesa al lado de la puerta. No parecían conocerse entre sí, ya las escasas conversaciones, se limitaban a romper la tensión generada por la incertidumbre. Cogí uno de los panfletos, y me apoyé en la pared para leerlo, haciendo como que me interesaba lo que leía.
Pasaron 3 interminables minutos, hasta que un chico delgado y pálido, vestido conpletamente de negro, no pudo soportar más la tensión, subió por la escalera, y entró en el patio de butacas. Los demás le seguimos tímidamente, al no escuchar ningún grito de terror, ni verle salir despavorido. Las butacas, los palcos, el anfiteatro, y el escenario, mostraban los mismos signos de abandono que el resto del edificio, acrecentado por la escasa iluminación y el olor a humedad. avanzamos por el pasillo hasta el escenario. Allí el decorado era más bien escaso: Unas sillas puestas en círculo, varias pizarras, cartulinas y rotuladores, y una mesa con vasos de plástico, botellas de agua, servilletas de papel, y bocadillos envueltos en papel de aluminio.
Un hombre de unos 50 años, delgado y fibroso, con la cabeza completamete rasurada, gafas, y una sonrisa permanente esculpida en la cara, esperaba encima del escenario.
- ¡Bienvenido!, ir sentándoo por favor - nos decía uno a uno, mientras nos daba la mano.
Una vez acomodados, me puse a juguetear con el móvil, para evitar encontrarme con las nerviosas miradas de los demás. El hombre calvo, que parecía el organizador, se sentó en la única silla vacía que quedaba, y sin perder su pétrea sonrisa, se puso a hablar:
- Hola, bienvenidos de nuevo al Open-space. Me llamo Eusebio. Mi intervención en el evento, se va a reducir en dar las pautas necesarias para el desarrollo del mismo. El contenido sólo dependerá de vosotros. Un Open-space, es una metodología para sacar conclusiones sobare un tema con un grupo numeroso de personas. Se ha demostrado que en la convenciones, es en los espacios informales que se crean alrededor del oficial, donde se generan las ideas más creativas e interesantes. Por ello, en el Open-space, como la palabra indica, se crea un único espacio de circulación de ideas, en el que los participantes pueden intervenir voluntariamente. Si os parece bien, podemos empezar.
Yo ya me había hecho una idea de lo que era un Open-space, por lo que había leído en internet, y me limité a ver que sucedía.
El organizador puso unas cartulinas y unos rotuladores en el suelo, en medio del círculo, y propuso que el que quisiera, podía escribir en ellas el tema que le gustaría tratar. La mayoría parecía reflexionar profundamente, pero nadie se atrevía a dar el paso; "-seguro que se han pasado toda la semana dándole vueltas al asunto". Otros, como yo, esperaban indiferentes, con aires de suficiencia.
El chico delgado y pálido vestido de negro, rompió de nuevo la tensión; se levantó, y poniendo la rodilla en el suelo, empezó a escribir en una cartulina. Como si del flautista de Hamelín se tratara, otros participantes se levantaron para escribir sus propuestas.
El ambiente se fue distendiendo, hasta el punto de que el organizador, hasta entonces el único foco de atención, fue difuminándose hasta desaparecer por completo. Se formaron varios grupos con los temas propuestos, donde se debatía apasionadamente. Al principio, me limité a escuchar, y puntualizar alguna cuestión, pero me fui animando, y acabé participando intensamente en las discusiones contagiado por el clima de animosidad que se respiraba. Así pasaron las horas, analizando los temas, desmontándolos, dándoles la vuelta, y sacando creativas y espectaculares conclusiones.
A las 10 de la noche, se dio por finalizado el Open-space, tras una última ronda de conclusiones; ¡estábamos todos completamente agotados! Ya en el hall del teatro, continuaron las conversaciones, ya en un tono distendido y jovial, y acabamos, algunos, en un Pub próximo, tomando una cañas y echando unas risas. Me lo estaba pasando bien, pero se me puso un fuerte dolor de cabeza, por lo que me excusé, y me dirigí a mi casa; cuando palpando los bolsillos de mi pantalón, me cercioné de que mi móvil no estaba allí. Con desgana, me dirigí de nuevo al teatro; se me habría caído allí. Las puertas estaban abiertas, y entré. Aunque las luces se encontraban apagadas, había como una extraña fosforescencia por todo el local, que permitía moverse por dentro del teatro; ésta había recuperado su regio abandono. Subí las escaleras hasta el patio de butacas, y avancé por el pasillo central, hacia el escenario. A medida que me aproximaba, un débil murmullo se iba acrecentando, así como la sensación de una presencia en él. Allí, la oscuridad era total. Me puse de rodillas, y palpé el suelo en busca de mi móvil. Tuve la inmensa fortuna de dar con él al poco tiempo. Me senté en el suelo satisfecho, y lo encendí. Entonces, percibí de nuevo el murmullo: ¡Provenía del techo! La sensación de presencia, se hizo casi física. Recordé que mi móvil, tenía una aplicación que lo iluminaba como una lámpara, y con aquella fantasmagórica luz, miré hacia arriba: La tela que cubría la parte posterior del escenario estaba medio caída, ¡y dejaba entrever una especie de enorme masa rosácea y palpitante, que parecía pegada al techo! Me llenó una sensación de repugnancia tal, que estuve a punto de vomitar. El terror me invadió, al sentir como aquella cosa, ¡estaba estrujando mi cerebro, para extraer las últimas gotas de energía de mis neuronas! Me levanté aturdido, e intenté huir, pero tropecé con una silla, y se me escapó el móvil de la mano. Cuando lo recuperé, vi en una esquina del escenario a Eusebio, bueno, lo que quedaba de él, ya que sólo era su envoltorio, como el que deja una serpiente después de mudar de piel. Me levanté horrorizado, y retrocedí, sin poder quitar la vista de aquello, hasta que llegué al final del escenario, y caí de espaldas golpeándome la cabeza con el suelo, perdiendo el sentido.
Cuando desperté, me encontré en la cama de un hospital. Al entrar la enfermera, le pregunté lo sucedido, no me acordaba de nada:
- Le encontraron en la calle sin sentido, ¿como se encuentra?
- Bien, bien, me duele mucho la cabeza, pero a parte de eso........
- Es normal, se ha dado un buen golpe. Ahora tiene que descansar - me dijo la enfermera, maternalmente, antes de irse.
- ¡Ah!, esto es suyo - dijo.
Sacó mi móvil del bolsillo de la bata y me lo dio.
Cuando se fue, estuve pensando en todo lo que me había sucedido. Era todo muy confuso, pero creo que lo que he contado se ajusta a la realidad.
Ya cansado de darle vueltas, encendí el móvil, y entré en mi página de facebook. Mirando las últimas entradas, vi una que captó completamente mi atención:
"Open-space 2 :La cultura alternativa en Euskalerria".
Llegó el día en el que se celebraba el Open-space; ya ni me acordaba del tema, pero se coló de nuevo el anuncio en mi ordenador. Era sábado, y no tenía nada mejor que hacer, por lo que me acerqué al lugar. Me sorprendió el sitio elegido; era un emblemático teatro, cerrado ya hace tiempo. No sabía que seguía funcionando, aunque fuera para otro tipo de actividades que no fueran escénicas. La fachada del teatro conservaba la recia presencia de los edificios construidos sobre las cenizas del tiempo, hechos para perdurar, aunque éste, hacía notar su paso sobre él, mostrando las heridas que provoca cuando se le deja hacer sin intromisión alguna. Las puertas principales, daban a un deslustrado hall de mármol, del que ascendían unas inmensas escaleras, enmoquetadas con una raída y descolorida alfombra roja que daba al patio de butacas. El ambiente en el hall era extraño; allí una veintena de personas, paseaban sus miradas nerviosas por las desconchadas paredes, por los panfletos colocados sobare una mesa al lado de la puerta. No parecían conocerse entre sí, ya las escasas conversaciones, se limitaban a romper la tensión generada por la incertidumbre. Cogí uno de los panfletos, y me apoyé en la pared para leerlo, haciendo como que me interesaba lo que leía.
Pasaron 3 interminables minutos, hasta que un chico delgado y pálido, vestido conpletamente de negro, no pudo soportar más la tensión, subió por la escalera, y entró en el patio de butacas. Los demás le seguimos tímidamente, al no escuchar ningún grito de terror, ni verle salir despavorido. Las butacas, los palcos, el anfiteatro, y el escenario, mostraban los mismos signos de abandono que el resto del edificio, acrecentado por la escasa iluminación y el olor a humedad. avanzamos por el pasillo hasta el escenario. Allí el decorado era más bien escaso: Unas sillas puestas en círculo, varias pizarras, cartulinas y rotuladores, y una mesa con vasos de plástico, botellas de agua, servilletas de papel, y bocadillos envueltos en papel de aluminio.
Un hombre de unos 50 años, delgado y fibroso, con la cabeza completamete rasurada, gafas, y una sonrisa permanente esculpida en la cara, esperaba encima del escenario.
- ¡Bienvenido!, ir sentándoo por favor - nos decía uno a uno, mientras nos daba la mano.
Una vez acomodados, me puse a juguetear con el móvil, para evitar encontrarme con las nerviosas miradas de los demás. El hombre calvo, que parecía el organizador, se sentó en la única silla vacía que quedaba, y sin perder su pétrea sonrisa, se puso a hablar:
- Hola, bienvenidos de nuevo al Open-space. Me llamo Eusebio. Mi intervención en el evento, se va a reducir en dar las pautas necesarias para el desarrollo del mismo. El contenido sólo dependerá de vosotros. Un Open-space, es una metodología para sacar conclusiones sobare un tema con un grupo numeroso de personas. Se ha demostrado que en la convenciones, es en los espacios informales que se crean alrededor del oficial, donde se generan las ideas más creativas e interesantes. Por ello, en el Open-space, como la palabra indica, se crea un único espacio de circulación de ideas, en el que los participantes pueden intervenir voluntariamente. Si os parece bien, podemos empezar.
Yo ya me había hecho una idea de lo que era un Open-space, por lo que había leído en internet, y me limité a ver que sucedía.
El organizador puso unas cartulinas y unos rotuladores en el suelo, en medio del círculo, y propuso que el que quisiera, podía escribir en ellas el tema que le gustaría tratar. La mayoría parecía reflexionar profundamente, pero nadie se atrevía a dar el paso; "-seguro que se han pasado toda la semana dándole vueltas al asunto". Otros, como yo, esperaban indiferentes, con aires de suficiencia.
El chico delgado y pálido vestido de negro, rompió de nuevo la tensión; se levantó, y poniendo la rodilla en el suelo, empezó a escribir en una cartulina. Como si del flautista de Hamelín se tratara, otros participantes se levantaron para escribir sus propuestas.
El ambiente se fue distendiendo, hasta el punto de que el organizador, hasta entonces el único foco de atención, fue difuminándose hasta desaparecer por completo. Se formaron varios grupos con los temas propuestos, donde se debatía apasionadamente. Al principio, me limité a escuchar, y puntualizar alguna cuestión, pero me fui animando, y acabé participando intensamente en las discusiones contagiado por el clima de animosidad que se respiraba. Así pasaron las horas, analizando los temas, desmontándolos, dándoles la vuelta, y sacando creativas y espectaculares conclusiones.
A las 10 de la noche, se dio por finalizado el Open-space, tras una última ronda de conclusiones; ¡estábamos todos completamente agotados! Ya en el hall del teatro, continuaron las conversaciones, ya en un tono distendido y jovial, y acabamos, algunos, en un Pub próximo, tomando una cañas y echando unas risas. Me lo estaba pasando bien, pero se me puso un fuerte dolor de cabeza, por lo que me excusé, y me dirigí a mi casa; cuando palpando los bolsillos de mi pantalón, me cercioné de que mi móvil no estaba allí. Con desgana, me dirigí de nuevo al teatro; se me habría caído allí. Las puertas estaban abiertas, y entré. Aunque las luces se encontraban apagadas, había como una extraña fosforescencia por todo el local, que permitía moverse por dentro del teatro; ésta había recuperado su regio abandono. Subí las escaleras hasta el patio de butacas, y avancé por el pasillo central, hacia el escenario. A medida que me aproximaba, un débil murmullo se iba acrecentando, así como la sensación de una presencia en él. Allí, la oscuridad era total. Me puse de rodillas, y palpé el suelo en busca de mi móvil. Tuve la inmensa fortuna de dar con él al poco tiempo. Me senté en el suelo satisfecho, y lo encendí. Entonces, percibí de nuevo el murmullo: ¡Provenía del techo! La sensación de presencia, se hizo casi física. Recordé que mi móvil, tenía una aplicación que lo iluminaba como una lámpara, y con aquella fantasmagórica luz, miré hacia arriba: La tela que cubría la parte posterior del escenario estaba medio caída, ¡y dejaba entrever una especie de enorme masa rosácea y palpitante, que parecía pegada al techo! Me llenó una sensación de repugnancia tal, que estuve a punto de vomitar. El terror me invadió, al sentir como aquella cosa, ¡estaba estrujando mi cerebro, para extraer las últimas gotas de energía de mis neuronas! Me levanté aturdido, e intenté huir, pero tropecé con una silla, y se me escapó el móvil de la mano. Cuando lo recuperé, vi en una esquina del escenario a Eusebio, bueno, lo que quedaba de él, ya que sólo era su envoltorio, como el que deja una serpiente después de mudar de piel. Me levanté horrorizado, y retrocedí, sin poder quitar la vista de aquello, hasta que llegué al final del escenario, y caí de espaldas golpeándome la cabeza con el suelo, perdiendo el sentido.
Cuando desperté, me encontré en la cama de un hospital. Al entrar la enfermera, le pregunté lo sucedido, no me acordaba de nada:
- Le encontraron en la calle sin sentido, ¿como se encuentra?
- Bien, bien, me duele mucho la cabeza, pero a parte de eso........
- Es normal, se ha dado un buen golpe. Ahora tiene que descansar - me dijo la enfermera, maternalmente, antes de irse.
- ¡Ah!, esto es suyo - dijo.
Sacó mi móvil del bolsillo de la bata y me lo dio.
Cuando se fue, estuve pensando en todo lo que me había sucedido. Era todo muy confuso, pero creo que lo que he contado se ajusta a la realidad.
Ya cansado de darle vueltas, encendí el móvil, y entré en mi página de facebook. Mirando las últimas entradas, vi una que captó completamente mi atención:
"Open-space 2 :La cultura alternativa en Euskalerria".
viernes, 17 de octubre de 2014
El único sentido
El psicólogo
(De su cuaderno de notas)
"El sujeto presenta un cuadro sintomático propio de la patología de malos tratos: Retraimiento, fobia social, baja autoestima, culpabilidad. No parece que éstos se estén produciendo en el ámbito familiar, por lo que se recomienda un seguimiento minucioso de sus actividades fuera de él.
Se procederá a iniciar una aproximación de índole emocional, con el fin de crear vínculos afectivos con el paciente."
El niño
"Tengo miedo, mucho miedo. Ocurre continuamente; les veo parados en los semáforos, en la cola del supermercado, en los parques, en la habitación de mi abuela,..................¡Y me piden ayuda!,......... ¡si sólo soy un niño!"
El secreto
El niño - Quiero contarle mi secreto.
El psicólogo - Vale.
- En ocasiones..............................veo personas.
-¿En tus sueños?, ¿estando despierto?
- Andando, en las calles, en sus casas. No se ven unos a otros, sólo ven lo que quieren ver, no saben que son personas.
- ¿Les ves amenudo?
- ¡Todos los días!, ¡en todas partes! No le contará a nadie mi secreto ¿verdad?
- No, lo prometo.
- ¿Se va a quedar hasta que me duerma?
- Claro.
El diagnóstico
"La patología que presenta es más grave de lo que pensé. Inicialmente sufre alucinaciones visuales, paranoia, alguna clase de esquizofrenia infantil."
(De su cuaderno de notas)
"El sujeto presenta un cuadro sintomático propio de la patología de malos tratos: Retraimiento, fobia social, baja autoestima, culpabilidad. No parece que éstos se estén produciendo en el ámbito familiar, por lo que se recomienda un seguimiento minucioso de sus actividades fuera de él.
Se procederá a iniciar una aproximación de índole emocional, con el fin de crear vínculos afectivos con el paciente."
El niño
"Tengo miedo, mucho miedo. Ocurre continuamente; les veo parados en los semáforos, en la cola del supermercado, en los parques, en la habitación de mi abuela,..................¡Y me piden ayuda!,......... ¡si sólo soy un niño!"
El secreto
El niño - Quiero contarle mi secreto.
El psicólogo - Vale.
- En ocasiones..............................veo personas.
-¿En tus sueños?, ¿estando despierto?
- Andando, en las calles, en sus casas. No se ven unos a otros, sólo ven lo que quieren ver, no saben que son personas.
- ¿Les ves amenudo?
- ¡Todos los días!, ¡en todas partes! No le contará a nadie mi secreto ¿verdad?
- No, lo prometo.
- ¿Se va a quedar hasta que me duerma?
- Claro.
El diagnóstico
"La patología que presenta es más grave de lo que pensé. Inicialmente sufre alucinaciones visuales, paranoia, alguna clase de esquizofrenia infantil."
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