Muebles abandonados en medio de un prado, perfectamente alineados en ejes imaginarios, separados, con las puertas abiertas, los cajones sacados, las vacas pastando alrededor. Esta era la imagen que se repetía de lunes a viernes desde el asiento trasero del Renault 7 de mi padre, de camino al colegio.
Vivíamos en una barriada de edificios bajos y grises, construida al lado de la fábrica de cemento, donde trabajaba mi padre. Fue edificada para albergar a las familias de los cientos de trabajadores que en su día, entraron a trabajar en la fábrica, y que como mi padre, se habían visto obligados a salir de la capital para ganarse el sustento. Hoy en día, la mitad de las casas estaban alquiladas a inmigrantes, a causa de la crisis, que obligó a la fábrica a reducir su plantilla en tres cuartas partes. Ahora, los inmigrantes habían tomado posesión del barrio; grupos de chicos subsaharianos se pasaban el día riendo y fumando en los bancos de la plaza, mientras que las mujeres con velo, llevaban a sus morenos niños al parque.
El barrio se había convertido en un lugar extraño, ajeno, inexistente, como aquel prado donde se levantaban los muebles abandonados.
- ¡Miguel joder, no corras tanto!
José y yo bajábamos a tumba abierta con las bicicletas por las rampas del bidegorri. José se paró.
- ¡Estás loco, te vas a matar! - me gritó.
- ¡Nenaza!
Pedaleé con más fuerza, a causa de la adrenalina, que nublaba mi percepción del peligro.
- ¡Dios!, ¡pero que hace!
Cuando llegó José a mi lado, yo me encontraba tumbado sobre una bala de paja, con las manos bajo la nuca, mirando al cielo.
- ¡Has tardado! - le dije sin mirarle.
- ¡Estás completamente loco!, ¡cuando te la des, no pienso ser yo quien recoja tus pedacitos esparcidos por el suelo!
Me reí.
- pareces mi madre.
José dejó su bici junto a la mía, y saltó la valla para pasar al prado donde me encontraba.
- ¿Qué coño hacen esos muebles allí? - dijo.
- No lo se, los veo todos los días al ir al colegio. Venga, vamos - le dije, bajándome le la bala de paja.
- ¿A donde?
- Esto tiene que ser de alguien.
Nos dirigimos a un viejo caserón que había cerca. Se levantaba como un mueble más dentro del prado, con las puertas y ventanas abiertas de par en par.
- ¿Que coño haces? - me dijo José al ver que me dirigía a la puerta.
- ¡Joder! - volvió a gritar cuando me metí en la casa.
Dentro no había nada extraordinario, al contrario, reinaba cierto anodino orden, y la decoración, aunque antigua, mostraba, no buen gusto, pero tampoco malo.
- ¡Puede venir alguien, vámonos! - me gritó José, asomándose a la puerta.
Yo lo miraba todo con curiosidad, fascinación.
- ¡Aquí no hay nada que ver! - volvió a gritar, nervioso, José.
Salí de la casa.
- ¿qué diablos pensabas encontrar?
- No lo se................
El ruido de motor de un coche que se acercaba nos interrumpió. Echamos a correr por el prado. De pronto, José se quedó muy quieto, mirando el interior de unos de los armarios abiertos del prado, al que le faltaba la parte de atrás.
- ¿Qué haces? - grité.
Vi como José se metía en el armario.
- ¡Joder! - grité, y me acerqué; ¡no había ni rastro de él. Miré a través del armario, una vaca, a diez metros, me miraba rumiante.
- ¡Eh tú, que haces aquí! - escuché a mi espalda.
Salí corriendo, salté la valla, y cogí la bici. Pedaleé con todas mis fuerzas hasta llegar a casa.
Es la última vez que vi a José, o eso creo............................
- ¡Papá,papá!, ¿Qué hacen allí esos muebles?
- No lo se, llevan allí toda la vida.
- ¡Para papá, quiero jugar allí!
- Ahora no, tenemos que ir al colegio.
Miguel dejó a su hijo en el colegio, y volvió por la misma carretera.Paró en la cuneta, al lado de una roñosa bicicleta abandonada. Saltó la valla, y deambuló entre los armarios y las vacas, como una vaca más. Se acercó al viejo caserón. No parecía más deteriorado de como lo recordaba. La puerta estaba abierta, igual que las ventanas; y entró.
- ¡Hola!
Un hombre de aproximadamente su misma edad se levantó del sillón donde estaba leyendo.
- Vaya, perdone.
El hombre le miró sorprendido.
- Es que..........he tenido un problema con el coche......y me he quedado sin batería en el móvil.........
- Si, si, claro, ahí tiene el teléfono - le dijo señalándole una mesita que se encontraba al lado de la ventana.
- Gracias.
Miguel, visiblemente nervioso, hizo como si marcaba.
- Si, hola,...........,creo que es el motor de arranque..........de acuerdo...............gracias. Bueno, listo, vendrá enseguida la grúa.
El hombre y Miguel se quedaron mirándose, como si se reconocieran de repente.
- Oiga, ¿es suyo el prado que está al lado de la casa?
- No............¿porqué?
- No, por nada,..............bueno, pues gracias por todo.
- De nada.
Miguel salió de la casa. Al volver la mirada, vio al hombre en el porche, que le saludó con la mano. Cruzó el prado, y se paró frente a un armario. Al día siguiente, el coche de Miguel seguía allí, en la cuneta, al lado de la vieja bicicleta abandonada, como un mueble más.
Donde habitan "los migalas"
Donde habitan "los migalas" (De cuentos y arañas)
domingo, 5 de abril de 2015
viernes, 27 de marzo de 2015
Historias de la isla (5)
"La panza de burra" había estado sobre la isla durante todo el día, como intentando guardar un secreto. Yon y Juan se reunieron en San Miguel de Tajau con Lorenzo, qué vivía allí. Era un pequeño pueblo pesquero conocido por sus parrilladas de pescado y marisco fresco, que preparaban en los numerosos restaurantes de la zona. Aunque la pasión de Lorenzo era la música, tenía que dedicarse a la pesca para poder subsistir. Yon, contactó con Lorenzo en el restaurante del padre de éste, y se ofreció para llevarle a alta mar en "El Bolero", su pequeña embarcación.
El mar estaba picada; atardecía; el sonido del motor de "El Bolero" llenaba el silencio entre los 3 hombres. Lorenzo llevaba el timón, y consultaba constantemente los aparatos de posición.
- ¡Falta mucho! - gritó yon desde la proa - ¡sólo faltan 30 minutos para la doble puesta de sol!
- Tranquilo, casi estamos.
Juan se encontraba en el camarote,tumbado en una esterilla, empapado de sudor, intentando encontrar algo fijo a lo que aferrarse.
El motor del "Bolero", dejó de roncar, y sólo las olas balanceaban su casco, indiferentes al ansia de los hombres que iban en la embarcación.
- Ya hemos llegado - dijo Lorenzo acercándose a Yon. Este consultó su reloj, y fijó la vista en el horizonte. En ése momento, Juan subía las escalerilllas que llevaban a cubierta, agarrándose a las barandillas, y de pronto, ante la asombrada mirada de los tres, apareció, espectrante, la silueta de una isla: La isla de San Borondón.
No parecía haber nada extraño en la isla, con el típico paisaje de casas bajas de pálidos colores y plataneros que ofrecían sus todavía verdes frutos. Lorenzo, amarró la embarcación en el puerto, y buscaron un lugar donde alojarse. Se hospedaron en un pequeño hotel situado en el mismo puerto, y tras una cena ligera, en la que apenas hablaron (ensimismados en sus propios pensamientos), fueron a acostarse.
Juan estaba cansado, y todavía le dolía el estómago y la garganta de tanto vomitar. Sin embargo, al entrar en su habitación, sintió como si volara, y nada de eso importase. Se acercó a la cama, no estaba vacía, sobre ella, estaba Sonia, la camarera del aparta-hotel, desnuda ofreciéndole sus pequeños senos morenos, y su entrepierna abierta, esperándole.
Al día siguiente, Lorenzo paseaba por el bullicioso centro de la villa, cuando a su izquierda, se abrió un callejón decorado con floridas jardineras y mosaicos en las paredes. Nada más meterse en él, sintió paz. Un letrero anunciaba el nombre de la calle: "La calle de La Verdad". En ella, había un restaurante de comida tradicional y una tienda de artesanía. Esta vez, los olores que salían de la cocina del restaurante le transportaron a los humeantes pucheros de la cocina de su casa, donde su madre preparaba "el gofio" y los mojos. Sintió una gran ternura. Entró en la tienda de artesanía; en una estantería se exponían varios timples hechos a mano. Se acercó para verlos.
- Nos volvemos a ver - dijo una voz a su espalda. Al darse la vuelta, se encontró con el luthier de Boca Cangrejo.
- Parece que has visto un muerto - le dijo al ver su expresión.- Acompáñame, te esperaba.
Bajaron unas escaleras hasta el taller. Allí de entre virutas y frascos de barniz, sacó un timple, guardado en su estuche.
- Es éste - le dijo - "El Timple de Oro", es tuyo.
Yon se sentía pletórico. Su teoría había resultado cierta, y se encontraba en la isla de San Borondón. Pero por otro lado, estaba decepcionado por la absoluta normalidad que reinaba en la misma. Hasta que recibió un mensaje en el móvil. "Si no tengo cobertura" - pensó. Era Anne Nystron, la secretaria personal de Thor Heyerdahl ; le citaba en una casa a las afueras de la ciudad. Cogió un taxi que le llevó hasta allí.
Se trataba de una casa grande rodeada de frondosos jardines, con exóticas plantas entre las que se levantaban esculturas procedentes de las más diversas culturas, como Mohais, o barcos sumerios. Yon cruzó el jardín, fascinado, y allí, en el porche de la casa, delante de una máquina de escribir, se encontraba Thor Heyerdahl, esperándole.
Epílogo
En el pequeño puerto de San Miguel de Tajao, fondeaba "El Bolero", después de ser remolcado por la grúa desde alta mar.
- ¿Es el barco de su hijo? - preguntó el guardacostas a Pedro, el padre de Lorenzo.
- Si.
- Siento decirle que no hemos encontrado a nadie a bordo.
- Ya, ya, me lo imaginaba.
Su expresión, no parecía traslucir emociones.
Luego, en la comisaría, despumes de realizar los arduos trámites burocráticos, coincidió con Raquel, la mujer de Juan, y su madre en la sala de espera. Tenía la mirada perdida y los ojos rojos.
- ¡No pueden haber desaparecido sin más!, ¡tienen que estar en alguna parte! - le decía Raquel a su madre.
Pedro se acercó.
- No se preocupe -le dijo - están bien, están allí donde siempre han querido estar.
Y salió de la comisaría.
Mientras, en la radio, sonaba una tonada tradicional isleña, que rezaba así:
"San Borondón, San Borondón, allí donde te lleve el corazón.
San Borondón, San Borondón, allí donde te lleve la pasión.
San Borondón, San Borondón, donde los sueños sueños son,
son, son, son,......................"
Al día siguiente, Lorenzo paseaba por el bullicioso centro de la villa, cuando a su izquierda, se abrió un callejón decorado con floridas jardineras y mosaicos en las paredes. Nada más meterse en él, sintió paz. Un letrero anunciaba el nombre de la calle: "La calle de La Verdad". En ella, había un restaurante de comida tradicional y una tienda de artesanía. Esta vez, los olores que salían de la cocina del restaurante le transportaron a los humeantes pucheros de la cocina de su casa, donde su madre preparaba "el gofio" y los mojos. Sintió una gran ternura. Entró en la tienda de artesanía; en una estantería se exponían varios timples hechos a mano. Se acercó para verlos.
- Nos volvemos a ver - dijo una voz a su espalda. Al darse la vuelta, se encontró con el luthier de Boca Cangrejo.
- Parece que has visto un muerto - le dijo al ver su expresión.- Acompáñame, te esperaba.
Bajaron unas escaleras hasta el taller. Allí de entre virutas y frascos de barniz, sacó un timple, guardado en su estuche.
- Es éste - le dijo - "El Timple de Oro", es tuyo.
Yon se sentía pletórico. Su teoría había resultado cierta, y se encontraba en la isla de San Borondón. Pero por otro lado, estaba decepcionado por la absoluta normalidad que reinaba en la misma. Hasta que recibió un mensaje en el móvil. "Si no tengo cobertura" - pensó. Era Anne Nystron, la secretaria personal de Thor Heyerdahl ; le citaba en una casa a las afueras de la ciudad. Cogió un taxi que le llevó hasta allí.
Se trataba de una casa grande rodeada de frondosos jardines, con exóticas plantas entre las que se levantaban esculturas procedentes de las más diversas culturas, como Mohais, o barcos sumerios. Yon cruzó el jardín, fascinado, y allí, en el porche de la casa, delante de una máquina de escribir, se encontraba Thor Heyerdahl, esperándole.
Epílogo
En el pequeño puerto de San Miguel de Tajao, fondeaba "El Bolero", después de ser remolcado por la grúa desde alta mar.
- ¿Es el barco de su hijo? - preguntó el guardacostas a Pedro, el padre de Lorenzo.
- Si.
- Siento decirle que no hemos encontrado a nadie a bordo.
- Ya, ya, me lo imaginaba.
Su expresión, no parecía traslucir emociones.
Luego, en la comisaría, despumes de realizar los arduos trámites burocráticos, coincidió con Raquel, la mujer de Juan, y su madre en la sala de espera. Tenía la mirada perdida y los ojos rojos.
- ¡No pueden haber desaparecido sin más!, ¡tienen que estar en alguna parte! - le decía Raquel a su madre.
Pedro se acercó.
- No se preocupe -le dijo - están bien, están allí donde siempre han querido estar.
Y salió de la comisaría.
Mientras, en la radio, sonaba una tonada tradicional isleña, que rezaba así:
"San Borondón, San Borondón, allí donde te lleve el corazón.
San Borondón, San Borondón, allí donde te lleve la pasión.
San Borondón, San Borondón, donde los sueños sueños son,
son, son, son,......................"
viernes, 20 de marzo de 2015
Historias de la isla (4)
Hacía un día caluroso, y los pocos visitantes del Centro Antropológico de Guimar se encontraban en la sala de exposiciones o en el bar, únicos sitios donde había aire acondicionado. Entre ellos se encontraba Juan, que descansaba en el auditorio viendo un reportaje sobre Thor Heyerdahl, fundador del centro, tras haberse aventurado por los caminos que rodeaban las pirámides bajo un sol justiciero. Dos filas de butacas más adelante, vio a un hombre que le resultaba familiar. Al terminar la proyección, se cruzaron, y se quedaron mirándose.
- ¿Nos conocemos? - dijo el hombre.
- Me resultas familiar, pero no se de que.
Vio entonces como en la solapa de su camisa llevaba una acreditación de periodista con su nombre: Yon Pellízar.
- ¿Eres periodista? - le preguntó Juan.
- Si, escribo en una revista de misterio. Estoy haciendo un reportaje sobre Thor Heyerdahl, ¡el hombre más fascinante que ha existido!
- Tienes un trabajo muy interesante - dijo Juan tras un breve instante.
- Tengo suerte de trabajar en lo que me apasiona. ¿Te interesa el mundo del misterio?
- Supongo que si, pero soy bastante escéptico, sólo creo en lo puedo ver con mis propios ojos.
Se produjo un incómodo silencio, el que se da entre dos desconocidos a los que el destino junta sin permiso.Una pantalla de vídeo salvo la situación. En ella, anunciaban la doble puesta de sol, fenómeno astrológico que se podía observar desde las pirámides, y que iba a producirse al día siguiente.
- Vas a venir a verla? - Dijo Juan.
- No, en ése momento estaré en alta mar.
-¿En alta mar?
-Si, allí es donde va a tener lugar algo realmente extraordinario.
Juan sintió un escalofrío.
- ¿A qué te refieres?
Yon miró con sospecha a su alrededor.
- Vamos a tomar algo y te cuento el asunto.
Pidieron dos cervezas bien frías, y se sentaron en una mesa apartada.
- Mira, las pirámides esconden un secreto, que va más allá de una simple alineación astronómica. Sus constructores, conocían el lugar y la fecha exacta en la que aparece la isla de San Borondón. ¿Conoces el tema? La isla de San Borondón, es la octava isla, que muchos dicen haber visto. Aparece y desaparece. Nadie se pone de acuerdo del lugar. Dicen incluso que es la atlántida.
-¡Qué interesante!
- Mi teoría - continuó Yon excitado - es que las pirámides indican el lugar y el momento en el que aparecerá la isla.
Los ojos ardientes de Yon se clavaron en Juan.
- ¿Cómo?
- Verás, el intervalo de tiempo que dura la doble puesta de sol de mañana, es el momento en el que aparecerá y desaparecerá la isla, y el lugar se localiza trazando una linea perpendicular desde la cima del Teide hasta el eje imaginario que forman las pirámides con el punto donde se produce la doble puesta.
Juan frunció el ceño.
- Te lo dibujaré - Dijo Yon cogiendo un bolígrafo y una servilleta, donde dibujó lo siguiente:
Como ves, se forma un triángulo rectángulo, que haciéndolo girar sobre el eje, nos da un punto en el mar. ¡Allí aparecerá la isla de San Borondón.
- ¡Joder!, ¿Cómo lo has averiguado?
- Intuición,,,,,,,,,,,,,o puede que esté predestinado a realizar éste gran descubrimiento. Oye -continuó - ¿porqué no me acompañas?
-¡En serio!
- Claro, me encantaría compartir este gran momento con alguien.
Juan conducía el coche camino de Puerto la Cruz, con la sensación liberadora, y a la vez aterradora de que algo que no estaba en sus manos iba a suceder.
- ¿Nos conocemos? - dijo el hombre.
- Me resultas familiar, pero no se de que.
Vio entonces como en la solapa de su camisa llevaba una acreditación de periodista con su nombre: Yon Pellízar.
- ¿Eres periodista? - le preguntó Juan.
- Si, escribo en una revista de misterio. Estoy haciendo un reportaje sobre Thor Heyerdahl, ¡el hombre más fascinante que ha existido!
- Tienes un trabajo muy interesante - dijo Juan tras un breve instante.
- Tengo suerte de trabajar en lo que me apasiona. ¿Te interesa el mundo del misterio?
- Supongo que si, pero soy bastante escéptico, sólo creo en lo puedo ver con mis propios ojos.
Se produjo un incómodo silencio, el que se da entre dos desconocidos a los que el destino junta sin permiso.Una pantalla de vídeo salvo la situación. En ella, anunciaban la doble puesta de sol, fenómeno astrológico que se podía observar desde las pirámides, y que iba a producirse al día siguiente.
- Vas a venir a verla? - Dijo Juan.
- No, en ése momento estaré en alta mar.
-¿En alta mar?
-Si, allí es donde va a tener lugar algo realmente extraordinario.
Juan sintió un escalofrío.
- ¿A qué te refieres?
Yon miró con sospecha a su alrededor.
- Vamos a tomar algo y te cuento el asunto.
Pidieron dos cervezas bien frías, y se sentaron en una mesa apartada.
- Mira, las pirámides esconden un secreto, que va más allá de una simple alineación astronómica. Sus constructores, conocían el lugar y la fecha exacta en la que aparece la isla de San Borondón. ¿Conoces el tema? La isla de San Borondón, es la octava isla, que muchos dicen haber visto. Aparece y desaparece. Nadie se pone de acuerdo del lugar. Dicen incluso que es la atlántida.
-¡Qué interesante!
- Mi teoría - continuó Yon excitado - es que las pirámides indican el lugar y el momento en el que aparecerá la isla.
Los ojos ardientes de Yon se clavaron en Juan.
- ¿Cómo?
- Verás, el intervalo de tiempo que dura la doble puesta de sol de mañana, es el momento en el que aparecerá y desaparecerá la isla, y el lugar se localiza trazando una linea perpendicular desde la cima del Teide hasta el eje imaginario que forman las pirámides con el punto donde se produce la doble puesta.
Juan frunció el ceño.
- Te lo dibujaré - Dijo Yon cogiendo un bolígrafo y una servilleta, donde dibujó lo siguiente:
Como ves, se forma un triángulo rectángulo, que haciéndolo girar sobre el eje, nos da un punto en el mar. ¡Allí aparecerá la isla de San Borondón.
- ¡Joder!, ¿Cómo lo has averiguado?
- Intuición,,,,,,,,,,,,,o puede que esté predestinado a realizar éste gran descubrimiento. Oye -continuó - ¿porqué no me acompañas?
-¡En serio!
- Claro, me encantaría compartir este gran momento con alguien.
Juan conducía el coche camino de Puerto la Cruz, con la sensación liberadora, y a la vez aterradora de que algo que no estaba en sus manos iba a suceder.
viernes, 13 de marzo de 2015
Historias de la isla (3)
Capítulo 5
Como cada 16 de julio, coincidiendo con el día de la Virgen del Carmen, se celebraba en La Orotava el mercado de artesanía, el más importante de la isla. En ella, se reunían los maestros artesanos de todo el archipiélago. La artesanía, junto a la gastronomía y el folclore, suponía una de las actividades impulsadas por las autoridades, ya que suponía un incentivo más para las masas de turistas que acudían a la isla en busca de sol.
Lorenzo deambulaba por la feria, con las papilas saturadas por el aroma a quesos y mojo que desprendían los puestos dedicados a los productos típicos de la isla. Le ponía enfermo aquellos abigarrados olores que desde su infancia formaban "la banda olorosa" de su insípida vida. Se dirigió a los puestos de los luthiers, que eran los que habían hecho que se dejara caer por la feria. Se acercó a uno que vendía timples, y se puso a ojearlos.
- Veo que sabes lo que quieres - le dijo el tendero, un tipo gordo y calvo con abundante barba blanca.
- ¿Cómo? - le dijo sorprendido Lorenzo.
- Has te has fijado en mis hijos predilectos. El resto no es más que reclamo para turistas.
- ¿Puedo tocarlo? - le dijo Lorenzo cogiendo uno.
- ¡Claro, claro!
Lorenzo lo tocó, concentrado en la sonoridad del instrumento.
- Es magnífico, ¿cuanto cuesta?
- 3000, pero no es lo que estás buscando.
Lorenzo frunció el ceño
- ¿Y que es lo que busco?
- Lo que todos buscamos............ "El Timple de Oro".
- No es mas que una leyenda.
- Sabes que no. Toma, ven a verme - le dijo dándole una tarjeta.
-¡Oiga!, ¿cuanto cuesta éste? - les interrumpió un hombre con bermudas y gafas de sol.
- ¡Si señor!, ¡tiene usted muy buen gusto! - le dijo el tendero, dándole la espalda a Lorenzo.
Lorenzo se alejó pensativo: "Lo que busco, lo que busco........."
"El Timple de Oro", provenía de una leyenda de la isla, que contaba de un maestro artesano, que dedicó toda su vida a hacer un único timple, y que éste, propiciaba el éxito material de todo aquel que lo tuviera.
A los días, Lorenzo encontró la tarjeta del artesano en el bolsillo de su camisa, y decidió visitarle. Vivía en Boca Cangrejo, pequeño pueblo famoso entre los surfistas por su playa.
Dio vueltas, perdido, por los alrededores de Boca Cangrejo, hasta que dio con una estrecha carretera que caía entre un sin fin de curvas y acantilados hasta el mar. Le inquietó ver enormes rocas bordeando el asfalto, entre señales de riesgo de desprendimientos. Llegó un momento en el que la carretera se bifurcó en 2; una rama iba hacia la playa, la otra hacia una serie de casitas cuadradas de distintos colores pálidos, que encajaban como un rompecabezas en la ladera que daba al mar. No vio números en las puertas, por lo que preguntó a un hombre en bañador, que sobre una roca, fumaba un pitillo. Si no hubiera sido por el cigarro, lo hubiera confundido con uno de los numerosos lagartos que habitan la isla.
- Vive en la casa amarilla, esa de allí al fondo - le dijo, al preguntarle por el artesano.
Le parecía estar invadiendo la intimidad de aquella gente, al andar ente las estrechas calles y escaleras que tenían las puertas de las casas bordeando el acantilado. Al llegar a la casa amarilla, se encontró con al puerta semiabierta.
- ¡Hola! - dijo empujándola.
La sensación de intromisión se convirtió en violación cuando entró en la casa, pero algo le empujaba a encontrar al artesano; y lo encontró, sin vida, en el suelo de la cocina, como un fardo arrojado por la marea en la orilla.
Como cada 16 de julio, coincidiendo con el día de la Virgen del Carmen, se celebraba en La Orotava el mercado de artesanía, el más importante de la isla. En ella, se reunían los maestros artesanos de todo el archipiélago. La artesanía, junto a la gastronomía y el folclore, suponía una de las actividades impulsadas por las autoridades, ya que suponía un incentivo más para las masas de turistas que acudían a la isla en busca de sol.
Lorenzo deambulaba por la feria, con las papilas saturadas por el aroma a quesos y mojo que desprendían los puestos dedicados a los productos típicos de la isla. Le ponía enfermo aquellos abigarrados olores que desde su infancia formaban "la banda olorosa" de su insípida vida. Se dirigió a los puestos de los luthiers, que eran los que habían hecho que se dejara caer por la feria. Se acercó a uno que vendía timples, y se puso a ojearlos.
- Veo que sabes lo que quieres - le dijo el tendero, un tipo gordo y calvo con abundante barba blanca.
- ¿Cómo? - le dijo sorprendido Lorenzo.
- Has te has fijado en mis hijos predilectos. El resto no es más que reclamo para turistas.
- ¿Puedo tocarlo? - le dijo Lorenzo cogiendo uno.
- ¡Claro, claro!
Lorenzo lo tocó, concentrado en la sonoridad del instrumento.
- Es magnífico, ¿cuanto cuesta?
- 3000, pero no es lo que estás buscando.
Lorenzo frunció el ceño
- ¿Y que es lo que busco?
- Lo que todos buscamos............ "El Timple de Oro".
- No es mas que una leyenda.
- Sabes que no. Toma, ven a verme - le dijo dándole una tarjeta.
-¡Oiga!, ¿cuanto cuesta éste? - les interrumpió un hombre con bermudas y gafas de sol.
- ¡Si señor!, ¡tiene usted muy buen gusto! - le dijo el tendero, dándole la espalda a Lorenzo.
Lorenzo se alejó pensativo: "Lo que busco, lo que busco........."
"El Timple de Oro", provenía de una leyenda de la isla, que contaba de un maestro artesano, que dedicó toda su vida a hacer un único timple, y que éste, propiciaba el éxito material de todo aquel que lo tuviera.
A los días, Lorenzo encontró la tarjeta del artesano en el bolsillo de su camisa, y decidió visitarle. Vivía en Boca Cangrejo, pequeño pueblo famoso entre los surfistas por su playa.
Dio vueltas, perdido, por los alrededores de Boca Cangrejo, hasta que dio con una estrecha carretera que caía entre un sin fin de curvas y acantilados hasta el mar. Le inquietó ver enormes rocas bordeando el asfalto, entre señales de riesgo de desprendimientos. Llegó un momento en el que la carretera se bifurcó en 2; una rama iba hacia la playa, la otra hacia una serie de casitas cuadradas de distintos colores pálidos, que encajaban como un rompecabezas en la ladera que daba al mar. No vio números en las puertas, por lo que preguntó a un hombre en bañador, que sobre una roca, fumaba un pitillo. Si no hubiera sido por el cigarro, lo hubiera confundido con uno de los numerosos lagartos que habitan la isla.
- Vive en la casa amarilla, esa de allí al fondo - le dijo, al preguntarle por el artesano.
Le parecía estar invadiendo la intimidad de aquella gente, al andar ente las estrechas calles y escaleras que tenían las puertas de las casas bordeando el acantilado. Al llegar a la casa amarilla, se encontró con al puerta semiabierta.
- ¡Hola! - dijo empujándola.
La sensación de intromisión se convirtió en violación cuando entró en la casa, pero algo le empujaba a encontrar al artesano; y lo encontró, sin vida, en el suelo de la cocina, como un fardo arrojado por la marea en la orilla.
sábado, 28 de febrero de 2015
Historias de la isla (2)
Capítulo 4
Eran las 9 de la noche, Juan fue el primero en bajar al comedor del aparta-hotel. Cogió unas "papas arrugadas" con "mojo verde" y ensalada, en el buffet preparado para la cena.Se quedó pensativo, mirando un pescado bañado en una salsa rojiza donde nadaban varios guisantes.
- Es "sama", un pescado típico de aquí - escuchó mientras intentaba dirimir sus dudas acerca de la frescura del pescado. Levantó la vista; la camarera le sonreía con esa sonrisa propia de los isleños, llena de humildad y nobleza. Su largo pelo negro daba a su rostro un aspecto salvaje, suavizado por la pequeña nariz, y sus prominentes pómulos. Se le quedó mirando como a una aparición.
- Está muy bueno, pruébalo.
- Si.........me serviré un poco.
- ¿Y la familia?
- Bajarán ahora, les he dejado cambiándose de ropa.
- Tienes una familia adorable.
- Si claro, bueno, hasta luego.
- Que aproveche.
Juan le sonrió nervioso, y se fue con la bandeja a una mesa vacía.
Mientras comía observaba a la muchacha.Esta, con movimientos fluidos reponía la comida, y saludaba a los comensales con sincera amabilidad.Un par de veces, vio como ella también le miraba, y se excitó. Intentó centrarse en lo que comida, intentando encontrar el sabor del insípido pescado.
La camarera se le acercó.
- Toma te he guardado un trozo de tarta de queso, es el último que quedaba.
- Gracias, me encanta la tarta de queso - mintió.
- Me llamo Sonia - le dijo la chica dándole la mano.
- Yo Juan
- Lo se - le dijo sonriente mientras se alejaba con los platos vacíos.
Raquel irrumpió ruidosamente en el comedor vociferando y haciendo espavientos, como era habitual en ella, seguida de María y los niños. Hicieron acopio de comida en la barra del buffet, y se sentaron en la mesa de Juan, sin hacerle caso.
- Mañana no pienso moverme de la piscina, estoy rendida - comentaba María delante de su ensalada.
- Podemos descansar e ir de compras por el paseo marítimo - contestó Raquel
- ¿No habíamos quedado en ir a las pirámides? - replicó el hasta entonces olvidado Juan.
- Yo he quedado con unos alemanes para ver las semifinales - Dijo Nacho.
En aquel momento se celebraba el mundial de fútbol, y en las terrazas de los chiringuitos se levantaban enormes pantallas de televisión, que reunía a sus fieles alrededor, para la inmolación de sus mentes.
- ¡Pues me iré solo!, para algo interesante que íbamos a hacer...........
Al día siguiente, Juan cogió la autopista sur hacia Güímar, donde se encontraban las famosas pirámides, que cruzaba la isla por la costa, rodeando El Teide, imponente volcán cuya ira le dio vida. Sin embargo, pese a no tener pérdida, acabó en Los Cristianos, prefabricado centro turístico donde acababan de construir un super-mega-agua-park. Con resignación, dio la vuelta y volvió entre los molinos del parque eólico que atravesaba la carretera hacia el parque temático de ¨Güímar.
"Parques, parques, parques,................................."
Eran las 9 de la noche, Juan fue el primero en bajar al comedor del aparta-hotel. Cogió unas "papas arrugadas" con "mojo verde" y ensalada, en el buffet preparado para la cena.Se quedó pensativo, mirando un pescado bañado en una salsa rojiza donde nadaban varios guisantes.
- Es "sama", un pescado típico de aquí - escuchó mientras intentaba dirimir sus dudas acerca de la frescura del pescado. Levantó la vista; la camarera le sonreía con esa sonrisa propia de los isleños, llena de humildad y nobleza. Su largo pelo negro daba a su rostro un aspecto salvaje, suavizado por la pequeña nariz, y sus prominentes pómulos. Se le quedó mirando como a una aparición.
- Está muy bueno, pruébalo.
- Si.........me serviré un poco.
- ¿Y la familia?
- Bajarán ahora, les he dejado cambiándose de ropa.
- Tienes una familia adorable.
- Si claro, bueno, hasta luego.
- Que aproveche.
Juan le sonrió nervioso, y se fue con la bandeja a una mesa vacía.
Mientras comía observaba a la muchacha.Esta, con movimientos fluidos reponía la comida, y saludaba a los comensales con sincera amabilidad.Un par de veces, vio como ella también le miraba, y se excitó. Intentó centrarse en lo que comida, intentando encontrar el sabor del insípido pescado.
La camarera se le acercó.
- Toma te he guardado un trozo de tarta de queso, es el último que quedaba.
- Gracias, me encanta la tarta de queso - mintió.
- Me llamo Sonia - le dijo la chica dándole la mano.
- Yo Juan
- Lo se - le dijo sonriente mientras se alejaba con los platos vacíos.
Raquel irrumpió ruidosamente en el comedor vociferando y haciendo espavientos, como era habitual en ella, seguida de María y los niños. Hicieron acopio de comida en la barra del buffet, y se sentaron en la mesa de Juan, sin hacerle caso.
- Mañana no pienso moverme de la piscina, estoy rendida - comentaba María delante de su ensalada.
- Podemos descansar e ir de compras por el paseo marítimo - contestó Raquel
- ¿No habíamos quedado en ir a las pirámides? - replicó el hasta entonces olvidado Juan.
- Yo he quedado con unos alemanes para ver las semifinales - Dijo Nacho.
En aquel momento se celebraba el mundial de fútbol, y en las terrazas de los chiringuitos se levantaban enormes pantallas de televisión, que reunía a sus fieles alrededor, para la inmolación de sus mentes.
- ¡Pues me iré solo!, para algo interesante que íbamos a hacer...........
Al día siguiente, Juan cogió la autopista sur hacia Güímar, donde se encontraban las famosas pirámides, que cruzaba la isla por la costa, rodeando El Teide, imponente volcán cuya ira le dio vida. Sin embargo, pese a no tener pérdida, acabó en Los Cristianos, prefabricado centro turístico donde acababan de construir un super-mega-agua-park. Con resignación, dio la vuelta y volvió entre los molinos del parque eólico que atravesaba la carretera hacia el parque temático de ¨Güímar.
"Parques, parques, parques,................................."
domingo, 22 de febrero de 2015
Historias de la isla (1)
Capítulo 1
Nuestra vida transcurre como en un aeropuerto, con la sensación de que en nuestro destino cambiarán las cosas; y cuando subimos al avión, llenos de dudas, nos damos cuenta de que ya es tarde para elegir otro rumbo.
Juan empujaba el pesado carro de las maletas, llenas de "por sis"; María, la suegra, llevaba su propia maleta, y charlaba animadamente con su mujer; Nacho, escuchaba música en el i-pod, escapando del complejo mundo que le rodeaba, con su altanería adolescente; Lucas, subido al carro, hacía peligrar el delicado equilibrio de las maletas.
- ¡Lucas, bájate de ahí! - le grito Juan. EL niño, saltó del carro y salió corriendo.
Era la primera vez que Juan viajaba en avión, ¡Y encima con la familia!
- Tranquilízate - le dijo María, su suegra, al verle tan tenso - Ahora tenemos que facturar el equipaje, y esperar a que nos indiquen la puerta de embarque; ¡es sencillísimo!
Juan odiaba su prepotencia, sobretodo cuando ponía en evidencia su inseguridad delante de Raquel, su mujer, y los niños.
Compró una revista y se puso a ojearla. Era de misterio. Le llamó la atención un artículo sobre el azar y el determinismo. La foto del autor, una tal Yon Pellizar, le resultaba familiar.
Una vez subido al avión se tranquilizó, y dejó vagar sus pensamientos entre las nubes que discurrían bajo sus ojos.
Capítulo 2
Sólo quien tiene el corazón roto puede cantar boleros; y Lorenzo lo tenía. Aunque su dolor no traspasaba los corazones embotados de los turistas, que bebían cerveza y comían paella en las terrazas del chiringuito.
Cuando terminó la canción, vio su tristeza hecha añicos entre indiferentes sorbos de alcohol, y la impresionante pantalla de televisión donde se retransmitía fútbol. Guardó la guitarra en la funda, y se retiró discretamente, entre algún indiferente aplauso. Era tarde, y estaba cansado, más por el pesado fardo de la resignación que arrastraba, que por el trabajó en sí.
Capítulo 3
La carretera parecía derretirse bajo el pleno sol que parecía estar permanentemente colgado del cielo en aquella parte de la isla.
"Ya debía haber llegado" - pensaba Yon mientras conducía "el polo" que había alquilado por la autopista sur de la isla, hacia Guilmar. En el reproductor del coche sonaban los boleros de un disco que había comprado por 10 euros en la terraza de un chiringuito de Puerto la Cruz. Vio el cartel anunciador del aeropuerto. Con una mano, desdobló el mapa de carreteras.
-¡Mierda, si estoy al otro extremo le la isla!
Cabreado, cogió el siguiente cambio de sentido, y volvió a cruzar los áridos paisajes volcánicos. Después de dar vueltas y vueltas por las tortuosas calles de Guilmar, siguiendo las enrevesadas indicaciones de las señales, llegó hasta las pirámides.
Las pirámides, constituían un complejo cultural creado por Thor Heyerdahl, antropólogo y escritor noruego que dedicó su vida a la investigación, y pasó el final de ella en la isla, dedicado plenamente a sus estudios. Yon, que escribía en una revista de misterio, había concertado una entrevista con Anne Nystron, la que había sido la secretaria personal del antropólogo. Estaba fascinado por la figura del investigador.
Llegó con retraso, por lo que tuvo que esperar a que le atendieran. Mientras, paseó entre las pirámides, respirando hondo, intentando impregnarse de la energías telúricas, que suponía, los guanches, habían experimentado en aquel lugar; pero la edulcorada música de fondo, y los numerosos carteles informativos, lo convertían en un parque temático de cartón-piedra.
"- Piedra, piedra,piedra........." - las piedras estaban allí, y las estrellas que las alineaban, y los lagartos, que rasgaban la atención con su huida, creando abismos.
Nuestra vida transcurre como en un aeropuerto, con la sensación de que en nuestro destino cambiarán las cosas; y cuando subimos al avión, llenos de dudas, nos damos cuenta de que ya es tarde para elegir otro rumbo.
Juan empujaba el pesado carro de las maletas, llenas de "por sis"; María, la suegra, llevaba su propia maleta, y charlaba animadamente con su mujer; Nacho, escuchaba música en el i-pod, escapando del complejo mundo que le rodeaba, con su altanería adolescente; Lucas, subido al carro, hacía peligrar el delicado equilibrio de las maletas.
- ¡Lucas, bájate de ahí! - le grito Juan. EL niño, saltó del carro y salió corriendo.
Era la primera vez que Juan viajaba en avión, ¡Y encima con la familia!
- Tranquilízate - le dijo María, su suegra, al verle tan tenso - Ahora tenemos que facturar el equipaje, y esperar a que nos indiquen la puerta de embarque; ¡es sencillísimo!
Juan odiaba su prepotencia, sobretodo cuando ponía en evidencia su inseguridad delante de Raquel, su mujer, y los niños.
Compró una revista y se puso a ojearla. Era de misterio. Le llamó la atención un artículo sobre el azar y el determinismo. La foto del autor, una tal Yon Pellizar, le resultaba familiar.
Una vez subido al avión se tranquilizó, y dejó vagar sus pensamientos entre las nubes que discurrían bajo sus ojos.
Capítulo 2
Sólo quien tiene el corazón roto puede cantar boleros; y Lorenzo lo tenía. Aunque su dolor no traspasaba los corazones embotados de los turistas, que bebían cerveza y comían paella en las terrazas del chiringuito.
Cuando terminó la canción, vio su tristeza hecha añicos entre indiferentes sorbos de alcohol, y la impresionante pantalla de televisión donde se retransmitía fútbol. Guardó la guitarra en la funda, y se retiró discretamente, entre algún indiferente aplauso. Era tarde, y estaba cansado, más por el pesado fardo de la resignación que arrastraba, que por el trabajó en sí.
Capítulo 3
La carretera parecía derretirse bajo el pleno sol que parecía estar permanentemente colgado del cielo en aquella parte de la isla.
"Ya debía haber llegado" - pensaba Yon mientras conducía "el polo" que había alquilado por la autopista sur de la isla, hacia Guilmar. En el reproductor del coche sonaban los boleros de un disco que había comprado por 10 euros en la terraza de un chiringuito de Puerto la Cruz. Vio el cartel anunciador del aeropuerto. Con una mano, desdobló el mapa de carreteras.
-¡Mierda, si estoy al otro extremo le la isla!
Cabreado, cogió el siguiente cambio de sentido, y volvió a cruzar los áridos paisajes volcánicos. Después de dar vueltas y vueltas por las tortuosas calles de Guilmar, siguiendo las enrevesadas indicaciones de las señales, llegó hasta las pirámides.
Las pirámides, constituían un complejo cultural creado por Thor Heyerdahl, antropólogo y escritor noruego que dedicó su vida a la investigación, y pasó el final de ella en la isla, dedicado plenamente a sus estudios. Yon, que escribía en una revista de misterio, había concertado una entrevista con Anne Nystron, la que había sido la secretaria personal del antropólogo. Estaba fascinado por la figura del investigador.
Llegó con retraso, por lo que tuvo que esperar a que le atendieran. Mientras, paseó entre las pirámides, respirando hondo, intentando impregnarse de la energías telúricas, que suponía, los guanches, habían experimentado en aquel lugar; pero la edulcorada música de fondo, y los numerosos carteles informativos, lo convertían en un parque temático de cartón-piedra.
"- Piedra, piedra,piedra........." - las piedras estaban allí, y las estrellas que las alineaban, y los lagartos, que rasgaban la atención con su huida, creando abismos.
viernes, 2 de enero de 2015
Plácido (3ª parte)
Plácido paseaba por la avenida con las manos en los bolsillos, mirando las ramas de los perales colmadas de frutos. Escogió uno que se encontraba al dado de un banco, se subió a él y empezó a llenar de peras una bolsa que sacó del bolsillo trasero del pantalón; un grupo de chicos sentados en el respaldo de un banco próximo le señalaban y reían, la señora del perrito cuchicheaba al oído de su amiga mientras le miraba, el barrendero maldecía intentando arrancar con la escoba los restos podridos de los frutos caídos, Plácido pensaba en la rica compota que se iba a preparar para cenar.
Despreocupadamente, se dirigió a su casa. No tenía mucho que hacer desde que se quedó sin trabajo. De pronto, se encontró a la puerta del instituto donde trabajaba; sus pies habían recorrido el camino que durante 34 años habían realizado casi diariamente. Le invadió una ola de añoranza. En el patio del instituto vio a Dolores, la señora de la limpieza, arrastrando una pesada bolsa. Se acercó para ayudarle.
- ¡Hombre Plácido! - le dijo al verle.
- No deberías llevar esos pesos Dolores.
- Tan paternalista como siempre - le respondió Dolores agarrándole del brazo - ya me queda poco, en julio me jubilo.
- Pues razón de más para que te cuides.
Plácido cogió la pesada bolsa, y se la echó al hombro.
- ¿Cómo te va? - le preguntó Dolores mientras se dirigían al contenedor de basuras.
- Haciendo cursos y cosas de esas, para reciclarme dicen, ya sabes.
- ¡Va!, hacerte perder el tiempo, nada más.
- Así estoy entretenido.
Llegaron hasta el contenedor, abrió la tapa con una mano, y de un rápido movimiento con la otra, echó la bolsa dentro.
- Por aquí han cambiado mucho las cosas desde que te fuiste.....bueno, te echaron - dijo Dolores - la empresa que se encarga ahora del mantenimiento, aparece una vez al mes, hacen cuatro chapuzas, y hasta la próxima.
- Ya sabes, les saldrá más rentable.
- A consta de dejar sin trabajo a gente decente como tú.
- Que le vamos a hacer, los tiempos cambian.
- Pero la gentuza permanece.
Mientras hablaban, volvían de nuevo al instituto.
- ¿Te acuerdas de Rubén? - dijo Dolores - Aquel chico tan problemático al que echaron una semana por llevar una navaja automática.
- Si, tenía problemas en casa.
- Pues murió hace una semana, ¡de cáncer!, ¡tan joven!, fíjate, da miedo ¿qué no?, le puede pasar a cualquiera, cada vez se oye más.
Plácido quedó conmovido, pero más por la trivialidad con la que hablaba, que por la noticia en sí.
- Bueno Plácido, te dejo, que ahora nos controlan hasta el tiempo que estamos en el baño.
Dolores se alejó con paso resuelto, no sin antes darle a Plácido un sonoro beso en la mejilla.
Plácido miró a su alrededor; en un primer vistazo, no parecía haber cambiado mucho el aspecto del instituto, pero a sus expertos ojos, parecía más descuidado: Ese desconche en la fachada, las hojas caídas de los árboles atascando la alcantarilla, la bombilla fundida del foco,.................
Entró en el edificio; una nueva ola, ahora de melancolía, le cubrió, al ver las taquillas alineadas a los lados del pasillo. Se paró ante una de ellas: la de Rubén. Del bolsillo del pantalón sacó un enorme manojo de llaves, y eligió una; era la maestra. Abrió la taquilla; en la estantería superior, había un peine y un paquete de chicles empezado, junto a un Play-boy enrollado. Abajo, en el suelo, una sudadera Adidas echa un ovillo. Cogió la sudadera; el polvo levantado le hizo estornudar. De pronto escuchó un sonido metálico; era un objeto que se encontraba entre los pliegues de la sudadera. Se agachó para recogerlo, y reconoció el canario de juguete que le había regalado hace 2 años a Rubén. Le faltaba el pico y un ala; una infinita ternura le embargó;le dio cuerda,lo puso en la palma de la mano,................¡y el pajarito echó a volar, con su única ala, piando, saliendo por una ventana, hacia el sol!
Despreocupadamente, se dirigió a su casa. No tenía mucho que hacer desde que se quedó sin trabajo. De pronto, se encontró a la puerta del instituto donde trabajaba; sus pies habían recorrido el camino que durante 34 años habían realizado casi diariamente. Le invadió una ola de añoranza. En el patio del instituto vio a Dolores, la señora de la limpieza, arrastrando una pesada bolsa. Se acercó para ayudarle.
- ¡Hombre Plácido! - le dijo al verle.
- No deberías llevar esos pesos Dolores.
- Tan paternalista como siempre - le respondió Dolores agarrándole del brazo - ya me queda poco, en julio me jubilo.
- Pues razón de más para que te cuides.
Plácido cogió la pesada bolsa, y se la echó al hombro.
- ¿Cómo te va? - le preguntó Dolores mientras se dirigían al contenedor de basuras.
- Haciendo cursos y cosas de esas, para reciclarme dicen, ya sabes.
- ¡Va!, hacerte perder el tiempo, nada más.
- Así estoy entretenido.
Llegaron hasta el contenedor, abrió la tapa con una mano, y de un rápido movimiento con la otra, echó la bolsa dentro.
- Por aquí han cambiado mucho las cosas desde que te fuiste.....bueno, te echaron - dijo Dolores - la empresa que se encarga ahora del mantenimiento, aparece una vez al mes, hacen cuatro chapuzas, y hasta la próxima.
- Ya sabes, les saldrá más rentable.
- A consta de dejar sin trabajo a gente decente como tú.
- Que le vamos a hacer, los tiempos cambian.
- Pero la gentuza permanece.
Mientras hablaban, volvían de nuevo al instituto.
- ¿Te acuerdas de Rubén? - dijo Dolores - Aquel chico tan problemático al que echaron una semana por llevar una navaja automática.
- Si, tenía problemas en casa.
- Pues murió hace una semana, ¡de cáncer!, ¡tan joven!, fíjate, da miedo ¿qué no?, le puede pasar a cualquiera, cada vez se oye más.
Plácido quedó conmovido, pero más por la trivialidad con la que hablaba, que por la noticia en sí.
- Bueno Plácido, te dejo, que ahora nos controlan hasta el tiempo que estamos en el baño.
Dolores se alejó con paso resuelto, no sin antes darle a Plácido un sonoro beso en la mejilla.
Plácido miró a su alrededor; en un primer vistazo, no parecía haber cambiado mucho el aspecto del instituto, pero a sus expertos ojos, parecía más descuidado: Ese desconche en la fachada, las hojas caídas de los árboles atascando la alcantarilla, la bombilla fundida del foco,.................
Entró en el edificio; una nueva ola, ahora de melancolía, le cubrió, al ver las taquillas alineadas a los lados del pasillo. Se paró ante una de ellas: la de Rubén. Del bolsillo del pantalón sacó un enorme manojo de llaves, y eligió una; era la maestra. Abrió la taquilla; en la estantería superior, había un peine y un paquete de chicles empezado, junto a un Play-boy enrollado. Abajo, en el suelo, una sudadera Adidas echa un ovillo. Cogió la sudadera; el polvo levantado le hizo estornudar. De pronto escuchó un sonido metálico; era un objeto que se encontraba entre los pliegues de la sudadera. Se agachó para recogerlo, y reconoció el canario de juguete que le había regalado hace 2 años a Rubén. Le faltaba el pico y un ala; una infinita ternura le embargó;le dio cuerda,lo puso en la palma de la mano,................¡y el pajarito echó a volar, con su única ala, piando, saliendo por una ventana, hacia el sol!
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