Dicen que tengo un problema, pero yo me siento bien, no me duele nada. La cosa es que me pierdo. Me pierdo en el monte, lo que pudiera ser normal, o en las carreteras, con el coche, que también; pero me pasa lo mismo en el museo, en la ciudad donde llevo 20 años viviendo, en el centro comercial,...............
Debe de ser un problema de orientación. Yo no le doy importancia, pero Ernesto me dice que es un problema muy serio, ya que nunca podré llegar a ningún sitio al que me proponga ir. Bueno, no será para tanto, además, tampoco es que tenga muchas aspiraciones.
Me sucede desde niño. Recuerdo que el profesor me tenía que acompañar al servicio cada vez que tenía que orinar, para que no me perdiese. Lo pasaba mal, porque los demás niños se reían de mi.
La adolescencia no fue tan mala, porque aunque no tenía amigos, a nadie de mi alrededor le sorprendía mi falta de orientación.
La cuestión es que es un tema espacial, porque consigo todo lo que me propongo, menos llegar a un sitio físico concreto, ¡no hay forma oye!
Ahora estoy embarcado en un proyecto que me tiene completamente absorbido; se trata del Mapa Universal, un mapa para poder llegar a cualquier parte del mundo, por inhóspito o insignificante que éste sea.
Pero es un tema complejo, ya que el mundo se transforma constantemente, y donde había un parque, ahora hay un centro comercial.
Google ha intentado hacer algo parecido, mandando coches con cámaras por todo el mundo, pero éstos coches no pueden llegar a todas partes, y además la información no está debidamente actualizada.
Tendré que hablar con la NASA, la única solución para mi proyecto está en una vigilancia constante de todos y cada uno de los rincones del mundo, y me consta que aunque esté prohibido por los estados, por violar el derecho de intimidad, los satélites de la NASA lo hacen.
De momento, seguiré recorriendo el mundo, con los ojos bien abiertos, para poder guardar en mi memoria todo aquello que pudiera hacerme falta en el futuro, ¡quien sabe lo que puede suceder!
Donde habitan "los migalas"
Donde habitan "los migalas" (De cuentos y arañas)
domingo, 24 de mayo de 2015
sábado, 16 de mayo de 2015
Realidades
Sólo soy un vigilante de seguridad con pretensiones literarias. Trabajo en un "Lanbide"(Centro de Empleo Vasco); me siento en mi puesto, e intento escribir historias, mientras la gente pasa delante de mí, protagonizando la suya propia.
Era bajo y fornido. Su amplio estómago y su ropa, revelaban cierta dejadez, desmentida por la intensidad de su mirada.
- Hola - me dijo dándome la mano - venía a pedir el paro. Me acaban de despedir.
- Tienes que pedir una cita. Aquí tienes los teléfonos para llamar.
- ¿No me pueden atender ahora? Ya que estoy aquí.
- No, funcionan con citas.
Miró a la zona de prestaciones, y fue hacia allí. Después de hablar con uno de los funcionarios, se volvió a acercarse con un papel en la mano.
- Ya tengo la cita. Desde luego, están tocándose los huevos y no son capaces de atenderte.
- Son funcionarios, ya sabes.
- Si me dejaran a mi, les pondría las pilas. A base de hostias.
No sonreía, realmente lo habría hecho.
- ¿De que empresa eres?
- "Delma".
- Yo he estado en "Ceulen", y me han echado, ¡estando de baja! Era el jefe de equipo, y prescindieron el servicio por una cagada del vigilante. Como ya te he dicho, yo estaba de baja, y me echaron como responsable del equipo.
- Menuda putada.
- Les voy a meter un puerro que se van a enterar. Tengo al mejor abogado de la ciudad. No ha perdido ni un caso. Bueno, que tengas buen servicio.
Se despidió dándome la mano de nuevo.
Intenté volver a mi mundo interior, enquistado en otro ajeno y hostil.
Al día siguiente, volvió a la oficina, y vino directamente hacia mi.
- Que tal. Otra vez aquí, haber si arreglo los papeles y me tomo un par de meses de vacaciones.
- Siempre vienen bien.
- Ya me han ofrecido trabajo en "Prosur", pero no pienso cogerlo. La última vez que estuve allí, le cogí del pescuezo al inspector. Por poco me lo cargo.
Lo dijo como si hablara del tiempo.
- Igual dejo la seguridad - continuó - estoy cansado de todo esto. Siempre me mandan a sitios conflictivos: Estaciones, centros de menores, discotecas,... Tengo el cuerpo lleno de cicatrices. Una vez me dieron un navajazo en el estómago. Al tipo le rompí los brazos, las piernas, y varias costillas, además de la nariz y la mandíbula. Mientras le golpeaba, ni me enteré que tenía la navaja clavada. Tuvieron que separarme, que si no...... Estuve dos días en coma. Al tipo le cayeron 4 años por intento de asesinato. Bueno creo que me llaman.
Fue a paso seguro hacia la mesa donde había salido su número. Notaba el estómago revuelto.
"¿Qué hago aquí?" - me pregunté. - "como algún día pase algo serio......"
Yo nunca me he enfrentado con nadie, y menos físicamente. Si trabajo de vigilante, es porque no encuentro otra cosa, y no me pedían mucho. Además me permite escribir, aunque no sea en las mejores condiciones.
Vi como discutía con el funcionario. No me atreví a acercarme. Les observaba muy nervioso. De pronto se levantó y se acercó.
- Me dice que como tengo contrato de media jornada, voy a cobrar 400 euros, menuda mierda.
hablaba con rabia contenida, sin levantar la voz.
- Arriesgando la vida para cobrar 400 putos euros - decía mientras marcaba un número en su móvil -voy ha hablar con mi abogado, verás la que les va a caer.
Al cabo de un rato con el móvil en la oreja, colgó.
- No me coge.
Entonces se puso a escribir un mensaje.
- Me estoy calentando, vamos fuera a fumar un pitillo - me dijo.
Le obedecí, aunque no fumaba, y me desagradaba terriblemente el olor a tabaco.
- Verás cuando hable con mi abogado, se van a cagar.
Dio un par de caladas profundas.
- Es mejor que te tranquilices, a malas no se consigue nada - le dije, aunque parecía no oírme.
- Estuve trabajando de escolta en América. Mi protegido era de la CIA, se encargaba de vender armamento que en teoría tenían que destruir a gobiernos y terroristas de zonas en conflicto. Imagínate, estaba amenazado por todas las mafias. Me contrató después de estar de francotirador en Irak. En el tiempo que trabajé con él, sufrió 8 atentados. En uno de ellos, le salvé la vida. Aparecieron 2 furgonetas, una a cada lado del coche en el que circulábamos. Se bajaron varios terroristas, y ametrallaron el coche. Tuve que sacarle, y echarme encima de él. Nos disparaban desde los balcones. Yo maté a cuatro, pero me dieron el la rodilla. Mi protegido tuvo que llamar a un helicóptero, porque la bala era explosiva, y me llevaron a un centro especial del pentágono.
- ¡Menuda historia!
- Allí si que cobraba bien. Te traeré una nómina para que veas: 400 dólares al mes.
- Te los merecías.
- Bueno, que tengas buen servicio.
- Gracias.
Me senté en mi puesto, y cogí mi cuaderno y mi lápiz.
" ¡Pero en qué mundo vivo!, ahí está la realidad, cruel y despiadada, y yo aquí, en mi mundo,......"
No podía escribir nada.
Una anciana se me acercó.
- Oiga, ¿me puede ayudar? tengo que pedir una cita, y no me aclaro con estas máquinas.
- Si claro.
Nos acercamos al ordenador, y mecánicamente saqué la cita.
- ¡Muchísimas gracias! - me dijo emocionada - no podría haber sacado la cita sin su ayuda.
- No es nada - le dije distraído.
la anciana, hurgó en su bolso, y sacó un llavero con un dinosaurio de plástico.
- Tome, y muchas gracias.
A los días,volvió, y como de costumbre, se dirigió directamente a mí, y me dio la mano.
- Tengo que cambiar el número de cuenta.
- ¿Tienes cita?
- No, pero mírales, si están sin hacer nada.
Se acercó hacia allí. Me puse nervioso, pensaba que la iba a liar. Tras hablar con uno de los funcionarios, volvió sonriente.
- Me he pasado para nada, mañana tengo que volver, y para una chorrada como ésta.
- Ya sabes como funcionan.
- Me han vuelto ha llamar de "Prosur". No pienso trabajar para ellos. Se cargaron a mi hermano. Trabajaba para ellos, en un blindado. Sus compañeros intentaron robarlo, y lo mataron por no cooperar. Se me pone la carne de gallina cuando pienso en ello. Fue aquí mismo, en la rotonda; un coche le pegó por detrás y cayó desde el puente. La guardia civil me dijo que no haría nada, que estaban investigando, y a los meses les cogieron, aunque había peces gordos a los que no habían podido llegar. Les pedí que me dejaran con ellos en una habitación, sólo ellos y yo.....pero no me dejaron.
- Creo que fue mejor.
- No me habría importado pasar el resto de mi vida en la cárcel. Pero algún día saldrán, y entonces..........
Bueno, te dejo que tienes trabajo - me dijo al ver a una pareja con un niño de 6 años que se acercaba para preguntarme algo - buen servicio.
- Perdone, venimos a por la ayuda social.
- Si, mesa 4.
Volví a mis historias.
Al rato oí gritos, el chico de la pareja que me habían preguntado por las ayudas, estaba muy alterado.
- ¡A todos estos extranjeros que viven del cuento les dais ayudas, y a los de aquí que nos den!
- Mientras el piso sea vuestro....
-¡Estamos pagando la hipoteca!
- Pues tendrá que venderlo.
-¡Venderlo!
- Así son las cosas.
- ¡Claro, lo dices tú que tienes tu sueldo todos los meses!, ¡con mi dinero!
Me levanté y me acerqué, tenía que intervenir.
- ¡Eh, tranquilo!, ¡sobre todo educación, o tendré que echarte!
- ¡Tú ni te acerques!
Utilicé un truco que me suele funcionar en estas ocasiones: Centré mi atención en la respiración, y en la parte inferior de mi vientre, visualizando una esfera de luz. Me tranquilicé.
- Venga, tranquilo, sal un momento, relájate, y vuelve a entrar.
- ¡Una mierda!, ¡Venga vámonos!, ¡atajo de parásitos!
Cogió a su pareja del brazo, y la arrastró fuera. El niño les siguió sin comprender nada.
Por el calor que sentía en mis mejillas, debía de estar mar rojo que un tomate. Salí un rato fuera, me temblaba todo el cuerpo.
Al rato salió Marian, de prestaciones, para fumar.
- La gente está cada vez más alterada - me dijo.
- Y con razón. Oye, quería advertirte sobre el chico que ha venido antes sin cita, es una persona muy violenta, tienes que tratarle con mucho tacto.
- ¿El vigilante?
- Si, ha sido francotirador, y escolta de un traficante de armas.
- ¡Qué dices!, según su vida laboral se ha pasado los últimos 23 años como vigilante nocturno en una fundición.
Volví a mi puesto, me senté y cogí mi cuaderno para escribir. Enfrente, un niño de 3 años cogía una pelota, la tiraba, miraba a su madre, y corría alborotado para cogerla.
Era bajo y fornido. Su amplio estómago y su ropa, revelaban cierta dejadez, desmentida por la intensidad de su mirada.
- Hola - me dijo dándome la mano - venía a pedir el paro. Me acaban de despedir.
- Tienes que pedir una cita. Aquí tienes los teléfonos para llamar.
- ¿No me pueden atender ahora? Ya que estoy aquí.
- No, funcionan con citas.
Miró a la zona de prestaciones, y fue hacia allí. Después de hablar con uno de los funcionarios, se volvió a acercarse con un papel en la mano.
- Ya tengo la cita. Desde luego, están tocándose los huevos y no son capaces de atenderte.
- Son funcionarios, ya sabes.
- Si me dejaran a mi, les pondría las pilas. A base de hostias.
No sonreía, realmente lo habría hecho.
- ¿De que empresa eres?
- "Delma".
- Yo he estado en "Ceulen", y me han echado, ¡estando de baja! Era el jefe de equipo, y prescindieron el servicio por una cagada del vigilante. Como ya te he dicho, yo estaba de baja, y me echaron como responsable del equipo.
- Menuda putada.
- Les voy a meter un puerro que se van a enterar. Tengo al mejor abogado de la ciudad. No ha perdido ni un caso. Bueno, que tengas buen servicio.
Se despidió dándome la mano de nuevo.
Intenté volver a mi mundo interior, enquistado en otro ajeno y hostil.
Al día siguiente, volvió a la oficina, y vino directamente hacia mi.
- Que tal. Otra vez aquí, haber si arreglo los papeles y me tomo un par de meses de vacaciones.
- Siempre vienen bien.
- Ya me han ofrecido trabajo en "Prosur", pero no pienso cogerlo. La última vez que estuve allí, le cogí del pescuezo al inspector. Por poco me lo cargo.
Lo dijo como si hablara del tiempo.
- Igual dejo la seguridad - continuó - estoy cansado de todo esto. Siempre me mandan a sitios conflictivos: Estaciones, centros de menores, discotecas,... Tengo el cuerpo lleno de cicatrices. Una vez me dieron un navajazo en el estómago. Al tipo le rompí los brazos, las piernas, y varias costillas, además de la nariz y la mandíbula. Mientras le golpeaba, ni me enteré que tenía la navaja clavada. Tuvieron que separarme, que si no...... Estuve dos días en coma. Al tipo le cayeron 4 años por intento de asesinato. Bueno creo que me llaman.
Fue a paso seguro hacia la mesa donde había salido su número. Notaba el estómago revuelto.
"¿Qué hago aquí?" - me pregunté. - "como algún día pase algo serio......"
Yo nunca me he enfrentado con nadie, y menos físicamente. Si trabajo de vigilante, es porque no encuentro otra cosa, y no me pedían mucho. Además me permite escribir, aunque no sea en las mejores condiciones.
Vi como discutía con el funcionario. No me atreví a acercarme. Les observaba muy nervioso. De pronto se levantó y se acercó.
- Me dice que como tengo contrato de media jornada, voy a cobrar 400 euros, menuda mierda.
hablaba con rabia contenida, sin levantar la voz.
- Arriesgando la vida para cobrar 400 putos euros - decía mientras marcaba un número en su móvil -voy ha hablar con mi abogado, verás la que les va a caer.
Al cabo de un rato con el móvil en la oreja, colgó.
- No me coge.
Entonces se puso a escribir un mensaje.
- Me estoy calentando, vamos fuera a fumar un pitillo - me dijo.
Le obedecí, aunque no fumaba, y me desagradaba terriblemente el olor a tabaco.
- Verás cuando hable con mi abogado, se van a cagar.
Dio un par de caladas profundas.
- Es mejor que te tranquilices, a malas no se consigue nada - le dije, aunque parecía no oírme.
- Estuve trabajando de escolta en América. Mi protegido era de la CIA, se encargaba de vender armamento que en teoría tenían que destruir a gobiernos y terroristas de zonas en conflicto. Imagínate, estaba amenazado por todas las mafias. Me contrató después de estar de francotirador en Irak. En el tiempo que trabajé con él, sufrió 8 atentados. En uno de ellos, le salvé la vida. Aparecieron 2 furgonetas, una a cada lado del coche en el que circulábamos. Se bajaron varios terroristas, y ametrallaron el coche. Tuve que sacarle, y echarme encima de él. Nos disparaban desde los balcones. Yo maté a cuatro, pero me dieron el la rodilla. Mi protegido tuvo que llamar a un helicóptero, porque la bala era explosiva, y me llevaron a un centro especial del pentágono.
- ¡Menuda historia!
- Allí si que cobraba bien. Te traeré una nómina para que veas: 400 dólares al mes.
- Te los merecías.
- Bueno, que tengas buen servicio.
- Gracias.
Me senté en mi puesto, y cogí mi cuaderno y mi lápiz.
" ¡Pero en qué mundo vivo!, ahí está la realidad, cruel y despiadada, y yo aquí, en mi mundo,......"
No podía escribir nada.
Una anciana se me acercó.
- Oiga, ¿me puede ayudar? tengo que pedir una cita, y no me aclaro con estas máquinas.
- Si claro.
Nos acercamos al ordenador, y mecánicamente saqué la cita.
- ¡Muchísimas gracias! - me dijo emocionada - no podría haber sacado la cita sin su ayuda.
- No es nada - le dije distraído.
la anciana, hurgó en su bolso, y sacó un llavero con un dinosaurio de plástico.
- Tome, y muchas gracias.
A los días,volvió, y como de costumbre, se dirigió directamente a mí, y me dio la mano.
- Tengo que cambiar el número de cuenta.
- ¿Tienes cita?
- No, pero mírales, si están sin hacer nada.
Se acercó hacia allí. Me puse nervioso, pensaba que la iba a liar. Tras hablar con uno de los funcionarios, volvió sonriente.
- Me he pasado para nada, mañana tengo que volver, y para una chorrada como ésta.
- Ya sabes como funcionan.
- Me han vuelto ha llamar de "Prosur". No pienso trabajar para ellos. Se cargaron a mi hermano. Trabajaba para ellos, en un blindado. Sus compañeros intentaron robarlo, y lo mataron por no cooperar. Se me pone la carne de gallina cuando pienso en ello. Fue aquí mismo, en la rotonda; un coche le pegó por detrás y cayó desde el puente. La guardia civil me dijo que no haría nada, que estaban investigando, y a los meses les cogieron, aunque había peces gordos a los que no habían podido llegar. Les pedí que me dejaran con ellos en una habitación, sólo ellos y yo.....pero no me dejaron.
- Creo que fue mejor.
- No me habría importado pasar el resto de mi vida en la cárcel. Pero algún día saldrán, y entonces..........
Bueno, te dejo que tienes trabajo - me dijo al ver a una pareja con un niño de 6 años que se acercaba para preguntarme algo - buen servicio.
- Perdone, venimos a por la ayuda social.
- Si, mesa 4.
Volví a mis historias.
Al rato oí gritos, el chico de la pareja que me habían preguntado por las ayudas, estaba muy alterado.
- ¡A todos estos extranjeros que viven del cuento les dais ayudas, y a los de aquí que nos den!
- Mientras el piso sea vuestro....
-¡Estamos pagando la hipoteca!
- Pues tendrá que venderlo.
-¡Venderlo!
- Así son las cosas.
- ¡Claro, lo dices tú que tienes tu sueldo todos los meses!, ¡con mi dinero!
Me levanté y me acerqué, tenía que intervenir.
- ¡Eh, tranquilo!, ¡sobre todo educación, o tendré que echarte!
- ¡Tú ni te acerques!
Utilicé un truco que me suele funcionar en estas ocasiones: Centré mi atención en la respiración, y en la parte inferior de mi vientre, visualizando una esfera de luz. Me tranquilicé.
- Venga, tranquilo, sal un momento, relájate, y vuelve a entrar.
- ¡Una mierda!, ¡Venga vámonos!, ¡atajo de parásitos!
Cogió a su pareja del brazo, y la arrastró fuera. El niño les siguió sin comprender nada.
Por el calor que sentía en mis mejillas, debía de estar mar rojo que un tomate. Salí un rato fuera, me temblaba todo el cuerpo.
Al rato salió Marian, de prestaciones, para fumar.
- La gente está cada vez más alterada - me dijo.
- Y con razón. Oye, quería advertirte sobre el chico que ha venido antes sin cita, es una persona muy violenta, tienes que tratarle con mucho tacto.
- ¿El vigilante?
- Si, ha sido francotirador, y escolta de un traficante de armas.
- ¡Qué dices!, según su vida laboral se ha pasado los últimos 23 años como vigilante nocturno en una fundición.
Volví a mi puesto, me senté y cogí mi cuaderno para escribir. Enfrente, un niño de 3 años cogía una pelota, la tiraba, miraba a su madre, y corría alborotado para cogerla.
viernes, 24 de abril de 2015
Mundo real
Cogió el móvil con las manos temblorosas: ¡No había comentarios!, ¡Y eso que ya hacía 7 minutos que había escrito la última entrada en el faceboock!, ¡ni siquiera un me gusta! Miró nervioso alrededor; de las 12 personas que contó, 10 manipulaban absortos sus móviles, las otras 2 eran un niño de 2 años y una anciana. Volvió a mirar el móvil, ¡la pantalla estaba negra! Intentó encenderlo; nada. Se puso a sudar - "si lo acabo de cargar, no puede ser" -. Golpeó reiteradamente el botón de encendido, pero nada, el móvil no respondía.
Pasaron 3 horas; el cuerpo le temblaba cada vez con más violencia, eran casi convulsiones. Sudaba y le dolía la cabeza. Se apoyó en la pared, se le nublaba la vista; cerró los ojos, y perdió el sentido.
Cuando despertó, sintió frío, y aunque el temblor había remitido, persistía el dolor de cabeza. Buscó nervioso el móvil entre sus ropas; sintió un gran alivio al encontrarlo en el bolsillo derecho de su abrigo. Apretó el botón de encendido, y la realidad cayó de nuevo sobre su consciencia: No funcionaba.
- ¡No, no,no! - gritó, y lo arrojó con desesperación, haciéndose añicos.
En el cielo, los buitres sobrevolaban las ruinas de la ciudad.
Pasaron 3 horas; el cuerpo le temblaba cada vez con más violencia, eran casi convulsiones. Sudaba y le dolía la cabeza. Se apoyó en la pared, se le nublaba la vista; cerró los ojos, y perdió el sentido.
Cuando despertó, sintió frío, y aunque el temblor había remitido, persistía el dolor de cabeza. Buscó nervioso el móvil entre sus ropas; sintió un gran alivio al encontrarlo en el bolsillo derecho de su abrigo. Apretó el botón de encendido, y la realidad cayó de nuevo sobre su consciencia: No funcionaba.
- ¡No, no,no! - gritó, y lo arrojó con desesperación, haciéndose añicos.
En el cielo, los buitres sobrevolaban las ruinas de la ciudad.
domingo, 5 de abril de 2015
Campos de olvido
Muebles abandonados en medio de un prado, perfectamente alineados en ejes imaginarios, separados, con las puertas abiertas, los cajones sacados, las vacas pastando alrededor. Esta era la imagen que se repetía de lunes a viernes desde el asiento trasero del Renault 7 de mi padre, de camino al colegio.
Vivíamos en una barriada de edificios bajos y grises, construida al lado de la fábrica de cemento, donde trabajaba mi padre. Fue edificada para albergar a las familias de los cientos de trabajadores que en su día, entraron a trabajar en la fábrica, y que como mi padre, se habían visto obligados a salir de la capital para ganarse el sustento. Hoy en día, la mitad de las casas estaban alquiladas a inmigrantes, a causa de la crisis, que obligó a la fábrica a reducir su plantilla en tres cuartas partes. Ahora, los inmigrantes habían tomado posesión del barrio; grupos de chicos subsaharianos se pasaban el día riendo y fumando en los bancos de la plaza, mientras que las mujeres con velo, llevaban a sus morenos niños al parque.
El barrio se había convertido en un lugar extraño, ajeno, inexistente, como aquel prado donde se levantaban los muebles abandonados.
- ¡Miguel joder, no corras tanto!
José y yo bajábamos a tumba abierta con las bicicletas por las rampas del bidegorri. José se paró.
- ¡Estás loco, te vas a matar! - me gritó.
- ¡Nenaza!
Pedaleé con más fuerza, a causa de la adrenalina, que nublaba mi percepción del peligro.
- ¡Dios!, ¡pero que hace!
Cuando llegó José a mi lado, yo me encontraba tumbado sobre una bala de paja, con las manos bajo la nuca, mirando al cielo.
- ¡Has tardado! - le dije sin mirarle.
- ¡Estás completamente loco!, ¡cuando te la des, no pienso ser yo quien recoja tus pedacitos esparcidos por el suelo!
Me reí.
- pareces mi madre.
José dejó su bici junto a la mía, y saltó la valla para pasar al prado donde me encontraba.
- ¿Qué coño hacen esos muebles allí? - dijo.
- No lo se, los veo todos los días al ir al colegio. Venga, vamos - le dije, bajándome le la bala de paja.
- ¿A donde?
- Esto tiene que ser de alguien.
Nos dirigimos a un viejo caserón que había cerca. Se levantaba como un mueble más dentro del prado, con las puertas y ventanas abiertas de par en par.
- ¿Que coño haces? - me dijo José al ver que me dirigía a la puerta.
- ¡Joder! - volvió a gritar cuando me metí en la casa.
Dentro no había nada extraordinario, al contrario, reinaba cierto anodino orden, y la decoración, aunque antigua, mostraba, no buen gusto, pero tampoco malo.
- ¡Puede venir alguien, vámonos! - me gritó José, asomándose a la puerta.
Yo lo miraba todo con curiosidad, fascinación.
- ¡Aquí no hay nada que ver! - volvió a gritar, nervioso, José.
Salí de la casa.
- ¿qué diablos pensabas encontrar?
- No lo se................
El ruido de motor de un coche que se acercaba nos interrumpió. Echamos a correr por el prado. De pronto, José se quedó muy quieto, mirando el interior de unos de los armarios abiertos del prado, al que le faltaba la parte de atrás.
- ¿Qué haces? - grité.
Vi como José se metía en el armario.
- ¡Joder! - grité, y me acerqué; ¡no había ni rastro de él. Miré a través del armario, una vaca, a diez metros, me miraba rumiante.
- ¡Eh tú, que haces aquí! - escuché a mi espalda.
Salí corriendo, salté la valla, y cogí la bici. Pedaleé con todas mis fuerzas hasta llegar a casa.
Es la última vez que vi a José, o eso creo............................
- ¡Papá,papá!, ¿Qué hacen allí esos muebles?
- No lo se, llevan allí toda la vida.
- ¡Para papá, quiero jugar allí!
- Ahora no, tenemos que ir al colegio.
Miguel dejó a su hijo en el colegio, y volvió por la misma carretera.Paró en la cuneta, al lado de una roñosa bicicleta abandonada. Saltó la valla, y deambuló entre los armarios y las vacas, como una vaca más. Se acercó al viejo caserón. No parecía más deteriorado de como lo recordaba. La puerta estaba abierta, igual que las ventanas; y entró.
- ¡Hola!
Un hombre de aproximadamente su misma edad se levantó del sillón donde estaba leyendo.
- Vaya, perdone.
El hombre le miró sorprendido.
- Es que..........he tenido un problema con el coche......y me he quedado sin batería en el móvil.........
- Si, si, claro, ahí tiene el teléfono - le dijo señalándole una mesita que se encontraba al lado de la ventana.
- Gracias.
Miguel, visiblemente nervioso, hizo como si marcaba.
- Si, hola,...........,creo que es el motor de arranque..........de acuerdo...............gracias. Bueno, listo, vendrá enseguida la grúa.
El hombre y Miguel se quedaron mirándose, como si se reconocieran de repente.
- Oiga, ¿es suyo el prado que está al lado de la casa?
- No............¿porqué?
- No, por nada,..............bueno, pues gracias por todo.
- De nada.
Miguel salió de la casa. Al volver la mirada, vio al hombre en el porche, que le saludó con la mano. Cruzó el prado, y se paró frente a un armario. Al día siguiente, el coche de Miguel seguía allí, en la cuneta, al lado de la vieja bicicleta abandonada, como un mueble más.
Vivíamos en una barriada de edificios bajos y grises, construida al lado de la fábrica de cemento, donde trabajaba mi padre. Fue edificada para albergar a las familias de los cientos de trabajadores que en su día, entraron a trabajar en la fábrica, y que como mi padre, se habían visto obligados a salir de la capital para ganarse el sustento. Hoy en día, la mitad de las casas estaban alquiladas a inmigrantes, a causa de la crisis, que obligó a la fábrica a reducir su plantilla en tres cuartas partes. Ahora, los inmigrantes habían tomado posesión del barrio; grupos de chicos subsaharianos se pasaban el día riendo y fumando en los bancos de la plaza, mientras que las mujeres con velo, llevaban a sus morenos niños al parque.
El barrio se había convertido en un lugar extraño, ajeno, inexistente, como aquel prado donde se levantaban los muebles abandonados.
- ¡Miguel joder, no corras tanto!
José y yo bajábamos a tumba abierta con las bicicletas por las rampas del bidegorri. José se paró.
- ¡Estás loco, te vas a matar! - me gritó.
- ¡Nenaza!
Pedaleé con más fuerza, a causa de la adrenalina, que nublaba mi percepción del peligro.
- ¡Dios!, ¡pero que hace!
Cuando llegó José a mi lado, yo me encontraba tumbado sobre una bala de paja, con las manos bajo la nuca, mirando al cielo.
- ¡Has tardado! - le dije sin mirarle.
- ¡Estás completamente loco!, ¡cuando te la des, no pienso ser yo quien recoja tus pedacitos esparcidos por el suelo!
Me reí.
- pareces mi madre.
José dejó su bici junto a la mía, y saltó la valla para pasar al prado donde me encontraba.
- ¿Qué coño hacen esos muebles allí? - dijo.
- No lo se, los veo todos los días al ir al colegio. Venga, vamos - le dije, bajándome le la bala de paja.
- ¿A donde?
- Esto tiene que ser de alguien.
Nos dirigimos a un viejo caserón que había cerca. Se levantaba como un mueble más dentro del prado, con las puertas y ventanas abiertas de par en par.
- ¿Que coño haces? - me dijo José al ver que me dirigía a la puerta.
- ¡Joder! - volvió a gritar cuando me metí en la casa.
Dentro no había nada extraordinario, al contrario, reinaba cierto anodino orden, y la decoración, aunque antigua, mostraba, no buen gusto, pero tampoco malo.
- ¡Puede venir alguien, vámonos! - me gritó José, asomándose a la puerta.
Yo lo miraba todo con curiosidad, fascinación.
- ¡Aquí no hay nada que ver! - volvió a gritar, nervioso, José.
Salí de la casa.
- ¿qué diablos pensabas encontrar?
- No lo se................
El ruido de motor de un coche que se acercaba nos interrumpió. Echamos a correr por el prado. De pronto, José se quedó muy quieto, mirando el interior de unos de los armarios abiertos del prado, al que le faltaba la parte de atrás.
- ¿Qué haces? - grité.
Vi como José se metía en el armario.
- ¡Joder! - grité, y me acerqué; ¡no había ni rastro de él. Miré a través del armario, una vaca, a diez metros, me miraba rumiante.
- ¡Eh tú, que haces aquí! - escuché a mi espalda.
Salí corriendo, salté la valla, y cogí la bici. Pedaleé con todas mis fuerzas hasta llegar a casa.
Es la última vez que vi a José, o eso creo............................
- ¡Papá,papá!, ¿Qué hacen allí esos muebles?
- No lo se, llevan allí toda la vida.
- ¡Para papá, quiero jugar allí!
- Ahora no, tenemos que ir al colegio.
Miguel dejó a su hijo en el colegio, y volvió por la misma carretera.Paró en la cuneta, al lado de una roñosa bicicleta abandonada. Saltó la valla, y deambuló entre los armarios y las vacas, como una vaca más. Se acercó al viejo caserón. No parecía más deteriorado de como lo recordaba. La puerta estaba abierta, igual que las ventanas; y entró.
- ¡Hola!
Un hombre de aproximadamente su misma edad se levantó del sillón donde estaba leyendo.
- Vaya, perdone.
El hombre le miró sorprendido.
- Es que..........he tenido un problema con el coche......y me he quedado sin batería en el móvil.........
- Si, si, claro, ahí tiene el teléfono - le dijo señalándole una mesita que se encontraba al lado de la ventana.
- Gracias.
Miguel, visiblemente nervioso, hizo como si marcaba.
- Si, hola,...........,creo que es el motor de arranque..........de acuerdo...............gracias. Bueno, listo, vendrá enseguida la grúa.
El hombre y Miguel se quedaron mirándose, como si se reconocieran de repente.
- Oiga, ¿es suyo el prado que está al lado de la casa?
- No............¿porqué?
- No, por nada,..............bueno, pues gracias por todo.
- De nada.
Miguel salió de la casa. Al volver la mirada, vio al hombre en el porche, que le saludó con la mano. Cruzó el prado, y se paró frente a un armario. Al día siguiente, el coche de Miguel seguía allí, en la cuneta, al lado de la vieja bicicleta abandonada, como un mueble más.
viernes, 27 de marzo de 2015
Historias de la isla (5)
"La panza de burra" había estado sobre la isla durante todo el día, como intentando guardar un secreto. Yon y Juan se reunieron en San Miguel de Tajau con Lorenzo, qué vivía allí. Era un pequeño pueblo pesquero conocido por sus parrilladas de pescado y marisco fresco, que preparaban en los numerosos restaurantes de la zona. Aunque la pasión de Lorenzo era la música, tenía que dedicarse a la pesca para poder subsistir. Yon, contactó con Lorenzo en el restaurante del padre de éste, y se ofreció para llevarle a alta mar en "El Bolero", su pequeña embarcación.
El mar estaba picada; atardecía; el sonido del motor de "El Bolero" llenaba el silencio entre los 3 hombres. Lorenzo llevaba el timón, y consultaba constantemente los aparatos de posición.
- ¡Falta mucho! - gritó yon desde la proa - ¡sólo faltan 30 minutos para la doble puesta de sol!
- Tranquilo, casi estamos.
Juan se encontraba en el camarote,tumbado en una esterilla, empapado de sudor, intentando encontrar algo fijo a lo que aferrarse.
El motor del "Bolero", dejó de roncar, y sólo las olas balanceaban su casco, indiferentes al ansia de los hombres que iban en la embarcación.
- Ya hemos llegado - dijo Lorenzo acercándose a Yon. Este consultó su reloj, y fijó la vista en el horizonte. En ése momento, Juan subía las escalerilllas que llevaban a cubierta, agarrándose a las barandillas, y de pronto, ante la asombrada mirada de los tres, apareció, espectrante, la silueta de una isla: La isla de San Borondón.
No parecía haber nada extraño en la isla, con el típico paisaje de casas bajas de pálidos colores y plataneros que ofrecían sus todavía verdes frutos. Lorenzo, amarró la embarcación en el puerto, y buscaron un lugar donde alojarse. Se hospedaron en un pequeño hotel situado en el mismo puerto, y tras una cena ligera, en la que apenas hablaron (ensimismados en sus propios pensamientos), fueron a acostarse.
Juan estaba cansado, y todavía le dolía el estómago y la garganta de tanto vomitar. Sin embargo, al entrar en su habitación, sintió como si volara, y nada de eso importase. Se acercó a la cama, no estaba vacía, sobre ella, estaba Sonia, la camarera del aparta-hotel, desnuda ofreciéndole sus pequeños senos morenos, y su entrepierna abierta, esperándole.
Al día siguiente, Lorenzo paseaba por el bullicioso centro de la villa, cuando a su izquierda, se abrió un callejón decorado con floridas jardineras y mosaicos en las paredes. Nada más meterse en él, sintió paz. Un letrero anunciaba el nombre de la calle: "La calle de La Verdad". En ella, había un restaurante de comida tradicional y una tienda de artesanía. Esta vez, los olores que salían de la cocina del restaurante le transportaron a los humeantes pucheros de la cocina de su casa, donde su madre preparaba "el gofio" y los mojos. Sintió una gran ternura. Entró en la tienda de artesanía; en una estantería se exponían varios timples hechos a mano. Se acercó para verlos.
- Nos volvemos a ver - dijo una voz a su espalda. Al darse la vuelta, se encontró con el luthier de Boca Cangrejo.
- Parece que has visto un muerto - le dijo al ver su expresión.- Acompáñame, te esperaba.
Bajaron unas escaleras hasta el taller. Allí de entre virutas y frascos de barniz, sacó un timple, guardado en su estuche.
- Es éste - le dijo - "El Timple de Oro", es tuyo.
Yon se sentía pletórico. Su teoría había resultado cierta, y se encontraba en la isla de San Borondón. Pero por otro lado, estaba decepcionado por la absoluta normalidad que reinaba en la misma. Hasta que recibió un mensaje en el móvil. "Si no tengo cobertura" - pensó. Era Anne Nystron, la secretaria personal de Thor Heyerdahl ; le citaba en una casa a las afueras de la ciudad. Cogió un taxi que le llevó hasta allí.
Se trataba de una casa grande rodeada de frondosos jardines, con exóticas plantas entre las que se levantaban esculturas procedentes de las más diversas culturas, como Mohais, o barcos sumerios. Yon cruzó el jardín, fascinado, y allí, en el porche de la casa, delante de una máquina de escribir, se encontraba Thor Heyerdahl, esperándole.
Epílogo
En el pequeño puerto de San Miguel de Tajao, fondeaba "El Bolero", después de ser remolcado por la grúa desde alta mar.
- ¿Es el barco de su hijo? - preguntó el guardacostas a Pedro, el padre de Lorenzo.
- Si.
- Siento decirle que no hemos encontrado a nadie a bordo.
- Ya, ya, me lo imaginaba.
Su expresión, no parecía traslucir emociones.
Luego, en la comisaría, despumes de realizar los arduos trámites burocráticos, coincidió con Raquel, la mujer de Juan, y su madre en la sala de espera. Tenía la mirada perdida y los ojos rojos.
- ¡No pueden haber desaparecido sin más!, ¡tienen que estar en alguna parte! - le decía Raquel a su madre.
Pedro se acercó.
- No se preocupe -le dijo - están bien, están allí donde siempre han querido estar.
Y salió de la comisaría.
Mientras, en la radio, sonaba una tonada tradicional isleña, que rezaba así:
"San Borondón, San Borondón, allí donde te lleve el corazón.
San Borondón, San Borondón, allí donde te lleve la pasión.
San Borondón, San Borondón, donde los sueños sueños son,
son, son, son,......................"
Al día siguiente, Lorenzo paseaba por el bullicioso centro de la villa, cuando a su izquierda, se abrió un callejón decorado con floridas jardineras y mosaicos en las paredes. Nada más meterse en él, sintió paz. Un letrero anunciaba el nombre de la calle: "La calle de La Verdad". En ella, había un restaurante de comida tradicional y una tienda de artesanía. Esta vez, los olores que salían de la cocina del restaurante le transportaron a los humeantes pucheros de la cocina de su casa, donde su madre preparaba "el gofio" y los mojos. Sintió una gran ternura. Entró en la tienda de artesanía; en una estantería se exponían varios timples hechos a mano. Se acercó para verlos.
- Nos volvemos a ver - dijo una voz a su espalda. Al darse la vuelta, se encontró con el luthier de Boca Cangrejo.
- Parece que has visto un muerto - le dijo al ver su expresión.- Acompáñame, te esperaba.
Bajaron unas escaleras hasta el taller. Allí de entre virutas y frascos de barniz, sacó un timple, guardado en su estuche.
- Es éste - le dijo - "El Timple de Oro", es tuyo.
Yon se sentía pletórico. Su teoría había resultado cierta, y se encontraba en la isla de San Borondón. Pero por otro lado, estaba decepcionado por la absoluta normalidad que reinaba en la misma. Hasta que recibió un mensaje en el móvil. "Si no tengo cobertura" - pensó. Era Anne Nystron, la secretaria personal de Thor Heyerdahl ; le citaba en una casa a las afueras de la ciudad. Cogió un taxi que le llevó hasta allí.
Se trataba de una casa grande rodeada de frondosos jardines, con exóticas plantas entre las que se levantaban esculturas procedentes de las más diversas culturas, como Mohais, o barcos sumerios. Yon cruzó el jardín, fascinado, y allí, en el porche de la casa, delante de una máquina de escribir, se encontraba Thor Heyerdahl, esperándole.
Epílogo
En el pequeño puerto de San Miguel de Tajao, fondeaba "El Bolero", después de ser remolcado por la grúa desde alta mar.
- ¿Es el barco de su hijo? - preguntó el guardacostas a Pedro, el padre de Lorenzo.
- Si.
- Siento decirle que no hemos encontrado a nadie a bordo.
- Ya, ya, me lo imaginaba.
Su expresión, no parecía traslucir emociones.
Luego, en la comisaría, despumes de realizar los arduos trámites burocráticos, coincidió con Raquel, la mujer de Juan, y su madre en la sala de espera. Tenía la mirada perdida y los ojos rojos.
- ¡No pueden haber desaparecido sin más!, ¡tienen que estar en alguna parte! - le decía Raquel a su madre.
Pedro se acercó.
- No se preocupe -le dijo - están bien, están allí donde siempre han querido estar.
Y salió de la comisaría.
Mientras, en la radio, sonaba una tonada tradicional isleña, que rezaba así:
"San Borondón, San Borondón, allí donde te lleve el corazón.
San Borondón, San Borondón, allí donde te lleve la pasión.
San Borondón, San Borondón, donde los sueños sueños son,
son, son, son,......................"
viernes, 20 de marzo de 2015
Historias de la isla (4)
Hacía un día caluroso, y los pocos visitantes del Centro Antropológico de Guimar se encontraban en la sala de exposiciones o en el bar, únicos sitios donde había aire acondicionado. Entre ellos se encontraba Juan, que descansaba en el auditorio viendo un reportaje sobre Thor Heyerdahl, fundador del centro, tras haberse aventurado por los caminos que rodeaban las pirámides bajo un sol justiciero. Dos filas de butacas más adelante, vio a un hombre que le resultaba familiar. Al terminar la proyección, se cruzaron, y se quedaron mirándose.
- ¿Nos conocemos? - dijo el hombre.
- Me resultas familiar, pero no se de que.
Vio entonces como en la solapa de su camisa llevaba una acreditación de periodista con su nombre: Yon Pellízar.
- ¿Eres periodista? - le preguntó Juan.
- Si, escribo en una revista de misterio. Estoy haciendo un reportaje sobre Thor Heyerdahl, ¡el hombre más fascinante que ha existido!
- Tienes un trabajo muy interesante - dijo Juan tras un breve instante.
- Tengo suerte de trabajar en lo que me apasiona. ¿Te interesa el mundo del misterio?
- Supongo que si, pero soy bastante escéptico, sólo creo en lo puedo ver con mis propios ojos.
Se produjo un incómodo silencio, el que se da entre dos desconocidos a los que el destino junta sin permiso.Una pantalla de vídeo salvo la situación. En ella, anunciaban la doble puesta de sol, fenómeno astrológico que se podía observar desde las pirámides, y que iba a producirse al día siguiente.
- Vas a venir a verla? - Dijo Juan.
- No, en ése momento estaré en alta mar.
-¿En alta mar?
-Si, allí es donde va a tener lugar algo realmente extraordinario.
Juan sintió un escalofrío.
- ¿A qué te refieres?
Yon miró con sospecha a su alrededor.
- Vamos a tomar algo y te cuento el asunto.
Pidieron dos cervezas bien frías, y se sentaron en una mesa apartada.
- Mira, las pirámides esconden un secreto, que va más allá de una simple alineación astronómica. Sus constructores, conocían el lugar y la fecha exacta en la que aparece la isla de San Borondón. ¿Conoces el tema? La isla de San Borondón, es la octava isla, que muchos dicen haber visto. Aparece y desaparece. Nadie se pone de acuerdo del lugar. Dicen incluso que es la atlántida.
-¡Qué interesante!
- Mi teoría - continuó Yon excitado - es que las pirámides indican el lugar y el momento en el que aparecerá la isla.
Los ojos ardientes de Yon se clavaron en Juan.
- ¿Cómo?
- Verás, el intervalo de tiempo que dura la doble puesta de sol de mañana, es el momento en el que aparecerá y desaparecerá la isla, y el lugar se localiza trazando una linea perpendicular desde la cima del Teide hasta el eje imaginario que forman las pirámides con el punto donde se produce la doble puesta.
Juan frunció el ceño.
- Te lo dibujaré - Dijo Yon cogiendo un bolígrafo y una servilleta, donde dibujó lo siguiente:
Como ves, se forma un triángulo rectángulo, que haciéndolo girar sobre el eje, nos da un punto en el mar. ¡Allí aparecerá la isla de San Borondón.
- ¡Joder!, ¿Cómo lo has averiguado?
- Intuición,,,,,,,,,,,,,o puede que esté predestinado a realizar éste gran descubrimiento. Oye -continuó - ¿porqué no me acompañas?
-¡En serio!
- Claro, me encantaría compartir este gran momento con alguien.
Juan conducía el coche camino de Puerto la Cruz, con la sensación liberadora, y a la vez aterradora de que algo que no estaba en sus manos iba a suceder.
- ¿Nos conocemos? - dijo el hombre.
- Me resultas familiar, pero no se de que.
Vio entonces como en la solapa de su camisa llevaba una acreditación de periodista con su nombre: Yon Pellízar.
- ¿Eres periodista? - le preguntó Juan.
- Si, escribo en una revista de misterio. Estoy haciendo un reportaje sobre Thor Heyerdahl, ¡el hombre más fascinante que ha existido!
- Tienes un trabajo muy interesante - dijo Juan tras un breve instante.
- Tengo suerte de trabajar en lo que me apasiona. ¿Te interesa el mundo del misterio?
- Supongo que si, pero soy bastante escéptico, sólo creo en lo puedo ver con mis propios ojos.
Se produjo un incómodo silencio, el que se da entre dos desconocidos a los que el destino junta sin permiso.Una pantalla de vídeo salvo la situación. En ella, anunciaban la doble puesta de sol, fenómeno astrológico que se podía observar desde las pirámides, y que iba a producirse al día siguiente.
- Vas a venir a verla? - Dijo Juan.
- No, en ése momento estaré en alta mar.
-¿En alta mar?
-Si, allí es donde va a tener lugar algo realmente extraordinario.
Juan sintió un escalofrío.
- ¿A qué te refieres?
Yon miró con sospecha a su alrededor.
- Vamos a tomar algo y te cuento el asunto.
Pidieron dos cervezas bien frías, y se sentaron en una mesa apartada.
- Mira, las pirámides esconden un secreto, que va más allá de una simple alineación astronómica. Sus constructores, conocían el lugar y la fecha exacta en la que aparece la isla de San Borondón. ¿Conoces el tema? La isla de San Borondón, es la octava isla, que muchos dicen haber visto. Aparece y desaparece. Nadie se pone de acuerdo del lugar. Dicen incluso que es la atlántida.
-¡Qué interesante!
- Mi teoría - continuó Yon excitado - es que las pirámides indican el lugar y el momento en el que aparecerá la isla.
Los ojos ardientes de Yon se clavaron en Juan.
- ¿Cómo?
- Verás, el intervalo de tiempo que dura la doble puesta de sol de mañana, es el momento en el que aparecerá y desaparecerá la isla, y el lugar se localiza trazando una linea perpendicular desde la cima del Teide hasta el eje imaginario que forman las pirámides con el punto donde se produce la doble puesta.
Juan frunció el ceño.
- Te lo dibujaré - Dijo Yon cogiendo un bolígrafo y una servilleta, donde dibujó lo siguiente:
Como ves, se forma un triángulo rectángulo, que haciéndolo girar sobre el eje, nos da un punto en el mar. ¡Allí aparecerá la isla de San Borondón.
- ¡Joder!, ¿Cómo lo has averiguado?
- Intuición,,,,,,,,,,,,,o puede que esté predestinado a realizar éste gran descubrimiento. Oye -continuó - ¿porqué no me acompañas?
-¡En serio!
- Claro, me encantaría compartir este gran momento con alguien.
Juan conducía el coche camino de Puerto la Cruz, con la sensación liberadora, y a la vez aterradora de que algo que no estaba en sus manos iba a suceder.
viernes, 13 de marzo de 2015
Historias de la isla (3)
Capítulo 5
Como cada 16 de julio, coincidiendo con el día de la Virgen del Carmen, se celebraba en La Orotava el mercado de artesanía, el más importante de la isla. En ella, se reunían los maestros artesanos de todo el archipiélago. La artesanía, junto a la gastronomía y el folclore, suponía una de las actividades impulsadas por las autoridades, ya que suponía un incentivo más para las masas de turistas que acudían a la isla en busca de sol.
Lorenzo deambulaba por la feria, con las papilas saturadas por el aroma a quesos y mojo que desprendían los puestos dedicados a los productos típicos de la isla. Le ponía enfermo aquellos abigarrados olores que desde su infancia formaban "la banda olorosa" de su insípida vida. Se dirigió a los puestos de los luthiers, que eran los que habían hecho que se dejara caer por la feria. Se acercó a uno que vendía timples, y se puso a ojearlos.
- Veo que sabes lo que quieres - le dijo el tendero, un tipo gordo y calvo con abundante barba blanca.
- ¿Cómo? - le dijo sorprendido Lorenzo.
- Has te has fijado en mis hijos predilectos. El resto no es más que reclamo para turistas.
- ¿Puedo tocarlo? - le dijo Lorenzo cogiendo uno.
- ¡Claro, claro!
Lorenzo lo tocó, concentrado en la sonoridad del instrumento.
- Es magnífico, ¿cuanto cuesta?
- 3000, pero no es lo que estás buscando.
Lorenzo frunció el ceño
- ¿Y que es lo que busco?
- Lo que todos buscamos............ "El Timple de Oro".
- No es mas que una leyenda.
- Sabes que no. Toma, ven a verme - le dijo dándole una tarjeta.
-¡Oiga!, ¿cuanto cuesta éste? - les interrumpió un hombre con bermudas y gafas de sol.
- ¡Si señor!, ¡tiene usted muy buen gusto! - le dijo el tendero, dándole la espalda a Lorenzo.
Lorenzo se alejó pensativo: "Lo que busco, lo que busco........."
"El Timple de Oro", provenía de una leyenda de la isla, que contaba de un maestro artesano, que dedicó toda su vida a hacer un único timple, y que éste, propiciaba el éxito material de todo aquel que lo tuviera.
A los días, Lorenzo encontró la tarjeta del artesano en el bolsillo de su camisa, y decidió visitarle. Vivía en Boca Cangrejo, pequeño pueblo famoso entre los surfistas por su playa.
Dio vueltas, perdido, por los alrededores de Boca Cangrejo, hasta que dio con una estrecha carretera que caía entre un sin fin de curvas y acantilados hasta el mar. Le inquietó ver enormes rocas bordeando el asfalto, entre señales de riesgo de desprendimientos. Llegó un momento en el que la carretera se bifurcó en 2; una rama iba hacia la playa, la otra hacia una serie de casitas cuadradas de distintos colores pálidos, que encajaban como un rompecabezas en la ladera que daba al mar. No vio números en las puertas, por lo que preguntó a un hombre en bañador, que sobre una roca, fumaba un pitillo. Si no hubiera sido por el cigarro, lo hubiera confundido con uno de los numerosos lagartos que habitan la isla.
- Vive en la casa amarilla, esa de allí al fondo - le dijo, al preguntarle por el artesano.
Le parecía estar invadiendo la intimidad de aquella gente, al andar ente las estrechas calles y escaleras que tenían las puertas de las casas bordeando el acantilado. Al llegar a la casa amarilla, se encontró con al puerta semiabierta.
- ¡Hola! - dijo empujándola.
La sensación de intromisión se convirtió en violación cuando entró en la casa, pero algo le empujaba a encontrar al artesano; y lo encontró, sin vida, en el suelo de la cocina, como un fardo arrojado por la marea en la orilla.
Como cada 16 de julio, coincidiendo con el día de la Virgen del Carmen, se celebraba en La Orotava el mercado de artesanía, el más importante de la isla. En ella, se reunían los maestros artesanos de todo el archipiélago. La artesanía, junto a la gastronomía y el folclore, suponía una de las actividades impulsadas por las autoridades, ya que suponía un incentivo más para las masas de turistas que acudían a la isla en busca de sol.
Lorenzo deambulaba por la feria, con las papilas saturadas por el aroma a quesos y mojo que desprendían los puestos dedicados a los productos típicos de la isla. Le ponía enfermo aquellos abigarrados olores que desde su infancia formaban "la banda olorosa" de su insípida vida. Se dirigió a los puestos de los luthiers, que eran los que habían hecho que se dejara caer por la feria. Se acercó a uno que vendía timples, y se puso a ojearlos.
- Veo que sabes lo que quieres - le dijo el tendero, un tipo gordo y calvo con abundante barba blanca.
- ¿Cómo? - le dijo sorprendido Lorenzo.
- Has te has fijado en mis hijos predilectos. El resto no es más que reclamo para turistas.
- ¿Puedo tocarlo? - le dijo Lorenzo cogiendo uno.
- ¡Claro, claro!
Lorenzo lo tocó, concentrado en la sonoridad del instrumento.
- Es magnífico, ¿cuanto cuesta?
- 3000, pero no es lo que estás buscando.
Lorenzo frunció el ceño
- ¿Y que es lo que busco?
- Lo que todos buscamos............ "El Timple de Oro".
- No es mas que una leyenda.
- Sabes que no. Toma, ven a verme - le dijo dándole una tarjeta.
-¡Oiga!, ¿cuanto cuesta éste? - les interrumpió un hombre con bermudas y gafas de sol.
- ¡Si señor!, ¡tiene usted muy buen gusto! - le dijo el tendero, dándole la espalda a Lorenzo.
Lorenzo se alejó pensativo: "Lo que busco, lo que busco........."
"El Timple de Oro", provenía de una leyenda de la isla, que contaba de un maestro artesano, que dedicó toda su vida a hacer un único timple, y que éste, propiciaba el éxito material de todo aquel que lo tuviera.
A los días, Lorenzo encontró la tarjeta del artesano en el bolsillo de su camisa, y decidió visitarle. Vivía en Boca Cangrejo, pequeño pueblo famoso entre los surfistas por su playa.
Dio vueltas, perdido, por los alrededores de Boca Cangrejo, hasta que dio con una estrecha carretera que caía entre un sin fin de curvas y acantilados hasta el mar. Le inquietó ver enormes rocas bordeando el asfalto, entre señales de riesgo de desprendimientos. Llegó un momento en el que la carretera se bifurcó en 2; una rama iba hacia la playa, la otra hacia una serie de casitas cuadradas de distintos colores pálidos, que encajaban como un rompecabezas en la ladera que daba al mar. No vio números en las puertas, por lo que preguntó a un hombre en bañador, que sobre una roca, fumaba un pitillo. Si no hubiera sido por el cigarro, lo hubiera confundido con uno de los numerosos lagartos que habitan la isla.
- Vive en la casa amarilla, esa de allí al fondo - le dijo, al preguntarle por el artesano.
Le parecía estar invadiendo la intimidad de aquella gente, al andar ente las estrechas calles y escaleras que tenían las puertas de las casas bordeando el acantilado. Al llegar a la casa amarilla, se encontró con al puerta semiabierta.
- ¡Hola! - dijo empujándola.
La sensación de intromisión se convirtió en violación cuando entró en la casa, pero algo le empujaba a encontrar al artesano; y lo encontró, sin vida, en el suelo de la cocina, como un fardo arrojado por la marea en la orilla.
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